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17 JULIO 2018
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>Nínive 3

Batnaya

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  413 votos
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Sulaka tiene los ojos azules. Pasea entre la que fue su casa. El salón está quemado, los milicianos del Daesh lo utilizaron como dormitorio. Entre los escombros encuentra un gran rosario que pendía de la pared, lo toma del suelo y lo besa. Me explicaba que nadie salía de su casa sin dar ese beso. Encima de la cama del cuarto de uno de sus hijos hay ropa sucia hecha un gurruño. No me atrevo a preguntarle si es de la familia o si la dejó la gente del califato. Me enseña lo que queda de su molino y de su almacén de grano. Vuelve a menudo desde que Batnaya fuera liberado.

Estamos a 20 kilómetros al norte de Mosul, el último pueblo antes del frente. Pequeños banderines rojos marcan los lugares donde quedan bombas sin desactivar. Al entrar en esta localidad, en la que vivieron 800 familias cristianas, nos invade a Ignacio y a mí un silencio profundo. Grabamos encima de un pick up. Tardamos en articular alguna palabra. La furia de la guerra, la voluntad de destrucción sistemática de los seguidores del ISIS lo invade todo, mires hacia donde mires. No queda casi ninguna casa en pie. Muchas están reducidas a montones de escombros. Aquí y allí pintadas a favor del califato. Los impactos casi infinitos de las balas en los muros semiderruidos hablan de combates feroces, casa por casa, metro por metro.

La presencia del ISIS es casi física a pesar del paso del tiempo. Un coche estrellado a propósito frente el porche de una vivienda, restos de incendios en cada rincón. Destrucción desordenada, improvisada. El sol limpio de enero parece la única fuerza de redención entre los hierros retorcidos, los cascotes y una soledad preñada de una memoria abrumadora. Hay muchas lanzaderas de proyectiles, caseras, abandonadas a toda prisa, y casquillos por las calles. Y luego están los socavones de las bombas estadounidenses y los túneles que los terroristas utilizaban para refugiarse.

Batnaya es el ground zero del genocidio de la llanura de Nínive.

La iglesia de san Koriakos, orgullo del pueblo, se mantiene en pie. Sus columnas de mármol han resistido la ocupación. Pero los signos de profanación están por todas partes. Una imagen de María tiene las manos amputadas y un disparo en el corazón. He querido besarla antes de seguir adelante. Las Biblias quemadas y tiroteadas yacen en el suelo. En el lugar donde se encontraba una de las cruces que presidía la nave, decenas de impactos de bala. La bandera negra del califato ondeaba sobre el ábside. El primer día de la liberación el párroco restituyó la cruz. En una de las capillas laterales hay grafitis contra los cristianos, redactados en perfecto alemán de un combatiente del Daesh que seguramente llegó de Europa.

Sulaka habla en arameo. Sus ojos azules están tranquilos en medio de la desolación. Quiere volver, aunque cuatro de sus quince hijos se han marchado a Alemania. Pero él quiere quedarse. Cuando cae el sol retornamos a Alqosh, un pueblo cercano en el que está refugiado. Ha alquilado una casa de dos pisos. Nos invita a cenar. Él y los suyos nos sirven como príncipes. Se une toda la familia. No hay sombras en sus rostros. La hospitalidad es desproporcionada, sacramental. Sobre la mesa han puesto más de 20 platos y no nos dejan marchar sin haberlos probado todos. Sulaka me pregunta, a través del amigo que nos hace de intérprete, qué me parece lo que he visto en Batnaya. Le respondo que tengo la sensación de haber viajado a un infierno, que afortunadamente se ha quedado vacío. Y me quedo con las ganas de decirle también que él y los suyos lo sabrán convertir en un lugar de vida. Alguien que acoge así al extranjero, que le da así de cenar, que le abre su casa de este modo es el más indicado para reconstruir, para empezar de nuevo, para conseguir que el mal no sea irrevocable. Los ojos azules de Sulaka brillan cuando nos despedimos. Me explica que en arameo su nombre significa Asunción.

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