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20 NOVIEMBRE 2017
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El comienzo de una conversación

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  779 votos
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Solo un comienzo y todo un comienzo. El diálogo que auspició este periódico la semana pasada en el Senado sobre las “páginas políticas” de La Belleza Desarmada de Carrón fue una rara ocasión. Una de esas raras ocasiones en las que en España se conversa sobre lo que hay encima, debajo y dentro de la democracia. Lo interesante es que lo hicieran tres figuras que tienen las manos metidas en la masa. Pablo Casado, vicesecretario del PP, está en la cúpula del partido en el Gobierno y ha preparado una de las ponencias políticas más relevantes en el Congreso que los populares han celebrado hace algunos días. Ramón Jáuregui, aunque esté en el Parlamento Europeo, prepara los textos de referencia para el decisivo Congreso que los socialistas tienen en junio. Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos, ha sido protagonista de las negociaciones que han contribuido a superar el bloqueo.

Políticos pues, muy políticos, hablando de la pre-política después de un año como el de 2016 dominado por los vetos y con la posibilidad de unas nuevas elecciones anticipadas en el horizonte. Políticos que aceptaron hablar de cómo el valor del otro ha sido determinante en sus experiencias personales de negociaciones pasadas y futuras. Dispuestos a hablar de la corriente de fondo que nos ha traído a la actual crisis, del deseo de cambio (incluso de régimen) y de la transformación del adversario en enemigo.

El inicio de esta conversación fue favorecido por una iniciativa cristiana que toma posición en público no para defender ciertos valores, que sin duda hay que defender, o para reivindicar ciertas libertades, que sin duda hay que reivindicar, sino para facilitar un debate sobre la matriz que hace posible la convivencia en una sociedad plural. Porque quizás la mayor urgencia de la vida política en Occidente sea reconocer que las bases de la vida en común se diluyen a una velocidad de vértigo e invitar a todos a aportar elementos para una nueva cimentación, sin tener la ingenua y arrogante pretensión de saber de antemano cuál es la solución. Como señaló uno de los invitados, en este momento no es necesaria una democracia de las ideologías sino de los métodos, de los significados.

No conviene dar por descontada la relevancia de conversaciones de este tipo cuando precisamente en el origen de la particular crisis política española, la que lleva a una buena parte de los jóvenes a rechazar el sistema constitucional, es haber dado por supuesto el valor de la democracia y de la transición que la hizo posible. Uno de los ponentes señaló con acierto que los españoles han considerado la democracia como un dato de la naturaleza, una especie de paisaje que crece solo y que no necesita ser regado. Al haber aplicado el método del progreso científico al progreso social, la transmisión crítica de la herencia recibida se ha descuidado y ha terminado por arruinarse.

Los tres ponentes coincidían en el gran valor de esa herencia. Después de un pasado reciente con escaso o ningún respeto y reconocimiento por el otro (sería apasionante adentrarse en qué errores del liberalismo y del catolicismo del siglo XIX provocaron esa situación), la transición a la democracia (1977-1978) abre un nuevo capítulo. Hay perdón mutuo y hay proyecto-país, deseo de caminar juntos en una cierta dirección. Lo llamativo es que Jáuregui, el único de los tres que fue protagonista de ese período, señalase que esa inercia positiva pierde fuerza con el cambio de siglo. La hoguera de la transición se convierte en un montón de cenizas frías a partir de los años 90. Y se señalan como causas la falta de liderazgo, la frivolización del discurso público y la fragmentación de los referentes mediáticos así como la desaparición de la cultura del esfuerzo. Son factores que describen lo propio de una sociedad líquida. A lo que se añade una crisis económica que acaba con lo que se ha llamado el “ascensor social”, la movilidad propia de un país con una clase media que no estaba condenada hasta ahora a permanecer estancada. Para certificar la importancia de este factor la Comisión Europea ha advertido hace unos días de las nefastas consecuencias de tanta desigualdad.

Pero quizás fuera necesario ir más al fondo. Porque incluso este cuadro retrata un instante posterior a la gran explosión, sin reflejar el mismo momento de ese estallido silencioso que ha cambiado todo. Y fue aquí donde la conversación puso de manifiesto la dificultad que tenemos todos para entender que no es solo descuido, falta de un relato y de una épica de la reconciliación democrática, sino algo más profundo: los principios, los valores, las evidencias que pasaron de la Ilustración a las revoluciones liberales, sin que fuera necesario afirmar y discutir sus fundamentos, ya no están.

Fue esperanzador ver cómo cierto constitucionalismo de centro-izquierda y cierto constitucionalismo de centro-derecha, el de los tres ponentes, después de un tiempo de distanciamiento afirmaba con entusiasmo el valor del otro. Quedan muchos temas para próximas conversaciones, la lista de reformas es larga. Pero sobre todo habrá que preguntarse por qué lo que hay otro lado del constitucionalismo, el populismo de Podemos, puede ser también un recurso, un bien.

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