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28 MARZO 2017
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El diapasón de la asamblea episcopal

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  79 votos
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La renovación de cargos en la Conferencia Episcopal Española, que acaba de tener lugar, refleja una lógica continuidad (la Iglesia nunca se mueve mediante saltos ni rupturas) matizada por algunos elementos interesantes para comprender la dinámica histórica en la que se inscribe la presencia y misión de la Iglesia. El principal factor de continuidad es la reelección del cardenal Ricardo Blázquez como presidente para un segundo trienio. Blázquez concita en este momento un amplio consenso entre obispos que pueden tener acentos y sensibilidades diversas. Representa a un tiempo la solidez doctrinal y la cordialidad pública, se le reconoce una trayectoria no exenta de sacrificios gravosos (como su ministerio en Bilbao en años muy duros, marcados por el terror de ETA) y una capacidad de sumar que, ahora mismo, resulta imprescindible. Sus apelaciones a la laicidad positiva consagrada por nuestro texto constitucional, y su advertencia clara y templada sobre las consecuencias de un laicismo agresivo que parece tristemente rebrotar, sintetizan con austeridad castellana la palabra de la Iglesia en este último trienio, que incluye un 2016 marcado por la inestabilidad política y el populismo.

El último trienio de la CEE ha estado marcado por el cansancio que había provocado un modo de presencia pública que vino exigido por la pleamar del zapaterismo. Las valoraciones pueden ser diversas y aun contradictorias, pero es un hecho que una mayoría episcopal reclamaba una especie de pausa, un replanteamiento de las formas y un redimensionamiento de las insistencias, en línea también con las sugerencias del papa Francisco. Por otra parte, batallas de muy hondo calado social y ético como las del aborto, el matrimonio homosexual o Educación para la Ciudadanía, requerían ya un nuevo planteamiento, una vez que las respectivas legislaciones están asentadas. Además, el fuerte impacto social de la crisis económica unido a la cuestión creciente de la inmigración y posteriormente de los refugiados reclamaban una renovada atención eclesial, no sólo en el plano de la acción (que jamás ha faltado) sino también en el discurso público. A eso vino a responder la Instrucción Pastoral “Iglesia servidora de los pobres”, que en absoluto ha representado una ruptura pero sí un acento propio de la implicación histórica de la Iglesia.

El nuevo periodo que ahora se abre sigue marcado en buena medida por estas claves, pero el tiempo histórico corre de prisa y los obispos entienden que las coordenadas de 2017 no son exactamente las mismas que las de 2014. Quizás eso explique la relativa “sorpresa” de que hayan llamado de nuevo al cardenal Antonio Cañizares a ocupar la vicepresidencia. Y es que Cañizares ha representado la necesidad de alzar la voz en defensa de libertades fundamentales, no solo de los católicos, frente a una prepotencia y una intolerancia redivivas. El acoso a la escuela concertada y a los símbolos católicos en el ámbito de la comunidad y el ayuntamiento valencianos ha movido al arzobispo de aquella sede a levantar la voz, y consecuentemente a sufrir acoso social y político. Pero algo similar, aunque con envoltorio más blando, sucede en otras Comunidades Autónomas, donde gobiernos de izquierda y derecha imponen la ideología de género a través de la escuela y del discurso oficial, amenazando con sanciones que constituyen un grave peligro para la libertad.

Cómo responder a esos desafíos en este cambio de época, del que suele hablar Francisco, es una de las cuestiones que los obispos discutirán estos días. Cómo hacerlo sin olvidar que el núcleo de la misión de la Iglesia es comunicar, a través del testimonio personal y comunitario, la belleza, verdad y bondad de la vida que ha sido tocada y cambiada por Cristo. Y comunicarlo a un mundo que muchas veces ya no guarda memoria de las palabras cristianas elementales, que ha dejado de ejercer una racionalidad abierta y sostenida por la tradición cristiana, y que en algunos sectores se nutre de un rencor incomprensible. No hay fórmulas para esto; más bien debe ser fruto de esa conversión pastoral a la que llama el Papa y que todos los obispos españoles desean para sí mismos. Entre tanto, la Asamblea episcopal toma nota de una especie de aire malsano que estos días ha encontrado expresión en la maniobra patética y retorcida de Pablo Iglesias a propósito de la Misa en La 2 de TVE, y también atisba que los consensos para lograr el deseado pacto educativo pueden empujar a la orilla cuestiones vitales como la asignatura de Religión o la libertad de elección de los padres. Los obispos no abandonan la línea maestra del diálogo y del encuentro, simplemente observan que también es necesaria una palabra pública incidente.

