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14 AGOSTO 2018
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La pregunta del millón

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  292 votos
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En esta semana cargada de polémicas ha sucedido un hecho -igual de mediático- que nos ha dejado desarmados. La muerte de Pablo Ráez, en el fin de semana de carnaval, nos quitó la máscara de golpe. Dice Antoni Puigverd en La Vanguardia que "todos vamos dando vueltas y cambiando de máscaras cada vez más deprisa, incapaces de parar, aterrorizados por la idea de parar y contemplarnos en el espejo tal cual somos". El sábado, al menos por un instante, tuvimos que hacerlo.

Esta semana las páginas de la prensa se han llenado de artículos sobre la enfermedad. Cito dos: escribe Leila Guerriero en El País sobre una visita al hospital: "Cuántos de nosotros vendremos a este lugar buscando la superstición del antibiótico, la destreza de la radiografía, y saldremos muertos. Ya no camino tan altiva por aquí. Hubo un tiempo en que lo hice: un tiempo en que fui más potente que los médicos potentes. Ahora solo veo una máquina de enmascarar la muerte (pero quizás es mi imaginación, esa forma atroz del infortunio). Abro la puerta del cuarto 2012. Y lo veo. La soberbia no muere por el paso del tiempo. Muere cuando ves aquí, en este sitio, a quien fue tu par, tu compañero, tu pequeño amor durante los —pocos— años en los que fuiste inocente”. Por su parte, Inma Monsó afirma en La Vanguardia: "Hoy, cuando una sentencia de mal pronóstico cae sobre una familia, la enfermedad se apodera de la totalidad de la vida y apenas nos deja margen para respirar el aire del presente. Saturados de información, internautas ávidos, usuarios de una sociedad sobremedicalizada, hace mucho que perdimos la posibilidad de ser ingenuos ante la enfermedad como solo un niño puede serlo".

Vivimos tiempos en los que reconocer el bien que supone el otro no es natural. Pedro Simón, en El Mundo, describe así a los españoles: "El deporte nacional ya no es tanto hablar mal de paisaje que es España, sino despellejar cada mañana a un español en concreto y almorzárselo crudo. Si por norma hablas mal de tu vecino, si por norma te cebas en bajito con algún compañero del trabajo, si casi siempre le gritas al futbolista de tu equipo que no llega al balón...". Recientemente Pilar Rahola ha presentado una novela, y aprovecha la ocasión para explicar en La Vanguardia por qué escribe: "la literatura me permite un ejercicio de transformación que difícilmente se puede conseguir de otra manera: la posibilidad de entrar en otras pieles, de entender otros latidos, otras emociones y, por el camino de descubrir otras vidas, intentar entender la propia. Al fin y al cabo, por muchos relatos que inventamos, por muchos paisajes históricos, físicos, humanos que construimos, todo escritor hace siempre el mismo recorrido: intentar entender la condición humana. No somos nada más que seres asustados y desconcertados, en búsqueda constante de una explicación".

Vuelvo al artículo de Pedro Simón, tras la larga lista de todo lo criticable y criticado en España, cambia de tercio con un ejemplo de hacia dónde cree él que deberíamos mirar (los españoles): "Habría que purgarnos de lunes a viernes en un silencio de caracoles. Habría que tener el músculo de Pablo Ráez. Y acabar diciendo lo obvio: que ese chico de 20 años que ha muerto de leucemia, que ese chico que decía ‘la muerte no es triste, lo triste es que la gente no sepa vivir’, que ese chico que escribió «demos más sonrisas, demos más abrazos, demos más paz, demos la mejor versión de nosotros mismos», que ese chico que consiguió él solo disparar las donaciones de médula en España y sale en todas las fotos sonriendo a pesar de todo; ese chico, decimos, como el oficinista del bisbiseo o la víbora del comedor, también era español. En concreto de Málaga".

Y es que esta semana la muerte de Pablo Ráez ha reabierto la pregunta del millón, como bien describe Juan Bosco Martín en Lainformacion.com: "La vida nos ofrece constantes oportunidades para meditar el porqué de lo que parecen desgracias sin explicación. El ser humano siempre trata de encontrar sentido a lo que le pasa -sobre todo a lo malo que le pasa- porque intuye, casi de forma instintiva, como un imperativo tan natural como el comer, que existe un porqué de las cosas".

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