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14 AGOSTO 2018
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Más grande que todo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  520 votos
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La conexión telefónica con Kazenze, en la región minera de Katanga, al sur de la República Democrática del Congo, no es la mejor. Empiezo preocupado, porque en la radio las cosas tienen que sonar bien. Pero enseguida cedo al encanto de escuchar a Victoria (Ushindi, en lengua swahili) tranquila en medio de un volcán, casi musical, con esa mezcla, tan típica en los misioneros, que amasa un horizonte inmenso con una conciencia precisa de cada detalle.

En El Espejo de COPE se escucha a Victoria Braquehais, misionera de la Pureza de María que desde 2009 vive con otras cuatro hermanas de su congregación en Kazenze, una población rural en la que mantienen una escuela y un hospital, pero donde, sobre todo, comparten las mil y una vicisitudes del pueblo que el Señor les ha pedido acompañar. “La gente me dice que espabile, que la vida sólo se vive una vez… y yo les digo lo mismo que dice Rafa Nadal: él hace en su vida lo que más le gusta, jugar al tenis; pues yo hago en mi vida lo que más me gusta, ser misionera, vivir esta vida para que otros puedan vivir la suya mejor”.

La República Democrática del Congo es un país inflamable por naturaleza. Victoria da cuenta de la situación con trazos sobrios y precisos: el presidente Kabila habría tenido que dejar el poder en diciembre de 2016, pero se resistió con el pretexto de la inestabilidad de fondo que nos asomaba al caos; la Conferencia Episcopal consiguió sentar a negociar a Kabila con los líderes de la oposición y, tras extenuantes jornadas, se alcanzaron los llamados “Acuerdos de San Silvestre”, la noche del 31 de diciembre. Dichos acuerdos establecían la formación de un gobierno de transición el 28 de enero, difícil operación, complicada además por la inesperada muerte del principal líder de la oposición, Etienne Tshisekedi, mientras se sometía a un chequeo en Bruselas.

Ahora mismo los acuerdos parecen papel mojado, la tensión crece en las calles y la violencia se ha vuelto, paradójicamente, contra la propia Iglesia: en estas semanas han sido atacadas varias parroquias y colegios, y también ha sido asaltado el gran seminario de Malole. La Iglesia en Congo, por cierto, es una comunidad fuertemente probada en el martirio. Victoria reconoce que es difícil identificar la mano que está detrás de todo ello, pero reconoce que responde al objetivo de que Kabila se perpetúe en el poder.

Le pregunto cómo viven, entienden y sienten las misioneras toda esta debacle, cómo influye en su tarea cotidiana. Entonces me cuenta que la tarde del 31 de diciembre la situación era muy tensa y desde la embajada española se les ofreció la posibilidad de salir del país: “pasamos la tarde en adoración al Santísimo y decidimos permanecer… la gente sabe que cuando la situación se pone fea, nosotras no nos vamos, y eso le da mucha paz”. Me interesa conocer las muchas cosas que hacen cada día: sostener la escuela, atender el hospital, ocuparse de las familias para que puedan comer, defender los derechos de los mineros… “Hacemos muchas cosas –reconoce–, intentamos que funcione todo, pero sobre todo se trata de estar con ellos, eso es lo que les da esperanza”.

La cuestión de la minería es un capítulo aparte. Me sorprende escuchar a esta joven misionera meterse tan a fondo en cuestiones técnicas, en detalles que parecen propios de un especialista. Veo que es el amor a su gente y la fidelidad a la misión lo que le hace entrar en semejante maraña de cuestiones. En el Congo hay tres millones de mineros artesanales que trabajan en condiciones verdaderamente penosas, y ahora se impone una compleja transición a la minería industrial, dominada por grandes corporaciones extranjeras, para la que no están en absoluto preparados. Victoria conoce bien los entresijos: las jornadas extenuantes para ganar apenas cuatro dólares, la necesidad de drogarse para combatir el miedo y el cansancio, los engaños y el expolio que sufren por parte de los compradores, las dificultades de alimentación que padecen las familias… Como si tuviera poco que hacer (la ironía funciona algo mejor por escrito que en la radio), se ha implicado en un ambicioso proyecto de los jesuitas del Centro Arrupe de Lumumbashi para formar a cinco mil mineros en las provincias del este, de modo que puedan afrontar la irreversible transición hacia la minería industrial. “Ten en cuenta que no tienen capacitación técnica ni conocen sus derechos, esto les puede arrollar a ellos y a sus familias… ¡por eso es un gran desafío!”.

Demasiado corta se me hace la entrevista, pero Victoria pasa de hablar con delicadeza y reverencia de sus mineros a denunciar el “Estado cleptocrático” que domina en el Congo, donde la Guardia Nacional no defiende a los pobres ciudadanos sino los intereses de los grandes, últimamente de los inversores chinos que se están imponiendo en buena parte del país y de toda África. El contrapunto lo establece la firmeza de este pueblo, del que reconoce aprender cada día porque tiene una increíble resiliencia, una alegría que puede parecer inexplicable: para ellos no existen problemas, existen soluciones, y cada día las ponen en marcha.

Es hora de despedirnos y me ronda una inquietud: de nuevo parece que el secreto de la historia, la posibilidad de la salvación, está confiada a algo tan frágil frente a los vientos del mundo... Entonces le pido a Victoria una mirada al futuro, como si estuviese al anochecer en su pequeña comunidad tras una jornada de duro trabajo y se preguntara: en medio de este vértigo en el que apenas podemos controlar nada, ¿qué hacemos nosotras aquí, qué esperanza hay para este pueblo que tanto amamos? No se anda con rodeos: “estamos aquí para dar esperanza, y sabemos que la presencia del Señor es más grande que todo… la gente por aquí tiene un dicho: ‘Mungu anajua’, Dios sabe, Dios siempre sabe más”. Y recuerda de nuevo aquella tarde de adoración ante el Santísimo, cuando el buen sentido parecía aconsejar una salida. No es que a ella le falte la capacidad de análisis, como ha demostrado a lo largo de la entrevista. Pero sabe que siempre hay algo más: “Mungu anajua”.

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