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22 SEPTIEMBRE 2017
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Un espacio a la altura del emperador

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  799 votos
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Fue un discurso religioso. En realidad, todos los discursos de los nuevos presidentes de los Estados Unidos lo son de un modo u otro. Pero este lo fue especialmente. No solo por la presencia de la biblia de Lincoln y de la que le regaló su madre. No solo por las oraciones y por las referencias a Dios. Lo fue porque el presidente número 45 de los Estados Unidos ofrece nacionalismo como respuesta al deseo de salir de la nada, de esa nada en la que se sienten muchos de los que le han votado. “Os digo a todos los estadounidenses, en todas las ciudades próximas y lejanas, pequeñas y grandes, de montaña a montaña y de océano a océano, que oigáis estas palabras: nunca volveréis a ser ignorados”, anunció el nuevo inquilino de la Casa Blanca desde las escaleras del Capitolio. En la tierra en la que quizás más se lee la Escritura, muchos estadounidenses supieron identificar rápidamente en esas palabras una actualización de las promesas del gran profeta del Antiguo Testamento. Nunca más llamarán a tu tierra –el Medio Oeste, las ciudades de Detroit, Columbus o San Luis– devastada y abandonada. Ahora le llega un marido.

El que fuera un discurso religioso no significa ni mucho menos que fuese positivo. Las viejas religiones, las que no distinguían lo que había que dar al César y lo que había que dar a Dios, siempre acababan y acaban en idolatría del emperador. En estos tiempos dominados por la perplejidad que provoca la globalización vuelve lo viejo, la sacralización del poder. De momento el Trump presidente sigue siendo como el Trump candidato. Sabe bien cuál es su base. Se ha convertido en el número 45 de los Estados Unidos gracias a la frustración de buena parte de la clase media blanca. Una frustración no solo económica, una frustración antropológica: la de una soledad tan feroz como solo puede generarse en los Estados Unidos. Entre esos blancos las tasas de suicidio, alcoholismo y drogadicción se han incrementado de forma muy significativa. No se puede vivir mucho tiempo ignorado, ignorado por la élite de las costas y, sobre todo, por el destino.

La democracia de los Estados Unidos nunca ha sido laica, al menos tal y como la entendemos en Europa. Pero hay que distinguir. Una cosa es el deseo de construir la ciudad en la colina de los padres fundadores. Y otra cosa bien distinta es el ciclo de sacralización del poder que se ha producido desde que el segundo Bush fue elegido presidente, un ciclo que con Trump se ahonda. Con W. Bush llegaron a la Casa Blanca los teocon, de procedencia izquierdista, intelectuales que pretendían contrarrestar el relativismo y defender los valores del occidental con una sólida teología política. Obama fue una reacción y, como todas las reacciones, se pareció mucho a aquello a lo que se opuso (al movimiento anti-Trump va camino de pasarle lo mismo, se parece demasiado a Trump. Como el antifascismo se parecía mucho al fascismo). El primer presidente negro de los Estados Unidos vino acompañado de un mesianismo voluntarista resumido en el “Yes, We Can”. La política hecha de otro modo, la política bonita para la gente. La palabra gente es quizás la que más veces usó Trump en su primer discurso. La gente contra los políticos, la gente que, por fin, va a salir de la nada. El ciclo de presidencias “religiosas” en los Estados Unidos, muy diferente a las presidencias pragmáticas de Reagan, del primer Bush y de Clinton, es sin duda un signo de los tiempos. No hay quien soporte en la vida diaria el nihilismo postmoderno y el vacío fomenta la transferencia de la sacralidad. El deseo de no ser ignorado es irrefrenable, necesita una respuesta, aunque sea parcial.

El fenómeno no es solo propio de los nacionalismos y de los populismos. Tiene otras versiones. Una de ellas es la sacralización de los derechos subjetivos. Los nuevos derechos, especialmente exigidos en las cuestiones de género, como esos nuevos liderazgos políticos que tanto nos asustan, nacen del humanísimo deseo de salir de la nada: son hijos de la necesidad afectiva, de la necesidad de que la diferencia –real o inducida– sea reconocida. Es evidente que, en un caso como en el otro, hay una ideología y un poder que instrumentaliza. Pero la sacralización del poder no cuajaría sin esa energía potentísima que busca salir de la sombra, del terreno donde uno es o se siente ignorado.

No es eficaz que el corazón de la respuesta a esta nueva sacralización del poder sea el análisis, la denuncia, o la construcción de nuevos sistemas de ideas, estas sí, verdaderas. En cierto sentido es inútil ir contra la ideología de género o contra el nacionalismo populista. Por supuesto tendremos que denunciar sus abusos, exigir el respeto a la libertad que se vulnera, pensar más que nunca para encontrar ideas más auténticas. Pero todo eso estará condenado al más rotundo de los fracasos si no está respaldado y sustentado en un espacio diferente. El espacio que abre no ir en contra de la ideología sino a favor del humanísimo deseo de no ser ignorado. No es lo mismo. Ir a favor del deseo de no ser ignorado es mucho más exigente. Requiere más que palabras y que sistemas, requiere hechos, requiere hombres y mujeres que tengan la experiencia de no haber sido abandonados. Solo esa experiencia evita la sacralización de nuevos ídolos y desafía a los nuevos emperadores.

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