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16 AGOSTO 2018
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Con Trump se acaba el atlantismo

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  407 votos
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La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca pone un punto final explícito al “atlantismo”, que de hecho ya acabó con Obama. Pero fingir que todavía duraba le resultaba cómodo, tanto a él como a los líderes europeos. De modo que, a pesar de la evidente retirada de Estados Unidos de Europa y del Mediterráneo, a la sombra de una retórica cada vez más lejana de la realidad, el establishment europeo había seguido acunándose en la ilusión de que aún no habían terminado los buenos tiempos, que comenzaron en 1949 con la firma del Pacto Atlántico (más conocido como OTAN), cuando EE.UU. necesitaba tanto una alianza con la Europa occidental para pagar generosamente los gastos ocasionados. Entonces tenían medios abundantes para podérselo permitir.

Confirmando lo que había anunciado en entrevistas publicadas en vísperas de su entrada en el cargo, durante su discurso como nuevo presidente norteamericano empezó diciendo que gobernará pensando ante todo en el interés nacional de su país. Lo extraño sería lo contrario. Ese es el primer deber de cualquier gobernante en cualquier parte del mundo. El interés de cualquier otro estado viene obviamente después, aunque pueda imponerse en el escenario del deber común de construir y garantizar la paz, que solo será estable si se fundamenta en la justicia. Pero como desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy EE.UU siempre se había preocupado de aparecer en el tablero europeo, aunque con interés decreciente, con la careta de Papá Noel, que ahora Trump nos diga “¡arregláoslas!” nos causa cierta impresión. Al menos a los más ingenuos, y también a los más apegados a Estados Unidos. En realidad, las relaciones entre Europa y los USA siempre han sido menos afables de lo que querían parecer, pero en todo caso la máscara resultó creíble. No se puede decir lo mismo de otros lugares del mundo, desde América Latina hasta Extremo Oriente, pero con nosotros era así.

Gracias a este interés incondicional por la estabilidad de Europa, hasta años recientes los Estados Unidos habían corrido con los gastos de la defensa estratégica del continente europeo. Tal defensa estaba orientada evidentemente hacia los intereses norteamericanos, que entonces coincidían ampliamente con los de Europa. De ese escenario derivaron enormes ventajas sobre todo para Europa occidental, que con un gasto modesto en armamento ha podido no solo desarrollarse sino también dotarse de importantes sistemas de seguridad social. Con Trump esta etapa llega a su fin de manera explícita. En efecto, la red estratégica con que Estados Unidos envolvió al mundo no desaparecerá, pero cada vez coincidirá más con la llamada anglo-esfera, es decir, con Gran Bretaña y con los países que son herederos directos de su pasado imperial. Aparte de Norteamérica, dicha red asumirá un carácter sustancialmente insular o litoral, que deja fuera a la Europa continental.

En esta nueva situación, la Europa continental, y por tanto la UE que es su mayor parte, o se mantiene por sí misma o bien, al estar muy poblada y desarrollada, se convertirá en la presa designada por las grandes potencias actuales o futuras de desarrollo medio, como son en este momento Rusia y China, salvo nuevas llegadas de momento no previstas. En la situación moderna, eso no implica necesariamente la conquista en el sentido clásico del término. También puede consistir en amplias formas de dependencia económico-financiera, con todas sus consecuencias. Por eso no hace falta imaginar malvadas voluntades poderosas. En el ámbito de las relaciones internacionales, rige la regla del equilibrio de fuerzas. Cada estado, cada uno de los actores de la política internacional debe ocupar y mantener ocupado su propio estado, y si decae puede provocar una inestabilidad que acabe causando crisis y guerras. En este sentido, Europa debe volver a descubrir y asumir sus responsabilidades, no solo por su propio interés sino por su propio deber con el resto del mundo.

Las dos crisis actuales en la región del Mar Negro y en Oriente Próximo respectivamente ya suponen una prueba dramática de los impactos negativos que está provocando la lentitud de la Unión Europea. Es más urgente que nunca que en Europa, en la UE, se den cuenta de que el atlantismo ha terminado, que se emancipe de la mentalidad que aquello generó, que se delineen cuanto antes las políticas internacionales más adecuadas para la nueva situación.

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