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20 SEPTIEMBRE 2018
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>Entrevista a Mikel Azurmendi

"Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  446 votos
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Hablamos con Mikel Azurmendi sobre inmigración y populismos. Azurmendi lamenta que en Europa no hay libertad de opinión sobre importantes asuntos en los que la corrección política ya ha determinado su punto de vista verdadero.

En nuestra sociedad la llegada masiva de inmigrantes se ve como una amenaza a nuestro modo de vida. Por ejemplo, nuestra visión de la dignidad de la mujer y de su papel podría entrar en conflicto con otras culturas. ¿Tiene Europa la capacidad de proponer una identidad sólida y segura? ¿Cómo conjugar la necesaria acogida con la defensa de nuestros valores?

En efecto, hay mucho temor a que desaparezcan nuestros modos de vida que tanto nos ha costado instaurar, unas instituciones para una existencia de libertad, seguridad, pluralismo democrático, igualdad entre hombre y mujer, protección del niño, respeto cívico, idéntica instrucción para todos... todo ello bajo el auspicio de la misma ley para todos. Hay miedo a perderlo, claro que sí. Porque en una sociedad no pueden coexistir culturas contrapuestas en valores relacionados con la dignidad de la persona y el desarrollo de ésta basado en la igualdad de oportunidades. Hasta hace unos treinta años, en varios países europeos fueron dándose entradas masivas de extranjeros, sea de refugiados o de simples necesitados de trabajo o de una vida libre, y todo marchó pasablemente bien porque el ideal de esas gentes era el de asimilarse a la cultura y modos de vida franceses, alemanes, ingleses o belgas. Yo mismo fui emigrante en Alemania y Francia y trabajé dos años en fábrica para poder pagar mis estudios universitarios; dudé de si quedarme a vivir en Francia a estudiar, pero me volví aquí. No me fue muy bien porque hice lo que no debía contra Franco y hube de exiliarme, esta vez forzosamente. Y fui acogido como refugiado político y trabajé de nuevo, limpiando oficinas y otros mil trabajos, pero estudié una carrera en París. Mi hijo es francés y dudé de si venirme con la amnistía de 1976 porque la vida nos iba bien. El emigrante económico acaba quedándose en el lugar donde nacen sus hijos y éstos se vuelven gente de ese país de acogida. El refugiado político, en cambio, siempre piensa en volver a su país, siempre lo añora. Sin embargo, esta pauta centenaria de refugio y acogida con la consiguiente integración social se ha roto con la inmigración magrebí en Francia, Bélgica y Holanda, y con la turca en Alemania. La segunda y tercera generación de esas inmigraciones no han podido o no han querido integrarse cívicamente; una parte de culpa la tienen los padres, que se han guetizado y cerrado culturalmente, pero una gran parte de culpa les corresponde a los gobiernos y a la sociedad de esos países que han permitido guetos, desigualdades de oportunidad escolares, laborales y hasta de trato personal.

Ahora que vienen masivamente gentes de países musulmanes escapando de la guerra o de la miseria política y cultural, coincidiendo con el recrudecimiento islamista en algunos de esos países y con su expansión terrorista en los nuestros, ¿qué podemos hacer?

Para empezar, opinemos, aireemos las investigaciones sociales sobre integración, dialoguemos entre nosotros y discutámoslo. Pero resulta que la Europa actual no es como la de hace treinta o más años, ahora no se puede hablar ni discutir sin la coerción de que te llamen racista, xenófobo o islamófobo. Ahora en Europa no hay libertad de opinión sobre importantes asuntos que la corrección política ya ha determinado su punto de vista verdadero. No, ya no se puede ni comenzar a discutir de esos problemas y hacer propuestas, Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar. Es otra razón más para que surja el populismo de derechas, ese que sí habla sin contemplaciones y al que la gente temerosa va y le vota. Ese populismo también ha surgido como respuesta al populismo izquierdista de la imposición de lo correcto, del silencio imperativo, de no poder señalar dudas y perspectivas complejas en los asuntos de la inmigración. En Europa ahora mismo no existe posibilidad alguna de debate, solamente hay pancartas, gritos e insultos, por eso está enfermando de muerte la democracia: el votante debe decidir sin una deliberación abierta y libre. Si no enmienda, Europa ya ha acabado su destino, ese que le llevó a ser lo que es por haberse constituido en el único lugar del mundo donde se debatía todo y de todo, pero hoy ya ha decidido plegar y que manden los más votados o, peor aún, los menos votados que juntos hagan más número.

