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10 DICIEMBRE 2018
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La realidad y el secreto que lleva dentro

Antonella Berni | 0 comentarios valoración: 3  451 votos
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“Todo lo que viene del sur será llamado grotesco por el lector del norte, a menos que no sea grotesco, en cuyo caso será llamado realista”. Así era Flannery O'Connor, aclamada como la mejor escritora norteamericana de relatos. Quién sabe lo que nos habría regalado si una enfermedad no se la hubiera llevado a los 39 años de edad, en agosto de 1964. A menudo presentada por la crítica como cínica, O'Connor se limitaba a captar y representar la realidad en su aspecto más extraño, filtrado por su lente de observadora aguda, graduada en ciencias sociales.

Sus historias toman forma en la rutina de Georgia, sus personajes nunca son particularmente profundos o caracterizados, la mayoría son sencillos y a veces limitados. La realidad se cumple a su pesar. Precisamente aquí se manifiesta la grandeza de su escritura. Un hecho banal se convierte en un drama, un tonto se transforma en héroe trágico, la crueldad humana es como un fenómeno atmosférico de la naturaleza, terrible pero inevitable. Un río que no se puede parar. Y el lector se convierte en espectador de un final sorprendente.

La gran habilidad de O'Connor reside en mostrar la disparidad entre la limitación de sus personajes, que no comprenden su propio destino, y su realización. En uno de sus relatos más famosos (“Un hombre bueno es difícil de encontrar”), la concatenación de hechos totalmente casuales lleva a toda una familia, abuela incluida, a un final brutal. Podemos enumerar, con el sentido que da la retrospectiva, todas las decisiones aparentemente inocuas que les llevan hasta ese resultado. Todo, la decisión de parar a tomar algo, el giro a la izquierda o a la derecha en un camino que no es familiar, hasta los fallos de memoria de la abuela, tiene la gravedad de una condena.

Los hechos ordinarios con los que se inician sus relatos adquieren complejidad a medida que avanza la obra, del mismo modo que una bola de nieve termina convirtiéndose en un alud ante los ojos del lector.

Una banal maceta con un geranio en el alféizar de una ventana esconde la metáfora de una vida, como es el caso del viejo Dudley (protagonista del relato “El geranio”), que al darse cuenta de que el geranio se ha caído se asoma a la ventana como todos los días, presa de su silla y de su aturdimiento senil. No le compete a él captar el significado del geranio que termina con las raíces al aire porque el final siempre es para el lector, no para despedir a un personaje que acaba su carrera.

De fondo, a menudo pero no siempre, las diferencias entre blancos y negros, algo normal en aquella época, una nota dolorosa aún hoy. La violencia y la opresión se ilustran como si fueran noticias de un informativo, sin juicio alguno por parte de la autora. Incluso al narrar las bajezas del hombre, O'Connor mantiene alto su registro poético, como resarciendo el estupor que provocan algunas de sus historias. Como dijo en una ocasión Elizabeth Bishop, hablando de los relatos de O'Connor, estaban llenos de descripciones breves, frases e intuiciones que formaban una verdadera poesía, más que la suma de muchos poemas juntos.

Nacida en Savannah (Georgia), Flannery O'Connor obtuvo un máster de arte en inglés en el renombrado Iowa Writer's Workshop. El director de entonces, Paul Engle, reconoció años más tarde que tuvo problemas para comprender a Flannery cuando hablaba en su dialecto georgiano. Eran tan incomprensible oírla como placentero leer su prosa, llena de inventiva, dura y viva. Después de la Universidad de Iowa, donde empezó a trabajar en su primer libro, “Sangre sabia”, O'Connor se trasladó a una comunidad de artistas (Yaddo) en el estado de Nueva York, en 1948. En estos años entró en contacto con varias figuras del mundo literario americano, sobre todo neoyorquino. Entre otros, Robert Giroux, que pronto se convertirá en su editor y que alababa la extrema flexibilidad de su escritura y su capacidad para revisar y mejorar un relato. Escribir y escribir, esa era la vida de Flannery, que encontró el periodismo, la actividad en la que empezó, reductivo y poco creativo.

“Escribo este nombre con honor, por toda la verdad y maestría con que mostró la caída y deshonor del hombre”, escribió el poeta Thomas Merton después de su muerte. Porque, al final, O'Connor escribía sobre la realidad sin inventar nada.

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