Hace pocos días, uno de ellos me comentaba un encuentro con periodistas de fuste que le hacían notar la urgencia de que en el tiempo de Trump, del Brexit, del yihadismo que golpea en nuestras plazas, de la neurociencia y los vientres de alquiler, la palabra de la Iglesia pueda seguir siendo escuchada… aunque moleste. Y no eran precisamente devotos católicos quienes así lo demandaban. Seguramente esa conciencia ha sido compartida por obispos de diferentes edades y procedencias, y eso explica que la misma melodía se toque ahora con una clave algo distinta.

Por lo demás resulta un tanto necio seguir proyectando esquemas político-sociales sobre la realidad de la Iglesia. Dibujar una especie de arco parlamentario con una izquierda, un centro y una derecha que tendrían sus respectivos líderes episcopales, pujando entre sí, pactando y consiguiendo cuotas de influencia, es una mala película de ciencia-ficción. Y cuando se introduce el factor “Francisco” para dibujar una raya que separa obispos prometedores de rémoras cavernícolas, o para medir el grado de satisfacción o fastidio que provoca la libre elección que acaba de producirse, se incurre ya en algo tóxico para la narración de la vida eclesial.

Generalmente las cosas son más sencillas y limpias que las tortuosas fantasías de algunos. El nuevo Comité Ejecutivo, verdadero órgano de seguimiento y orientación del camino común de las diócesis españolas (que no otra cosa) refleja bastante bien una realidad que no encaja en torpes esquemas precocinados: lo preside Blázquez, que como hemos dicho representa el único “liderazgo” ahora reconocido (aunque sea un liderazgo tipo “soft”, frente a otros como los de los cardenales Rouco y Tarancón); ocupa la vicepresidencia Cañizares, que introduce el matiz de un diapasón social más elevado; en él se sentará el cardenal Osoro como arzobispo de la diócesis más populosa, y seguramente más dinámica y creativa de España; se suma el arzobispo Omella, el nuevo pastor de Barcelona, que no puede estar ausente de este órgano a la vista de todo lo que se juega en este momento histórico; entra por primera vez el arzobispo de Oviedo, Sanz Montes, franciscano y teólogo, un hombre que no rehúye el buen combate de la fe y de la razón; y completa la mesa el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, que goza de aprecio general por su sencillez y talante pastoral.

Además de votar y votar, esta semana los obispos hablan de la urgente necesidad de sacerdotes que escuece a nuestra Iglesia, de suscitar vocaciones, de cuidarlas y acompañarlas hasta buen puerto; se plantean el desafío de encontrar y acompañar a los jóvenes sin tener miedo de la condición en que se encuentran; piensan juntos cómo hacer que las familias sean verdaderas protagonistas de una Iglesia en salida… Y saben que no basta repetir palabras justas y certeras: ayer “nueva evangelización” o “atrio de los gentiles”, hoy “Iglesia en salida” o “ir a las periferias”. Cada una de ellas abre una perspectiva necesaria, pero hace falta que esas palabras remitan a hechos, a presencias de carne y hueso, que describan la pasión, el dolor y la dulzura de anunciar a Cristo como el único que salva la vida. La CEE puede ayudar a todo eso, puede estimularlo con liderazgos, iniciativas y documentos adecuados… Pero no puede sustituir a la vida-vida, a los testigos de la fe, a las comunidades en las que brota el agua que necesitamos. Y los obispos, de cualquier cepa que sean, lo saben bien. Así que después de ponderar la importancia real de estas votaciones, no perdamos de vista lo que es más decisivo.

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Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro

Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, había cumplido ya los 50. Algo atípico para un yihadista. Los radicales europeos suelen tener otro perfil. Son jóvenes o adolescentes. Pero, por lo demás, la biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí.

Aunque la realidad se empeña en demostrarnos de forma testaruda que la amenaza yihadista viene de dentro, no de fuera, cada vez que se produce un atentado nos volvemos hacia los refugiados y hacia los extranjeros. Esta respuesta poco racional viene acompañada también, habitualmente, de un discurso fácil y perezoso sobre el islam. Es fácil, para responder a la inquietud que nos provoca el terror, recurrir a ciertas simplificaciones. Como si el islam fuera un fenómeno de otras tierras, como si fuera algo estático, como si los pasajes del Corán que hablan de muerte y destrucción permitieran sostener, sin detenerse mucho, que la religión de Mahoma es necesariamente violenta.

La importante comunidad musulmana que vive en España y en Europa nos invita a no aceptar ni leyendas negras ni leyendas rosas. Nos invita a adentrarnos en un mundo complejo con el que, de hecho, ya convivimos.

