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19 JUNIO 2018
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Ayudemos a los migrantes en su casa, ¿pero cómo?

Giorgio Paolucci | 0 comentarios valoración: 3  264 votos
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Desde hace doce años la Fundación de la Subsidiariedad publica la revista Atlántida, donde aborda temas de actualidad con una mirada abierta a las dimensiones del mundo entero. Les mueve una pasión y una curiosidad por la realidad y por todos los aspectos de lo humano, con el deseo de dar voz a la multiplicidad de culturas. Por eso el eslogan de la revista es “un mundo que hace hablar a otros mundos”.

En los últimos tiempos, han acentuado esta apertura de miras con una serie de números especiales dedicados a temas como la libertad religiosa —un bien universal amenazado en muchas partes del mundo—, las migraciones —turbador testimonio del cambio de época que estamos atravesando—, y la cooperación al desarrollo, un tema íntimamente conectado con el de las migraciones, aunque no se puede abordar desde una perspectiva que se agote en sí misma. Profesores universitarios, analistas, representantes de instituciones, responsables de ONG, voluntarios implicados sobre el terreno orecen análisis de fondo de carácter internacional y narran experiencias vivas en África, Oriente Medio y América Latina.

“Ayudémosles en casa” es un eslogan ampliamente repetido en muchas partes a propósito de este problema. Un eslogan que se puede usar como pretexto para no tener que afrontar la dramática actualidad de los flujos migratorios o evadir el deber de una acogida generosa y responsable a la vez, o bien como una indicación de método que invita a tener una mirada abierta, un enfoque amplio a la hora de afrontar los desplazamientos de millones de personas que salen de sus países de origen e intervenir con más eficacia en los desequilibrios entre el norte y el sur del planeta.

El debate sobre la eficacia de las ayudas, que no solo va ligada a su dimensión cuantitativa, se remonta a siglos atrás y vuelve a tomar actualidad comprensiblemente en tiempos de crisis económica. Hay tres críticas de fondo. La primera va unida al hecho de que a menudo las intervenciones sirven para resolver problemas específicos pero no hacen crecer al país receptor: es la llamada paradoja micro/macro. La segunda denuncia el riesgo de crear una dependencia endémica: cuando terminan las ayudas del proyecto, todo se queda parado. La tercera crítica apunta que la diseminación de las ayudas no contribuye a la formación de un sistema institucional local más eficiente en los países destinatarios, sobre todo a causa de la corrupción y el mal funcionamiento de sus gobiernos y administraciones públicas.

¿Qué hacer para que las ayudas resulten realmente eficaces? No existen recetas sencillas para problemas complejos, pero las soluciones propuestas —para ser eficaces— deben ir hasta el fondo de los problemas. Por ello, muchos expertos subrayan lo imprescindible que es adoptar un “enfoque participativo”, que favorezca el protagonismo de las poblaciones locales como principal motor del desarrollo, y que incentive el diálogo entre todos los actores en juego: instituciones internacionales, donantes, ONG.

Un desarrollo auténtico se realiza dentro de un proceso relacional, la persona descubre su propia identidad y sus potencialidades, propias y de la comunidad a la que pertenece, mediante el encuentro con otras personas: al sentirse afirmada, querida y amada, toma conciencia de su propio valor, se redescubre a sí misma y recupera su capacidad para implicarse en iniciativas nuevas.

Es tarea de las instituciones favorecer esta dinámica, según una subsidiariedad que valore lo que ya se está moviendo en las sociedades y que favorezca el nacimiento de nuevas experiencias desde abajo. Una dinámica que se actualice siguiendo la llamada “cultura del encuentro” que el Papa Francisco no deja de indicar como método para afrontar los nudos de la contemporaneidad y para hallar nuevas bases para una convivencia verdaderamente humana.

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