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23 FEBRERO 2018
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Keremles

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  535 votos
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“Aloja” es la palabra que utiliza Almass para referirse a Dios. Es un término del dialecto siriaco de Keremles, uno de los pueblos cristianos de la llanura de Nínive. En Qaraqosh, a escasos kilómetros, se habla otro dialecto. Keremles tiene una larga historia. Su origen se hunde en el tiempo de los sumerios. Todavía en el centro del pueblo, ahora abandonado, hay una arquitectura popular que recuerda las formas asirias. Su iglesia más antigua, la de San Jorge, es una fundación del siglo VI.

Almass, madre de familia, se seca las lágrimas con un pañuelico de papel. Se acerca a unos 50 llenos de vida, se mueve como un rabo de lagartija. Llora al contemplar el que fue su cuarto hasta que el Daesh les obligó a escaparse, a ella y a su familia, en una noche que recuerda con dolor. El vinagre sobre la encimera de la cocina, las camas en la azotea (en las noches de un verano de 50 grados se duerme al raso ), el cepillo de dientes sobre el lavabo hablan de esas horas en las que dejó todo atrás. “Mis hijos ya estaban dormidos, eran las 12 de la noche, los desperté y nos metimos en el coche”, recuerda. Antes de abandonar el pueblo, después de más de dos años de ocupación, el Daesh quemó su hogar como quemó el 80 por ciento de las casas de Keremles.

Ya han pasado dos veranos pero Almass no se acostumbra. “En Keremles teníamos una vida bonita, por la mañana iba a la iglesia a rezar y después volvía a trabajar en las cosas de la casa”, explica. El marido de Almass era un hombre de varios oficios, como casi todo el mundo en el pueblo. Le dedicaba un rato al campo, trabajaba en la construcción y también en un taller mecánico. Me lo enseña con orgullo. En la puerta, una jaculatoria a “Aloja”. La higuera, tenaz, en el jardincillo donde estaban las gallinas, se resiste a la guerra. El marido de Almass además es diácono y se dedicaba a enseñar a los niños en la escuela de la iglesia la escritura caldea, una de las variantes del siriaco que contrae la lengua. Por eso guardaba con mimo, junto a su cuarto, una respetable biblioteca que ahora está reducida a cenizas.

Paseamos por un Keremles desierto en compañía de Almass y su marido. El día es soleado y bajo una tierna luz de invierno que calienta el alma se suaviza el aspecto de las calles desiertas, el abandono y la soledad. La iglesia parroquial se ha salvado del incendio pero las cruces están, como siempre, mutiladas. En su atrio se esconde el doble martirio de un sacerdote de Mosul. El padre Ragheed, originario de Keremles, fue asesinado por Al Qaeda en Mosul cuando todavía era muy joven. Le amenazaron de muerte pero no quiso abandonar a sus fieles. Ahora su tumba, en la que fue su parroquia, está profanada. El Daesh no lo ha dejado reposar en paz. También están profanadas las tumbas que rodean la cercana iglesia de san Jorge. Un ataúd abierto yace a la entrada.

Almass estrecha el pañuelico de sus lágrimas entre las manos y le viene un suspiro al pecho. Llora con los ojos y me sonríe con la boca. “Nuestra vida no puede ser otra cosa que confiar en Dios (Aloja), rezarle”, me dice. Pocas palabras, rotundas, ciertas. Pocas palabras que sostienen una vida difícil.

Keremles está lleno de túneles. El Daesh los utilizaba para escapar. Entramos en uno de ellos que se alarga unos 70 metros. En las paredes, sacos terreros. Sobre el suelo todavía la sandalia de algún combatiente. Y la porquería de la guerra: ropa sucia, una caja de queso de marca egipcia rasgada, restos de combustible, el humo negro de un generador y los nombres de los combatientes escritos aquí y allí.

Almass, como todos los cristianos de la llanura de Nínive, tenía la costumbre de visitar el monasterio de san Behnam. Un monasterio levantado en el siglo IV. Junto a la tumba de uno de los fundadores del cristianismo en esta región, se construyó una iglesia ricamente decorada con un estilo oriental fascinante. La iglesia está rodeada de numerosas estancias donde las familias solían pasar varios días de celebración y de fiesta.

Ponemos rumbo al monasterio de san Behnam que se encuentra en zona controlada por las milicias chiítas. Para eso nos tenemos que acercar a nueve kilómetros de Mosul. Cruza un camión con cadáveres enrollados en alfombras. Los chiítas engalanan los check point con banderas de colores y flores de plástico. Y otra vez la mugre de la guerra. Milicianos jovencísimos, sucios como pordioseros, sosteniendo los fusiles con una ligereza que da miedo. El monasterio de san Behnam está convertido en un centro de operaciones de la Milicia de Babilonia en la que combaten chiítas y cristianos. La cúpula que cubría la tumba de san Behnam ha sido dinamitada. Solo quedan cascotes del monumento cristiano más importante de la llanura de Nínive. Junto a la ruina, dos barriles de metal convertidos en bombas, con la mecha lista para estallar. El monasterio nuevo, con preciosas puertas del siglo XVI esculpidas en piedra, está en pie. Pero la estatua de san Behnam ha sido terriblemente mutilada. Doce apóstoles de uno de los dinteles han sido borrados a fuerza de cincel. Nos lo muestra un miliciano que se santigua ante la imagen de María a la que le han cortado las manos. Sus compañeros juegan, bajo este sol que calienta con suavidad, una partida de cartas. Uno en chandal y chanclas, otro combina el uniforme militar con ropa deportiva. Y por todos lados, la cochambre de la guerra. Una parte del monasterio despide un fuerte olor a orines. Estos chicos que apoyan en cualquier lado y de cualquier manera fusiles con el cargador en su sitio están necesitados de una buena ducha desde hace días, desde hace semanas. Un coche civil reparte el rancho, pollo con arroz.

Empieza a atardecer en la llanura de Nínive. Nos precipitamos hacia la salida de la zona militar. Cruza un convoy de tropas estadounidenses, enormes tanquetas de color tierra. Un helicóptero gigante, como un gran monstruo aéreo, vuela lento sobre nuestras cabezas con mucho estrépito. Cuando se marcha vuelve el silencio. Las últimas luces y el incendio en el horizonte nos hacen fijarnos en una tierra llena de matices, tierra de campos, fecunda, aireada y ya cubierta por los tallos del cereal. Tierra que quizás los cristianos de Nínive han perdido para siempre.

Almass mira a lo lejos. Es mujer de pocas palabras. Me sonríe. “Nuestra vida no puede ser otra cosa que confiar en Dios (Aloja), rezarle”, dice ahora su rostro sereno.

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