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20 NOVIEMBRE 2017
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El errante error holandés

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  714 votos
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Respiramos aliviados, con razón, por el resultado de las elecciones de la pasada semana. Pero nos cuesta trabajo reconocer que la derrota de la xenofobia es muy relativa. La agenda de Wilders se ha convertido en un fenómeno transversal en una Holanda próspera. En la nación de los tulipanes hay casi pleno empleo y los musulmanes suman un tercio de lo que los holandeses se imaginan. Los problemas de integración no vienen de fuera. Lo que ocurre en Holanda es el síntoma de una Europa que no sabe reconocer la realidad, perseguida por sus propios fantasmas. Desorientada se empeña en construir una ciudadanía si identidad. Prueba de ello es el pronunciamiento, también esta semana, del Tribunal Europeo de Justicia que ha confirmado la prohibición de usar el velo en el trabajo.

Las encuestas se equivocaron esta vez para bien. La primera de las tres citas electorales del año en Europa (después vendrán Francia y Alemania) no suma puntos a la xenofobia y al antieuropeísmo. Wilders no ha ganado las elecciones, pero ha vencido al determinar la agenda política holandesa. Con solo un 14 por ciento de los votos, el Partido por la Libertad ha impuesto un discurso duro contra la inmigración y una práctica de europeísmo tibio o problemático. Influencia que afecta a casi todas las formaciones y de la que solo se libran los verdes.

Ha cundido la desafortunada especie de que para frenar a Wilders había que ser como Wilders, pero más moderado. Seamos menos buenistas, más firmes con la inmigración porque algo de razón llevan los xenófobos –se argumenta–. Holanda, junto con el Reino Unido, ha sido el socio más problemático de la Unión Europea. El que nunca quería aprobar los rescates de Grecia (nos hubiéramos ahorrado muchos problemas con una condonación de la deuda a tiempo), el que ha dicho no a la asociación con Ucrania.

No hay ni ha habido una crisis en Holanda que justifique su rebelión contra Bruselas y contra sus propias instituciones. La tasa de paro está en torno al 5 por ciento: pleno empleo. Casi la mitad de los trabajadores tienen jornada a tiempo parcial por decisión propia. La renta per cápita es de 39.000 euros anuales. El gran superávit comercial es otro indicador de su prosperidad. Los holandeses gozan de servicios públicos de calidad, con un gran nivel de subsidiariedad, de buena educación. Es el enfado, la rebeldía de los satisfechos. De donde se deduce que la satisfacción cívica no puede ser solo económica.

La apreciación de los holandeses respecto a la inmigración y la comunidad musulmana no se ajusta a la realidad. Ni por asomo están sufriendo una invasión. Hace unos días la consultora Ipsos Mori ha hecho público el resultado de una encuesta en la que preguntaba cuántos musulmanes cree el público que hay en los diferentes países europeos. Después comparaba los resultados del sondeo con la realidad. Los holandeses creen que en su país la población musulmana representa el 19 por ciento, cuando en realidad asciende a un 6 por ciento del total. Porcentaje, sin duda, significativo pero que se compadece poco con el fantasma de una invasión.

La amenaza del yihadismo y de la radicalización existe, sin duda. Holanda, como otros países, ha exportado combatientes a Siria. Hay barrios de Ámsterdam que se parecen a Molenbeek. Wilders frente a la amenaza propone cerrar mezquitas y prohibir el Corán. Pero hasta cinco partidos de los que han participado en las elecciones incluían en sus programas medidas extremas. Rutte, el ganador, propone menos islam en público y más “valores holandeses”; aumento del plazo de residencia para obtener la nacionalidad; y revocación de la ciudadanía a los extranjeros nacionalizados que cometan un delito en los primeros cinco años.

Rutte, como tantos otros, parece no querer reconocer que el problema no lo tienen con los extranjeros sino con la segunda generación de inmigrantes. El modelo de integración no funciona seguramente porque nadie sabe cuáles son los “valores holandeses”. El islam, como pertenencia religiosa –no como ideología yihadista– también es un valor holandés, al menos para el 6 por ciento de la población. El error es no utilizarlo como recurso, un error que viaja por toda Europa. Los últimos datos reflejan que un 40 por ciento de los turcos y marroquís de segunda generación –ya holandeses– no consideran Holanda como su hogar. La integración, la ciudadanía, no puede construirse prescindiendo de lo que da identidad a esos holandeses. Ese “estar fuera de casa” es lo que alimenta el yihadismo.

Por eso ha sido un error que el Tribunal de Justicia de la UE le haya dado la razón a la empresa de seguridad que ha despedido a una mujer por querer llevar velo. La empresa había avisado en el contrato que la neutralidad en la vestimenta era condición para el empleo. Pero ¿puede la voluntad de las partes limitar el derecho a expresar la propia identidad –en este caso religiosa–? El contrato democrático europeo, si quiere ser estable, no puede ni basarse en espacios de convivencia forzosamente neutros ni en el olvido de los bienes, económicos y sociales, de los que disfrutamos.

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