El sociólogo Zygmunt Bauman, recientemente fallecido, afirmaba que “los muros son la expresión de una profunda debilidad de quien no tiene seguridad sobre su propia identidad, sobre la capacidad de la propia cultura para integrar y aprovechar la savia nueva que produce el mestizaje”. ¿Qué opinión le merece la afirmación de Bauman?

Yo también firmaría eso porque conozco su pensamiento general, pero no voy a hacerlo porque, sin contextualizarlos, esos postulados son precisamente un importante cociente de lo políticamente correcto: culpabilizarnos nosotros a fin de abrir los brazos a quien quiera venir a destruir nuestro “asqueroso” modo de vida. No y no. Los derechos humanos también son auténticos muros, murallas de protección personal ante el horror de la crueldad de la que fuimos capaces los europeos en la última masacre mundial, y no significan debilidad. Además, esos derechos únicamente los entendemos nosotros como lo que son: muros personales defendidos por estados democráticos. Los inmigrantes, por ejemplo, los de cultura islamista que vienen a nosotros, no lo entienden así, para ellos los derechos son la jauja occidental de gozar de prerrogativas que no tienen en sus países, sin sospechar que comportan obligaciones muy serias. De hecho, la mayoría de ellos no lucharon en sus países por esos derechos que ahora vocean entre nosotros.

Pero vayamos a los muros físicos y constatemos que todas las civilizaciones durante la larga historia humana se han protegido tras los muros de alguna caverna, de unas vallas de madera o de castros de piedra. Pero casi nunca el muro ha sido signo de debilidad y escasa identidad ante los otros. Lo ha sido más bien de identidad y protección, así el redil, el corral, la casa, las diversas habitaciones cerradas de la casa, etc. Además de proteger, los muros privatizan, personalizan, prohíben. Jamás ha existido una sociedad abierta y sin muros de ninguna clase, y supongo que jamás existirá. ¿Sabe usted cuán ansiado fue un simple murete para poder hacer el amor en intimidad entre docenas de tribus que veneramos como paradisíacas? El DNI, el pasaporte mismo ya son un muro que le encierran a uno en su identidad. ¿Quiere usted que entren en Europa gentes que no digan ni cómo se llaman ni de dónde vienen ni a qué vienen? Una muralla en Melilla o en Israel no denotan necesariamente debilidad sino peligro; la debilidad vendría de no haberlo podido edificar. ¿Quiere usted que todo África entre en España? Pues si así lo desea, empiece dejando su patio, su portal y el jardín de casa a cuantos quieran okuparlo. Además derribe los muros de sus habitaciones y las de los niños y habrá sitio para hacinarse en su casa mucha más gente diferente. Y entonces, ¿demostraríamos entonces que no somos débiles y que tampoco carecemos de identidad? Una pregunta que jamás me podrá responder el malogrado Z. Bauman: ¿por qué jamás nuestros sociólogos les han dicho a los musulmanes que vienen a Europa que los velos obligatorios de sus mujeres son auténticos muros que expresan la profunda debilidad de los maridos, su insegura identidad? Y, por favor, no se hable de miedo al mestizaje, porque mestizos los generamos sobre todo nosotros, los europeos de la Europa actual, y durante siglos fuimos los españoles los más proclives a ello en América.

Hablando de muros... ¿Qué le parece el proyecto de Donald Trump ?

El proyecto de muro con México del presidente Trump, según lo veo yo, es absolutamente descabellado. Y jamás aceptaré que unos huidos de cualquier represión política no sean aceptados como refugiados por un régimen democrático, jamás.

Bauman también consideraba que “las raíces de la inseguridad son muy profundas. Se hunden en nuestro modo de vida, están marcadas por el debilitamiento de los vínculos […], por la disgregación de las comunidades, por la sustitución de la solidaridad humana, por la competición”. ¿Tiene usted la misma percepción?

