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22 SEPTIEMBRE 2017
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Los muros de la debilidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  782 votos
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Los muros se construyen contra el enemigo interior, no contra el exterior. Cuando Alemania del Este levantó, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, la barrera que partió Berlín la bautizó como Antifaschistischer Schutzwall, pared de protección antifascista. Se trataba de “proteger” a la población que había quedado en la zona comunista de los elementos totalitarios que impedían el desarrollo del verdadero socialismo. Tuvo cierta eficacia a corto plazo para contener la emigración masiva hacia la libertad, pero no resistió el medio plazo.

Tampoco ha sido nada eficaz el muro más famoso del siglo XXI: el que Israel comenzó a construir para defender a su población del terrorismo. En los 15 años que han transcurrido desde que se empezó a levantar, la posibilidad de una paz estable se ha ido alejando cada vez más. El muro y la política en favor de los asentamientos de los colonos en Cisjordania, en una tierra que según el derecho internacional es de los palestinos, ha convertido a Israel en una fortaleza asediada. No solo por las diferentes versiones del terrorismo palestino que se van sucediendo –la última protagonizada por lobos solitarios que ya no están controlados ni por Hamas ni por la OLP-. También por un desnivel demográfico que en algún momento tendrá consecuencias.

El muro en Jerusalén, por poner solo el ejemplo de uno de los puntos más conflictivos, en sus cinco primeros años produjo un descenso del 50 por ciento de las visitas de los palestinos a los hospitales. Las familias separadas, las dificultades para trabajar al otro lado, el aislamiento de muchas poblaciones o las arbitrariedades en los check-points son una herida permanentemente abierta. Y ahora Netanyahu, empeñado en ganar pequeñas batallas y perder la guerra definitiva por la paz, ha aprobado 2.500 viviendas más en Jerusalén Este, territorio ocupado.

Trump reivindica el muro israelí como un ejemplo. Pero como titulaba estos días una aguda columna del Chicago Tribune, "Trump´s wall is about resentment and fear, not inmigration". El muro de Trump en realidad lo empezó a construir Bill Clinton en 1993 y lo continuó W. Bush. De los 3.000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay vallados y amurallados 1.100. En este momento el saldo migratorio es negativo: hay más mexicanos que vuelven a casa de los que se van. El número de “espaldas mojadas” detenidos en la frontera se ha reducido a los niveles más bajos desde 1971, y en su mayoría son menores o grupos familiares que llegan desde América Central. Douglas S. Massey, profesor de la Universidad de Princeton, que estudia desde hace años en el Mexican Migration Project los movimientos a un lado y a otro de la frontera, tiene una provocativa hipótesis. Asegura que el muro ha producido un efecto contraproducente porque ha frenado los movimientos de retorno que una frontera más porosa facilitaba. Los muros alimentan a las mafias.

En realidad, lo más relevante del decreto presidencial sobre inmigración, firmado por Trump la semana pasada, es que facilita el sistema de deportaciones y crea un estado de miedo (It´s about fear). Lo ha dicho con claridad Joe S. Vasquez, obispo de Austin, Texas, presidente del Comité Episcopal de Migración en Estados Unidos. Las medidas del nuevo presidente de los Estados Unidos “harán que los inmigrantes, especialmente más vulnerables, mujeres y niños, estén más a merced de traficantes y contrabandistas”- ha señalado Vasquez-. La construcción del muro “desestabilizará a las comunidades que viven pacíficamente interconectadas a lo largo de la frontera”.

El discurso de Trump vende una falsa seguridad y es un paradigma de la debilidad occidental. Fue Bauman, en algunas de las páginas publicadas antes de su muerte, el que señaló con más claridad que los muros se construyen no contra los enemigos exteriores sino contra los interiores, pretenden espantar miedo. En su "Extraños llamando a la puerta" (Paidós) el sociólogo explicaba que ciertas medidas se toman para intentar frenar el “pánico moral” que provoca la crisis migratoria, el miedo a perder una forma de vida sobre el que no se tiene certeza. Los muros son la expresión de una profunda debilidad de quien no tiene seguridad sobre su propia identidad, sobre la capacidad de la propia cultura para integrar y aprovechar la savia nueva que produce el mestizaje. Los Gobiernos hacen “trucos de prestidigitador” para desplazar la preocupación ante problemas que no pueden resolver. Vincular el reto de la inmigración a los problemas de seguridad nacional y personal es una forma torticera de querer explotar la ansiedad.

A largo plazo los muros no sirven. Los movimientos migratorios han acompañado siempre a la modernidad e incluso han cambiado de dirección. Lo nuevo es este no saber quiénes somos, esta inseguridad que se proyecta hacia el otro.

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