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19 JUNIO 2018
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Esa acogida que el mundo envidia a Europa

Emma Neri | 0 comentarios valoración: 3  424 votos
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El documental italiano “Fuego en el mar” ha entrado en la quiniela de los Oscar. Una buena noticia por muchas razones. La primera de ellas la resume el médico protagonista de esta historia, Pietro Bartolo: “Es un deber para cualquier hombre de carne y hueso ayudar a esta gente”. Punto. Nada que añadir. Sea cual sea la razón por la que llegan los inmigrantes, el lugar del que procedan, su idioma, su religión, el color de su piel, hay que ayudarlos. Es una evidencia que se impone delante de los cuerpos desnutridos y deshidratados de estos hombres, mujeres y niños.

El director, Gianfranco Rosi, ya ganó el Oso de Oro en Berlín con esta película, donde narra algo que conoce. Los rostros oscuros y dolientes que emergen del mar se alternan, casi se superponen, a las caras de otros hombres y mujeres que en el fondo son iguales que ellos, los habitantes de Lampedusa. Un niño con los ojos cansados, un marinero exhausto por la vida que lleva entre cielo y mar, un anciano que remienda las redes, una abuela cocinando. Todo ello bajo un título, “Fuego en el mar”, que recuerda a los fogonazos nocturnos de las naves militares lanzando una alarma, una amenaza, un grito.

Dicho esto, también hay que decir que un documental es poco, muy poco, para abordar una emergencia tan grave. Esto es solo una gota, sin querer incomodar a ninguno de los expertos que desde los años setenta están convencidos de que un film es siempre y en todo caso un gesto político, como si el arte bastara para cambiar la realidad. Pero una película no cambia las cosas, como mucho abre paso a una reflexión, a una pregunta. Al menos en este caso nos recuerda a todo algo que puede parecer obvio pero no lo es: la acogida es lo que el mundo envidia de Europa y hunde sus raíces en una fe que nació hace dos mil años en otro lugar, y algunos países europeos como Italia todavía la conservan, aunque con escasa conciencia, como un pequeño primado dentro del pensamiento humanista que hizo nacer a Occidente. Pero sigue siendo poco.

“Hay que promover una acción política y económica que contribuya a poner fin a las migraciones”, dijo el cineasta ruso Aleksandr Sokurov en Venecia, en unas declaraciones por las que fue muy criticado. Por no hablar de Clint Eastwood, acusado de racista por desaprobar la censura a cualquier referencia al islam en los discursos oficiales sobre la inmigración. ¿Qué sucede cuando alguien decide partir? ¿Qué pasará cuando los ocho millones de sirios que lo han perdido todo decidan venir aquí en busca de una nueva vida? ¿Con qué corazón huirán para no tener que volver atrás, o extenderán sus cartones en las calles de una ciudad extranjera? ¿Cómo nos relacionamos con el otro? La política parece haber agotado las respuestas. Hay una imagen inquietante a este respecto grabada en la manifestación a favor de los inmigrantes que habían quedado bloqueados en la frontera italiana por la policía francesa. En la segunda fila se ve a un chico vestido con unos vaqueros y un chaleco rojo. Unos días después, al volante de un camión, arrollaría a 84 personas en el Paseo de los Ingleses en Niza.

Resulta complicado hacer películas sobre un futuro que la política europea ni siquiera es capaz de imaginar, limitándose a buscar atajos a base de muros y alambradas. Pero la crisis de nuestro continente, como ha dicho recientemente el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, no nace con estas migraciones: “Hemos desperdiciado nuestra herencia cristiana”. Un cristianismo vacilante, una cultura del egoísmo, es la bienvenida que encuentran los inmigrantes cuando llegan aquí. Exactamente lo mismo que viven día tras día nuestros propios hijos. Entonces no es de extrañar que –sobre todo en Francia– el tema de la inmigración se convierta en un espejo en el que mirarse. Algunas directoras, mujeres que hablan de mujeres, a veces parecen confundir la libertad con la transgresión, contentándose así con soluciones igualmente convencionales, pero en todo caso sigue siendo dramática la pregunta sobre el significado de todo esto que emerge por todas partes.

Un ejemplo de ello es “Foreign body”, una producción franco-tunecina de la directora Raja Amari. Cuenta la historia de una chica, Samia, que llega a Lyon después de un viaje lleno de esperanza que la ha llevado dando tumbos por las playas europeas, huyendo de un hermano fundamentalista al que denunció durante la revolución de los jazmines. Resulta extraña la presencia de Samia en la vida del amigo que la hospeda y en la de la mujer francesa que le da un trabajo, como extraño es también el mundo que la acoge y la rechaza, tratando de atraparla en una trama de tensiones y frustraciones sexuales. Otro ejemplo es la película “Sin miedo”, dirigida por Danielle Arbid y multipremiada en el festival de Toronto. Muestra una forma de educación sentimental encarnada en Lina, que llega desde el Líbano a la París de los años 90. Lleva a sus espaldas una vida difícil, una huida, un camino lleno de dificultades y tentaciones al llegar a Occidente: el visado de residencia, los trabajos más humillantes, el ambiente estudiantil y la lucha política, el descubrimiento del sexo, los hombres que se le acercan y las mujeres que la juzgan. Por encima de todo, parece prevalecer el miedo a tener miedo, pero la imagen fija que cierra la historia es la sonrisa de una conquista, la certeza de una nueva autonomía.

Resulta peligroso verse reflejado en el otro y descubrir el fondo oscuro de uno mismo. Sobre todo, se corre el riesgo de caer en una mirada miope. Porque, si el problema no son las cifras del fenómeno migratorio en Europa sino la capacidad de Occidente para poner delante de todos una identidad sólida y segura, salta a la vista el desierto humano y espiritual que habitamos. Un tercer ejemplo habla de esto, el más interesante. Dirigida por Marie-Castille Mention-Schaar tras el atentado contra Charlie Hebdo, “Le ciel attendra” narra la historia de dos madres y dos hijas adolescentes. Tienen en común el encuentro vía internet con los integristas del Isis y la búsqueda de un sentido que dar a su propia vida. Mélanie, 16 años, vive en un mundo aparentemente confortable: la escuela, las amigas, el violonchelo. Pero la realidad habla de una soledad dentro de una familia dividida y un chico que le habla del amor y de los ideales por las redes sociales. Sonia tiene 17 años, es hija de madre francesa y padre tunecino. Reprocha a sus padres “laicos” su incapacidad para mirar a lo lejos, su falta de fe, la ausencia de un paraíso que esperar. Mention-Schaar se documentó mucho para rodar esta película, que ahonda en los detalles –los correos electrónicos intercambiados a escondidas, el niqab pedido por correo, la huida de una de las chicas– sin hacer frente a la confusión que genera ese rostro que avanza en nuestros días, en nuestra vida. Y es que para eso no basta con una película, hace falta un hombre de carne y hueso que recuerde que tenemos un destino.

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