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12 DICIEMBRE 2018
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Teleskof

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  465 votos
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Marvin tiene 20 años. Alto, delgado, discreto y delicado. Marvin no había salido nunca de su pueblo, Teleskof, hasta que tuvo que huir del Daesh. Pasea con nosotros por una localidad en la que había en su momento 4.000 habitantes y que ahora está desierta. Solo algunos equipos de limpieza rompen el silencio en las afueras. Pero a Marvin le gusta el centro, la casa de sus abuelos y el mercado donde ayudaba a uno de sus amigos. En esta parte de Teleskok las construcciones son tradicionales, alguien las llamaría asirias. Cubos limpios por fuera, muros de adobe, grandes terrazas.

Marvin insiste en que tenemos que visitar a su abuelo, que tenemos que acercarnos al cementerio. La suya es una de las primeras tumbas. Está abierta y profanada. Marvin, Ignacio que graba y yo nos quedamos en silencio. Después de unos instantes Marvin, emocionado, me explica: “no quieren dejar descansar a los muertos. Este es un sitio de paz. Mi abuelo estaba descansando”. Hay más tumbas abiertas, las cruces yacen por el suelo rotas.

Caminamos hasta la casa de Marvin. Una de las estrechas calles está llena de zapatos. Salen de un pequeño almacén. Parece que no le gustaron al Daesh o que algún saqueador, después de examinarlos todos, no se quedó con ninguno. Más silencio. La destrucción no es tan intensa como en Batnaya. Las casas están en pie pero quizás por eso la desolación es mayor. Un pueblo pero vacío, como si hubiera caído una bomba que solo hubiera acabado con la vida humana. Un pueblo sin pueblo, cada comercio abandonado a prisa, cada terraza sin voces, cada iglesia sin canto son un gran grito de ausencia.

La casa de Marvin en Teleskof es grande. Una casa de pueblo con una cocina espaciosa en la primera planta. El padre se dedicaba al campo, ha tenido seis hijos. Entramos en el cuarto de los dos hermanos mayores. “Casi todos los recuerdos de mi infancia están aquí”, nos cuenta Marvin. “Pero siempre que vuelvo y abro esta puerta lo que me viene a la memoria es ese día en el que a los 10 de la noche metí algo de ropa en una bolsa y, llorando, la cerré para escapar del Daesh. Todos en mi familia llorábamos. Mi padre dijo que teníamos que marcharnos porque estaban avanzado hacia Teleskof”.

Marvin se sienta en una silla en medio de dos camas. Sobre el suelo sigue tirada su ropa que el Daesh o los saqueadores sacaron de un armario. Sillas rotas, trozos de un espejo sobre los lechos sin colchones. Todo roto, sucio.

“Los primeros meses después de la huida estaba muy confundido –cuenta Marvin–. Yo creía en Dios pero no iba a menudo a la iglesia. Decidí empezar a visitarla más. Le preguntaba a mi Dios por qué había permitido lo que nos había pasado. Yo era un chico normal que quería seguir sus estudios, jugar con sus amigos. Nunca había salido de Teleskof. Le preguntaba a Dios por qué había consentido que nos hicieran esto”. Las palabras de Marvin comienzan a espesarse, respira despacio tras pronunciar cada frase en un inglés que ha aprendido sin salir de un pueblo perdido en el norte de Iraq. “En estos tres años he leído la Biblia, he encontrado a gente que me ha ayudado, me he acercado más a la iglesia y ahora sé que Dios está a mi lado, sosteniéndome, acompañándome”, asegura Marvin. Cuando dice “a mi lado” extiende la mano y señala el espacio que tiene a su derecha. “Estos tres años han sido duros, pero yo ahora soy diferente. Quiero volver cuanto antes, volver a dormir aquí en mi cuarto, en mi cama”.

Marvin, 20 años. Un rostro dulce, una certeza potente, palabras sin ira, sin odio. Una víctima del genocidio de Nínive con un corazón liberado de la espiral del odio que siembra el Daesh. El mal de los terroristas no es para siempre. Marvin, 20 años, un hombre hecho y derecho, reconstruido. Más cristiano, más humano que antes de la huida. Los pueblos, las carreteras, las calles se reconstruirán con esfuerzo, con dinero, con ayuda internacional. ¿Quién cerrará las heridas del corazón? ¿Quién volverá a dar paz a los muertos y a los vivos?

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