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28 MARZO 2017
>EL YUNQUE ENTRE NOSOTROS

Nombrar lo "innombrable"

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En estos últimos días hemos tenido la ocasión de presenciar  –grabado con la cámara de cualquier teléfono móvil- que  un autobús naranja que hablaba de niños y niñas, penes y vulvas, con el sello HazteOír-grupo CitizenGo, comenzó a circular por las calles de Madrid, lanzando un mensaje bajo el lema “que no te engañen”, iniciándose una rueda –o espiral, si se prefiere llamarlo así- de declaraciones, contradeclaraciones, condenas de unos y otros, gestos y provocaciones (autobús versus drag queens o la fabricación de banderas falsas como la pintada de la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid), medidas adoptadas por el Ayuntamiento de Madrid para inmovilizar el autobús...y las incontables "hazañas" que sólo revelan la misma dinámica de acción-reacción de siempre; es decir, de la incapacidad para dialogar y construir.

Este autobús naranja, en el fondo, no es más que una de las muchas respuestas arrogantes de desafío basadas en el victimismo de quien, creyéndose en posesión de la verdad, se empeña en copar el centro de la escena y vomitar el discurso repetitivo y caducado de los tan manidos valores del humanismo cristiano, un concepto que algunos parecen haberse apropiado y que encandila como una serpiente a la mayoría del laicado católico en España –me atrevo a decir- que aplaude y apoya a estos auténticos “gladiadores” del espectáculo público, como si el ámbito de la calle –que debiera ser un punto de encuentro entre los cristianos y el resto de la sociedad y ocasión de diálogo y búsqueda común de la verdad- fuese el Coliseo de Roma. Tengo mis dudas acerca de si esto forma parte de lo que es el humanismo cristiano en sí.

Muchos de los que se confiesan católicos practicantes se sienten orgullosos ante este tipo de gestos como el autobús naranja. Yo, personalmente, no siento orgullo alguno. Es más, siento tristeza: sostener como "la forma" de dar testimonio gestos de este tipo, proclamarlo a diestro y a siniestro, llenar los foros y las redes sociales –a veces, resulta un auténtico suplicio leer lo que se comparte en Facebook- con mensajes proclamando que “ya es hora de dejar de estar callados y defender nuestra fe”, no es fruto, ciertamente, del saludable  apasionamiento de quien comunica algo  que suscita enormemente su interés, que le atrae y, en consecuencia, le mueve a hacer partícipe de esta experiencia de un atractivo (se llama Belleza)-. No, esto es otra cosa. Es resentimiento y cabreo; claros signos de un síntoma inquietante de que lo que está predominando no es la búsqueda de la verdad, sino derribar a quien no piensa como yo porque, en el fondo, percibo  a ese otro como mi enemigo a batir

Desde luego, no parece que esta actitud contribuya a sanar la podredumbre espiritual que se está contagiando en nuestra sociedad, fruto de la contaminación ideológica que salta a nuestros ojos y nos salpica a diestro y siniestro, cuando contemplamos la oleada de mamporros verbales –y, en ocasiones, físicos- y gestos teatrales, que han convertido el espacio público de convivencia en un circo romano: panem et circenses.

Podría estar ahora mismo tratando de trabajar un próximo artículo sobre educación o sobre las reformas administrativas, o sobre geopolítica. Sé que me leería más gente si hablo de ello. Sin embargo, he optado por publicar en el blog acerca de un auténtico cáncer social y espiritual que se ha difundido en nuestra realidad de hoy. Sí, amigo mío, espero que tengas la indulgencia de permitirme hablar de la Organización Nacional del Yunque, esa sociedad secreta anticristiana cada vez más parecida a la masonería en su modus operandi. Ya algunos amigos me han dicho que estoy obsesionado con el tema. Sin embargo, a la vista están los frutos que ha dejado esta sociedad secreta en estos últimos 20 años en España: la discordia, la división, el escándalo, la manipulación producida por el recurso a la mentira y la obsesión desmedida por alcanzar el poder –entendido por ellos no como servicio, sino como ordeno y mando, para que otros trabajen-.

