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17 AGOSTO 2018
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Trump a través de su discurso: la familia es lo primero

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  408 votos
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Benjamin Franklin dijo en uno de sus escritos que conoció a un tal Steele, protestante, que decía que la única diferencia entre la Iglesia Católica y la de Inglaterra era que la primera era infalible, mientras que la segunda siempre tenía razón. Pues bien, Trump parece infalible y, además, él cree que siempre tiene razón. Esta gran seguridad en sus formas y tono, que acaso esconda soberbia, algo que el lenguaje corporal parece dejar entrever, se refuerza con un discurso muy simple, de corte nacionalista, aunque se vista de patriotismo, y populista, aunque se vista de justicia.

El discurso del 45º presidente de los EE.UU. de Norteamérica (América para él), pronunciado después de su juramento y en el marco de fastos, desfiles, bailes y cenas de gala en Washington, villa y corte tejano-versallesca de las Américas por unos días, se resume en lo siguiente: Trump es un personaje demasiado conservador para ser revolucionario, y demasiado revolucionario para ser conservador.

El trumpismo, que no es solo una manera de hacer negocios, sino que será un “political case” a estudiar en las escuelas de políticas, sociología y comunicación del mundo, tiene lo que tienen los liderazgos populistas, que están hechos a medida del líder. La cuestión a dilucidar en los próximos cuatro años será el precio a pagar por las instituciones representativas y los sistemas de pesos y contrapesos, y si saldrán reforzados o debilitados tras los probables intentos de control desde el ala oeste de la Casablanca, o no.

Recordemos que cuando Reagan llegó al poder en 1981, la propia efectividad de la institución del presidente estaba puesta en cuestión, dados los retos del mundo a finales del siglo XX. En este sentido, Michael Kazin (profesor de historia en la Universidad de Georgetown y editor de Dissent), como dice en el número de diciembre de 2016 de la revista Foreign Affairs -dedicada al fenómeno populista- , puede tener razón al advertir, no sin cierto fatalismo, que “el populismo puede ser peligroso, pero puede ser necesario” para revitalizar la democracia cada cierto tiempo. La historia americana ya ha vivido antes este fenómeno y salió reforzada.

Al comenzar el discurso dio las gracias también a los ciudadanos del mundo, como todo buen César del mundo. Comenzó su retórica sobre la base de la idea de devolver el poder “a la Gente” desde el traidor “establishment” (poderes fácticos), ante el cual hablaba, y del que se desmarcaba asombrosamente pese a ser parte de él y haber nombrado un gabinete en que varios miembros son mil y dos mil y tres mil millonarios.

El carácter mesiánico de su mensaje y tono, y la apelación a volver a hacer grande a América (“Make America Great Again”), así como su alegato en defensa de los legítimos intereses de EE.UU. apelando al eslogan “primero, América, y más alto” (“America First and Higher”) -y después, ya si eso, los demás, y ya veremos si…, como diría el humorista manchego José Mota-, fueron los ejes de su mensaje alrededor de cuarto de hora.

Como le recordó en su bendición un pastor protestante, cuando comenzó a hablar Dios le bendijo, pues comenzó a llover. Es una interpretación. Otra sería la de las lágrimas del dios de la lluvia azteca Tlaloc, que lloraría por los mexicanos y migrantes, perseguidos por un nuevo Diocleciano.

Las apelaciones a la Nación, a que el Gobierno está al servicio de la gente, a la unidad y solidaridad, sin mencionar empero a la otra mitad de americanos que no le votaron; la alusión a la misma sangre que corre por las venas de las diferentes razas de americanos, que disfrutan de las mismas libertades y aman la misma bandera, fueron destellos nacionalistas. Apelaciones a lo imparable de la Nación cuando está unida, se entiende que en torno al presidente, y su nueva visión que viene a traer “right here, and right now” (“aquí y ahora”), le descubrían como un nuevo padre de todos, que velaría siempre por los trabajadores, las familias y las fronteras (en un sentido de fronteras comerciales, y por seguridad nacional), “I will never let you down”, que se puede traducir como no os dejaré atrás o no os dejaré caer, y os haré llegar “fortaleza” y “prosperidad”. Dicho con miles de millones en la cartera y una mujer más que bella a su lado, el mensaje fue directo al corazón del americano medio.

La determinación por acabar con el terrorismo islámico, adjetivando este terrorismo, en todo el mundo, se unió, en política exterior, a su intención de derrotarlo con las naciones civilizadas, que por cierto no nombró, pero también se vislumbró un cierto re-aislacionismo pre-reaganiano, evidente cuando no nombró ni a Europa ni a la OTAN (ni al Reino Unido), pero contradictorio cuando habló de mantener antiguas alianzas mientras creaba también otras nuevas (¿Rusia?).

Como proteccionista, anunció que se acabó con lo de haber hecho ricos a otros países a costa de la desindustrialización, y que iba a poner en marcha un plan ambicioso de infraestructuras, que sería para los americanos, y hechas por los americanos, en un endurecimiento de la Ley “Buy American Act”, que tendrá sus reflejos en las relaciones con los aliados europeos, también en defensa.

En definitiva, fue él mismo, y se alejó del discurso de la noche electoral, más prudente y conservador. Dirigirá la Nación como una empresa, de la mano de su yerno judío, Jared Kushner, verdadero hombre fuerte del gobierno, artífice de la victoria electoral gracias a la interpretación de los patrones de datos de los votantes y tratar la campaña como una start-up de Sillicon Valley. Como dice la revista Forbes de diciembre de 2016, “si está usted buscando una ideología detrás de Trump (o su yerno), se puede resumir de la siguiente manera: la familia”. La suya.

Ronald Reagan dijo en 1985 que “el desafío para el hombre de Estado es tener visión para soñar con un mundo mejor y más seguro, y el valor, la persistencia y la paciencia para hacer ese sueño realidad”. “Cuando la política menos merezca a los mejores hombres, será cuando más los necesite”, le respondería Aznar en 2009. Hay que ver aún qué tipo de hombre es Trump para saber qué presidente será, pero apunta maneras el maestro. Dependerá mucho de los toros que le toquen en suerte.

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