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17 NOVIEMBRE 2018
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El joven Montini y las estrellas

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  583 votos
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Giovanni Maria Vian, director de L'Osservatore Romano, presentó recientemente en España una antología de textos del beato Pablo VI, recogidos en un libro bajo el título “Un hombre como vosotros” (Ed. Cristiandad). Unos son de tipo privado, dirigidos a familiares y amigos, otros corresponden a las etapas de su trabajo en la secretaría de Estado vaticana y en el arzobispado de Milán, y no faltan algunos documentos significativos de su pontificado. Es sabido que el papa Montini es un referente para Francisco, promotor de su beatificación, y es muy posible que en poco tiempo asistamos a su canonización. Pablo VI fue un papa incomprendido en su época, blanco de las críticas de “conservadores” y “progresistas”. Hay quien le consideró una especie de Hamlet, atormentado por la duda y la debilidad, y aún hoy algunos se sorprenden porque Francisco ve en él a un pontífice de la alegría, puesta de manifiesto en la exhortación apostólica Gaudete in Domino (1975). En efecto, Pablo VI transmitía una serenidad gozosa, asentada en la roca de su fe y en la seguridad de aceptar constantemente la voluntad divina. Esta cualidad ya estaba presente en el joven Montini, y la encontramos en una carta a su amigo y compañero de clase Andrea Trebeschi.

La carta está fechada el 30 de noviembre de 1914. La Gran Guerra ha estallado hace unos meses, aunque no hay ecos de ella en la misiva, quizás porque Italia no participaba aún en la contienda. El texto es sencillo, escrito con la confianza de quien se dirige a un amigo muy querido. Transmite nobleza y serenidad, aunque a la vez expresa en pocas palabras los ideales de un auténtico cristiano. ¿Cómo no recordar al leerla el salmo 18, con su mensaje de que los cielos proclaman la gloria de Dios? En la fecha citada estaba empezando una fase de luna llena, que permite contemplar mejor las estrellas. El joven Montini las observa y esa mirada le acerca más a Dios y le transmite una alegría de vivir que recuerda a esa alegría que Cristo prometió a sus discípulos que nadie les arrebataría (Jn 16, 22). Impresiona la sencillez y la cercanía de esta carta a Andrea Trebeschi, un periodista y político italiano muerto en 1945 en el campo de concentración de Mauthausen.

Montini cuenta que en uno de sus paseos nocturnos se ha fijado en la inmensidad del universo a partir de la contemplación de las estrellas. ¿Qué es el hombre en la tierra, un minúsculo planeta? No es gran cosa en comparación con la belleza y atractivos de todos esos mundos lejanos que nunca podremos abarcar. A otros ese pensamiento les habría llevado a la insatisfacción, por no decir a la desesperación. Les habría infundido temor, en vez de paz. Por el contrario, la contemplación de las estrellas despierta en Montini una gran ansia de felicidad. Solamente un Dios infinito, el Dios del amor encarnado en Cristo y no el dios de los filósofos de un universo mecanicista, podrá llenar esos deseos. Pero además este joven, de apenas diecisiete años, experimenta esta moción dentro de sí: “Estoy destinado a ser príncipe en el reino que gobierna el cielo”. Ese cielo no es tanto el firmamento creado sino el cielo divino, que abarca un todo indefinible. Ante esta convicción, cualquier cosa empalidece y resulta vulgar, y es una lástima, según reconoce el propio Montini, que el hombre, destinado a las bellezas del reino de la Sabiduría, pierda su preciosísimo tiempo en afanes vanos. Confiesa también a su amigo Andrea: “Experimento el vivo deseo de subir a lo alto, libre de toda vergüenza, cantando por el azul del cielo, absorto en la contemplación del Ser Único, feliz, plenamente feliz”. El joven tiene muy claro lo que es una oración de alabanza a Dios. No es una mera plegaria vocal, recitada con ademán rutinario. Es una manifestación de amor, y es muy normal que un enamorado rompa a cantar o incluso a llorar de alegría. Pascal, uno de los autores favoritos de un Montini que amaba la cultura francesa, lo expresó de esta manera a voz en grito: “¡Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”.

En los párrafos finales de su carta, Montini resume ese ideal sobre el que ha reflexionado en la belleza de una noche estrellada: “Mi vida se encaminará hacia lo alto, y el dolor y la miseria no podrán distraerla con quimeras de gloria y placer en el camino hacia la vida venidera”. Unas palabras que reflejan una madurez cristiana que otros no han alcanzado a una temprana edad, pero que estarían incompletas sin otro párrafo en el que Montini no quiere quedarse su alegría para él solo y expresa su afecto al amigo Andrea en un deseo capaz de trascender el tiempo y que contiene la plegaria pronunciada durante su acción de gracias después de la comunión: “Tú que nos has acercado en esta vida, únenos en la Otra con un nudo perpetuo”.

La sensibilidad del joven Montini se explica no solo por su correspondencia a las gracias otorgadas por Dios. En ella hay también un reflejo de su interés por la cultura. Por influjo familiar, leyó muy pronto a los clásicos, en unas lecturas en la que vería confirmadas muchas de sus intuiciones y convicciones. A título de ejemplo, tenemos un pequeño discurso pronunciado el 12 de noviembre de 1964, con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Shakespeare, Pablo VI confesaba su admiración por el poeta inglés y reconocía el gran tesoro humano y espiritual encerrado en sus obras: “Tenemos una gran satisfacción particular en destacar cómo la profundad humanidad de Shakespeare, siempre abierto a la exploración aventurera y poética, lleva al descubrimiento de las leyes morales, que hacen grande y sagrada la vida, y nos reconduce a una comprensión religiosa del mundo”. El autor inglés sabía mucho de glorias efímeras, inciertas, como las de las mañanas de abril en las que el sol puede verse empañado rápidamente por la lluvia, según nos recuerda en “Los dos caballeros de Verona”. La carta a Andrea Trebeschi es todo un rechazo de las glorias vanas. Es el fruto de una meditación en el silencio de la noche, en la que Montini no se recrea en sus propios pensamientos, y que le basta para intuir el destino extraordinario del ser humano, creado y redimido por Dios. La luz de las estrellas le ha confirmado la grandeza de su filiación divina.

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