Por eso, he elegido hacerme eco del problema del Yunque, hodie et nunc –hoy, ahora, en este foro, en esta plaza virtual-. Porque, después de años y años de movilizaciones callejeras orquestadas por las plataformas tapadera (entre ellas, Profesionales por la Ética, Enraizados, MásLibres, Derecho a Vivir, Nasciturus, CampamentoIrak o la reciente Españoles de a pie) de esta sociedad secreta, creo que hemos conseguido el efecto contrario al que  se habría buscado; y porque no es bueno que los católicos en España adulemos y aplaudamos a quien utiliza el hecho de ser hombre y mujer bajo cualquier pretexto para manipular, confabularse y engañar a la sociedad entera; o para desviar el problema de una sociedad secreta cuyas mentiras han comenzado a salir a la luz de la opinión pública a través de medios de comunicación –piénsese en el reportaje sacado en la Sexta sobre el tema-; o para inculcar, implícita o explícitamente, el deseo de quebrar la convivencia  y la paz social, socavando –de forma grosera- el funcionamiento de las instituciones con sus absurdos y nihilistas desafíos.

Este tipo de gestos no son un triunfo para nadie. Muchos menos para los católicos, que acabamos metidos en el mismo saco que los yunqueros organizadores de este tinglado que no beneficia a nadie sino a ellos mismos. El problema es que decir estas cosas no resulta nada cómodo. Contar la verdad sobre el Yunque ha conllevado ser calificado de pesado, de aguafiestas, de cenizo; ser cuestionado con preguntas retóricas del tipo “¿justificarías el hecho….?”, “¿Cómo calificarías que una anciana sea ayudada a cruzar por un terrorista…?”, que no sirven más que para justificar la propia cerrazón y, en otros casos, la propia mediocridad. En estos tiempos, poco propicios para el diálogo –porque tenemos inculcada hasta los tuétanos la mentalidad de asedio y persecución-, quienes han montado este circo ambulante de color naranja han ganado, porque han salido en los medios…y los católicos y el resto de la sociedad hemos perdido.

En el caso de los católicos, es evidente: el Yunque –que domina como nadie las estrategias de la comunicación, la demagogia, la agitación y la manipulación- ha tocado nuestra fibra sensible de católico español que entra como un toro a cualquier ruedo, sin ser consciente de las numerosas batallas culturales que tenemos perdidas (en los temas de bioética se ve claramente), mientras otras que resultan cruciales (drama de los refugiados, la crisis económica, la precariedad en el empleo, el problema de las personas mayores abandonadas, la trata de personas, la inmigración ilegal…) se están dejando de lado –a pesar de la labor caritativa y asistencial de muchas entidades eclesiales que trabajan en silencio-, porque no venden, no resultan rentables para crear impacto en esta cultura del espectáculo del que nadie está libre.

No quiero que te llames a engaño, quien seas que me estés leyendo. No pretendo ni quiero montar una revolución ideológica para cambiar el mundo ni acabar con el problema con un puñetazo en la mesa. Con la primera de esta serie de entradas en el blog que comienzo, únicamente quiero poner sobre el tapete y llamar por su nombre a lo que se ha convertido en un tabú dentro de nuestra Iglesia: que el Yunque existe y está causando efectos devastadores. Ésta es la realidad, nos guste o no. Los católicos necesitamos mentalizarnos de esta enfermedad de la razón que pone en entredicho la presencia pública –ya, de por sí, notablemente herida- de los cristianos en la sociedad. Esta estrategia de subversión ideológica y de catolicismo ideológico ha dejado muchas heridas y desgarros que necesitan ser sanados. Habrá que ponerse manos a la obra, pues, comenzando por llamar a las cosas por su nombre: esta enfermedad espiritual que existe entre nosotros tiene uno: el Yunque.

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