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23 OCTUBRE 2018
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Un debate "delirante" sobre los derechos humanos

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 3  466 votos
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Argentina es un país único por muchos factores extraordinarios, pero por desgracia también mantiene esta particularidad debido a muchos hechos negativos que a menudo impiden no solo su desarrollo sino también su supremacía mundial. Sin exagerar, dados sus enormes recursos, no solo energéticos sino también intelectuales. Por una lógica inexplicable, a veces parece que este país estuviera en otro planeta muy lejano. Una sociedad dividida gasta gran cantidad de energía en diatribas que la dividen aún más, provocando fracturas gravísimas, sobre todo respecto a hechos históricos que, con el tiempo, se van distorsionando hasta el punto de que el aforismo de Voltaire “la historia es una broma pesada que le gastan los vivos a los muertos” parece pronunciado después de una visita al “fin del mundo”.

No solo se llega a revisiones históricas que comparan a Cristóbal Colón con el general Videla, cuya imbecilidad ha llegado a provocar la destrucción de un monumento donado por la comunidad italiana el siglo pasado y retirado por su sistematización natural (ante la residencia presidencial de la Casa Rosada) por orden de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner; también abundan declaraciones delirantes sobre los tristes años setenta, dominados lamentablemente por acciones permeadas por el demonio de la violencia, perpetrada tanto por movimientos terroristas como por una genocida junta militar.

Todavía no se había apagado la polémica sobre el número real de desaparecidos (todos los datos oficiales concuerdan con las descripciones de muchos personajes de la época sobre la necesidad de engordar la cifra para que los organismos internacionales reconozcan el estatus de genocidio), que no fueron los “míticos” 30.000 sino casi 8.700 (una cifra que ya es absolutamente aterradora); cuando la semana pasada, durante una retransmisión televisiva, el responsable de las aduanas argentinas, el exmilitar Gómez Centurión, aparte de reiterar por enésima vez que sobre el número de desaparecidos existen “8.000 verdades que chocan contra 22.000 mentiras”, hurgó aún más en la herida afirmando que la junta militar no tenía ningún plan sistemático de eliminación física durante los años 70. Cosa que no solo contrasta con las conclusiones del famoso proceso contra la junta militar bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, sino también con las declaraciones del mismísimo exgeneral Rafael Videla, que en su larga entrevista con el periodista Ceferino Reato lo había admitido sin medias tintas.

De modo que más que una opinión personal supone un auténtico “delirio” histórico, al que dos días después se añadió el comentario de la diputada Victoria Donda, exkirchnerista e hija de desaparecidos. A la petición de incluir en el monumento a la memoria los nombres de las víctimas del terrorismo brutal que sacudió Argentina entre 1969 y 1977 (años en que el país estuvo gobernado por una democracia muy débil) respondió que no, proponiendo dedicar otro monumento aparte a la memoria de esas 1.800 víctimas. Otro delirio, esta vez de signo opuesto.

Como si las víctimas de la violencia de facinerosos miembros de grupos terroristas, como ERP o Montoneros, tuvieran un peso distinto al de las víctimas de la dictadura militar. Un despropósito realmente gigantesco que sin embargo nadie ha hecho notar, lo que evidencia hasta qué punto la Argentina de nuestros días tiene serios problemas para conseguir una reconstrucción histórica franca de aquel periodo. Donde no hubo una violencia entre buenos y malos, ni una “juventud maravillosa” (como trataba de mostrar la fantasiosa reconstrucción de estos años dominados por el kirchnerismo y por parte de organizaciones de derechos humanas apoyadas económicamente por ese gobierno e implicada en escándalos increíbles) que se contraponía a otra juventud más durmiente. No. Lo que hubo fueron dos facciones que tenían una cosa en común: el uso de la violencia física sin miramientos ante sus potenciales enemigos. Que al final se descubrieron vinculados por un proyecto común, igualmente delirante, el de un hipotético retorno a la democracia, que contemplaba la formación de un partido que tenía como candidato presidencial al almirante Massera (el más sanguinario de la dictadura militar), apoyado por la organización terrorista de los Montoneros.

La violencia debe ser condenada, sin medias tintas, venga de donde venga. Después de cuarenta años, seguir con estas distinciones delirantes explica por qué un país tan rico y poco habitado como Argentina puede “permitirse” el lujo de una pobreza que afecta al 32% de sus habitantes. Al menos mientras siga malgastando energías en este tipo de polémicas en vez de dedicarlas a su futuro, que parece importar a muy pocos.

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