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21 MAYO 2018
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Qaraqosh, Iraq

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  522 votos
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Yohanna Towaya rebusca entre sus libros. Por las ventanas rotas entra un viento helado. Quizás el frío esté dentro del cuerpo. Quizás el frío provenga de la destrucción a la que no te acostumbras, de las casas sin alma ni vida, de que todo esté sucio, con ese polvo siniestro que deja la guerra.

Yohanna es un nombre siriaco. Este profesor de derecho comercial, que en el tiempo libre explotaba una granja familiar, a sus 60 años, ha comenzado la vida tres veces. Huyó de Mosul por las amenazas de Al Qaeda, huyó de Qaraqosh pocas horas antes de que llegara el Daesh. Y ha vuelto a empezar en Erbil. “Lo primero que les dije a mis hijos y a mis hermanos cuando llegamos al Kurdistán con lo puesto fue que tenían que olvidarse del pasado, que no podíamos lamentarnos por lo perdido, que había que empezar de nuevo”, me dice. No se lamenta delante de su antigua biblioteca, saca de un montón un libro de arte cristiano de la llanura de Nínive, lo limpia, y me lo regala. Las jornadas con Yohanna, que me acompaña desde hace varios días, son de trece horas. No se para a comer. Solo el domingo se detiene una hora para asistir a misa.

“Estuve en los Estados Unidos explicando lo que nos había pasado. La comunidad internacional tiene razón al calificar lo que le ha sucedido a la minoría yazidí como un genocidio –explica–. Pero no pueden negar que a nosotros nos ha sucedido lo mismo. Naciones Unidas no quiere reconocer nuestro genocidio porque dice que tuvimos la opción de quedarnos en nuestras casas pagando el impuesto islámico. ¿Qué opción es esa? Además no es cierto, la única opción era convertirse al islam”. Yohanna no se lamenta, no se altera pero tiene una tenacidad de hierro. “No podemos volver a nuestras casas mientras no haya seguridad. Y la batalla que se va a producir después de la batalla de Mosul ya ha comenzado. Los kurdos quieren quedarse con la llanura de Nínive, los chiítas quieren quedarse con llanura de Nínive, y los estadounidenses, como siempre, como en 2003, no tienen un plan para el día después” –asegura–.

Yohanna lo da todo por su pueblo pero es muy crítico con lo que está sucediendo en los campos de refugiados. “Hemos cambiado desde que salimos de Qaraqosh. Cuando vivíamos allí éramos laboriosos, estudiábamos. Ahora el dinero fácil de la ayuda de las Iglesias y de la comunidad internacional nos está volviendo perezosos. Yo le he dicho a los obispos que no tienen que repartir a todos, solo a los más necesitados. Lo que hay que hacer es buscarles trabajo. Nos pagan poco, pero si no trabajamos no tenemos futuro. No se puede educar a los jóvenes si creamos un sistema de asistencia permanente”, señala.

Entramos en una pequeña instalación militar y Yohanna me presenta a Jaward Habbed, el general que está al mando de la Niniveh Plain Protection Units. Una milicia cristiana formada por 500 hombres que presta, sobre todo, servicios de seguridad bajo el paraguas del ejército iraquí. Su valor es solo testimonial. “Nosotros estamos aquí para proteger a los cristianos, porque nadie se ocupa de ellos”. Poco pueden hacer un puñado de hombres en una región en la que se han desplegado casi todos los poderes de Próximo Oriente.

A Yohanna le llaman desde Mosul sus amigos musulmanes, los que le ayudaron a escapar una vez. Le dicen que han ido a comprar cartones de cigarrillos para celebrar la liberación de su barrio. De fondo se oye el combate.

Nos encaminamos al cementerio de Qaraqosh. Una patrulla iraquí no quiere dejarnos pasar. Es el único momento en el que Yohanna se altera. Al final lo consigue. Las tumbas están saqueadas, las cruces destruidas. Algunos cuerpos han sido extraídos de sus nichos. Yohanna se detiene ante la tumba de su padre y reza unos minutos. Yohanna reza; Yohanna quiere que su pueblo trabaje; Yohanna no mira al pasado; Yohanna quiere futuro. Yohanna es un cristiano recio. Yohanna es un cristiano.

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