El yihadismo que sufrimos es un fenómeno relativamente reciente y está relacionado, posiblemente desde sus orígenes, con Europa. Es una de las reacciones que provoca el tercer o cuarto choque de la modernidad con el islam. Hay una primera modernidad islámica, a mitad del XIX, de raíz egipcia, protagonizada por Mehmet Ali. Entonces se acepta sin censura el progreso que viene de occidente. Durante buena parte del siglo XX, sobre todo hasta finales de los años 70, buena parte del islam de Oriente Próximo está vinculado al socialismo árabe. Una experiencia que en Iraq y en Siria, hasta comienzos del siglo XXI, consigue una relativa paz y una relativa libertad.

Solo a raíz de la revolución iraní de 1979, el chiismo abandona su vertiente más pacífica y espiritual. También en ese momento toma fuerza un sunismo de ruptura. Cuando se rastrean las raíces del islamismo revolucionario, político y violento, tanto en el chiismo como en el sunismo, aparece la pista europea.

El chiismo político fue desarrollado por Ali Shariati (1933-1977), un hombre que estudió en la Sorbona. Deseoso de ofrecer una alternativa a la occidentalización del Estado y a los grupos de oposición comunista, utilizó las categorías del marxismo para crear una nueva ideología. Una impresión semejante deja bucear en la historia de los Hermanos Musulmanes, inspiradores de un proyecto hegemónico de carácter político en terreno suní, que con el tiempo deriva en una forma violenta. El fundador de los Hermanos Musulmanes, Al Banna, comparte con Shariati la influencia marxista. Seguramente los yihadistas del siglo XXI pueden usar pasajes del Corán para justificar su violencia porque sus mentores ideológicos leyeron el texto sagrado con categorías políticas: las aprendidas de los maestros europeos de la revolución.

Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  24 votos
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El errante error holandés

Fernando de Haro

Respiramos aliviados, con razón, por el resultado de las elecciones de la pasada semana. Pero nos cuesta trabajo reconocer que la derrota de la xenofobia es muy relativa. La agenda de Wilders se ha convertido en un fenómeno transversal en una Holanda próspera. En la nación de los tulipanes hay casi pleno empleo y los musulmanes suman un tercio de lo que los holandeses se imaginan. Los problemas de integración no vienen de fuera. Lo que ocurre en Holanda es el síntoma de una Europa que no sabe reconocer la realidad, perseguida por sus propios fantasmas. Desorientada se empeña en construir una ciudadanía si identidad. Prueba de ello es el pronunciamiento, también esta semana, del Tribunal Europeo de Justicia que ha confirmado la prohibición de usar el velo en el trabajo.

Las encuestas se equivocaron esta vez para bien. La primera de las tres citas electorales del año en Europa (después vendrán Francia y Alemania) no suma puntos a la xenofobia y al antieuropeísmo. Wilders no ha ganado las elecciones, pero ha vencido al determinar la agenda política holandesa. Con solo un 14 por ciento de los votos, el Partido por la Libertad ha impuesto un discurso duro contra la inmigración y una práctica de europeísmo tibio o problemático. Influencia que afecta a casi todas las formaciones y de la que solo se libran los verdes.

Ha cundido la desafortunada especie de que para frenar a Wilders había que ser como Wilders, pero más moderado. Seamos menos buenistas, más firmes con la inmigración porque algo de razón llevan los xenófobos –se argumenta–. Holanda, junto con el Reino Unido, ha sido el socio más problemático de la Unión Europea. El que nunca quería aprobar los rescates de Grecia (nos hubiéramos ahorrado muchos problemas con una condonación de la deuda a tiempo), el que ha dicho no a la asociación con Ucrania.

No hay ni ha habido una crisis en Holanda que justifique su rebelión contra Bruselas y contra sus propias instituciones. La tasa de paro está en torno al 5 por ciento: pleno empleo. Casi la mitad de los trabajadores tienen jornada a tiempo parcial por decisión propia. La renta per cápita es de 39.000 euros anuales. El gran superávit comercial es otro indicador de su prosperidad. Los holandeses gozan de servicios públicos de calidad, con un gran nivel de subsidiariedad, de buena educación. Es el enfado, la rebeldía de los satisfechos. De donde se deduce que la satisfacción cívica no puede ser solo económica.

La apreciación de los holandeses respecto a la inmigración y la comunidad musulmana no se ajusta a la realidad. Ni por asomo están sufriendo una invasión. Hace unos días la consultora Ipsos Mori ha hecho público el resultado de una encuesta en la que preguntaba cuántos musulmanes cree el público que hay en los diferentes países europeos. Después comparaba los resultados del sondeo con la realidad. Los holandeses creen que en su país la población musulmana representa el 19 por ciento, cuando en realidad asciende a un 6 por ciento del total. Porcentaje, sin duda, significativo pero que se compadece poco con el fantasma de una invasión.

El errante error holandés

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  60 votos

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La ciudad de las estrellas (La La Land)

Juan Orellana | 0 comentarios valoración: 2  396 votos
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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  360 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  620 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  1715 votos

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