Sí, la inseguridad echó raíces en nosotros cuando yacíamos en el seno materno y cuando nos parieron y cuando nos llevaron a la escuela. Pero fuimos aprendiendo a amar a nuestros próximos y así comenzamos a temer mucho menos. Y sabiendo que evitábamos el daño a los demás fuimos cobrando más fuerza en nosotros mismos. Ser fuerte uno es saber que también le quieren otros porque nunca les lesiona él. Apoyado uno en el otro, teme menos; y tanto más fuerte se siente uno cuanto más le quieren los demás. Cuando uno no quiere a nadie, ni le hace el bien a ninguno, entonces uno se convierte en una fuente absoluta de inseguridad: uno se vuelve profundamente temeroso, huraño, intratable, insociable, esquivo. Pero existe también gente que hace daño y mucho mal, y ésa nos produce una gran inseguridad. La maldad, el mal que hacemos es la raíz de la inseguridad y otras variables sociológicas –como las que apunta Bauman– siempre son condensación de males personales. La solidaridad y la competición no son de por sí dos virtudes antagónicas, qué va, pueden ser virtudes dentro del mismo equipo siempre que se sepa hacia dónde se va. Sin embargo, nuestra sociedad suele volverlas antagónicas porque no tiene fines. Yo sospecho que lo que yace en las raíces de nuestra inseguridad es el olvido de que somos animales racionales pero dependientes, o sea, el olvido de una ética de la alteridad: el no ir al encuentro del otro. La sociología nunca ha hablado de esto, que sí es un rasgo social universal y apunta al mal que nos hacemos unos a otros.

Algunos afirman que sellar las fronteras a los inmigrantes lo único que provoca es que éstos busquen rutas alternativas, lo cual los hace más vulnerables a las mafias. El fenómeno es imparable ¿Qué modelo de frontera cree que sería el adecuado? ¿Cómo se podría realizar un proceso de integración con cierto orden?

¿Por qué es imparable la masiva afluencia de inmigrados y refugiados hacia nuestros países? Porque nosotros no los protegemos allá, en su propia casa, sino que más bien disponemos acuerdos con sus gobiernos, dictatoriales en la mayoría de los casos. Y les vendemos armas y otras mercaderías a cambio de materias primas o de apoyos políticos. Nuestra desidia democrática en Oriente Medio o en África (auténtica maldad) y nuestra dejadez calculada en la protección de los perseguidos y humillados (auténtica maldad) abren las compuertas a una insospechada corriente de desesperados y prófugos hacia nosotros. La seguridad de esos perseguidos reside aquí, entre nosotros, porque conocen bien cuán seguros vivimos nosotros. No nos equivoquemos, previamente a conquistar el mundo el islamismo quiere dominar sobre todo a su gente, quiere mantenerla a raya. De paso, introduciendo terroristas entre los refugiados pretende abrir una brecha entre nosotros a sabiendas de que en Europa ya no deliberamos democráticamente sino que únicamente nos enfrentamos entre nosotros o nos callamos.

Es imposible sellar fronteras, cierto, pero también es imposible acabar con las mafias. Ese argumento de “las mafias” que volverán cuando se cierren a cal y canto las fronteras es falaz porque ya existen mafias. Curiosamente éste es el único caso en que la sociología llama “mafioso” al malo creyendo que hace una descripción social. Siempre habrá mafias, o sea, siempre habrá malos. ¿O es que no es una mafia la corrupción política en los países democráticos? ¿Qué es el 3%? ¿Qué, las puertas giratorias? Lo cual significa que todavía queda gente buena que identifica ese mal y lucha contra él, con o sin fronteras selladas. Las fronteras no son el problema, sólo la ausencia de gente buena lo es.

Pese a que nuestras fronteras pudiesen contener y retener la vastedad de corriente inmigratoria durante 50 ó 100 años, si no le inyectamos otra savia a nuestra cultura no sobrevivirá la democracia tan largo lapso. Nuestro único remedio es cambiar nosotros, ser de otra manera, más deliberantes, más abiertos a lo que nos diga el otro, menos esquivos a encontrarlo muy semejante a nosotros mismos.

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