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20 NOVIEMBRE 2017
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Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  686 votos
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Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, había cumplido ya los 50. Algo atípico para un yihadista. Los radicales europeos suelen tener otro perfil. Son jóvenes o adolescentes. Pero, por lo demás, la biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí.

Aunque la realidad se empeña en demostrarnos de forma testaruda que la amenaza yihadista viene de dentro, no de fuera, cada vez que se produce un atentado nos volvemos hacia los refugiados y hacia los extranjeros. Esta respuesta poco racional viene acompañada también, habitualmente, de un discurso fácil y perezoso sobre el islam. Es fácil, para responder a la inquietud que nos provoca el terror, recurrir a ciertas simplificaciones. Como si el islam fuera un fenómeno de otras tierras, como si fuera algo estático, como si los pasajes del Corán que hablan de muerte y destrucción permitieran sostener, sin detenerse mucho, que la religión de Mahoma es necesariamente violenta.

La importante comunidad musulmana que vive en España y en Europa nos invita a no aceptar ni leyendas negras ni leyendas rosas. Nos invita a adentrarnos en un mundo complejo con el que, de hecho, ya convivimos.

El yihadismo que sufrimos es un fenómeno relativamente reciente y está relacionado, posiblemente desde sus orígenes, con Europa. Es una de las reacciones que provoca el tercer o cuarto choque de la modernidad con el islam. Hay una primera modernidad islámica, a mitad del XIX, de raíz egipcia, protagonizada por Mehmet Ali. Entonces se acepta sin censura el progreso que viene de occidente. Durante buena parte del siglo XX, sobre todo hasta finales de los años 70, buena parte del islam de Oriente Próximo está vinculado al socialismo árabe. Una experiencia que en Iraq y en Siria, hasta comienzos del siglo XXI, consigue una relativa paz y una relativa libertad.

Solo a raíz de la revolución iraní de 1979, el chiismo abandona su vertiente más pacífica y espiritual. También en ese momento toma fuerza un sunismo de ruptura. Cuando se rastrean las raíces del islamismo revolucionario, político y violento, tanto en el chiismo como en el sunismo, aparece la pista europea.

El chiismo político fue desarrollado por Ali Shariati (1933-1977), un hombre que estudió en la Sorbona. Deseoso de ofrecer una alternativa a la occidentalización del Estado y a los grupos de oposición comunista, utilizó las categorías del marxismo para crear una nueva ideología. Una impresión semejante deja bucear en la historia de los Hermanos Musulmanes, inspiradores de un proyecto hegemónico de carácter político en terreno suní, que con el tiempo deriva en una forma violenta. El fundador de los Hermanos Musulmanes, Al Banna, comparte con Shariati la influencia marxista. Seguramente los yihadistas del siglo XXI pueden usar pasajes del Corán para justificar su violencia porque sus mentores ideológicos leyeron el texto sagrado con categorías políticas: las aprendidas de los maestros europeos de la revolución.

Eso no significa que la culpa de lo que está sucediendo sea de Europa. Desde hace 40 años el islam vive un proceso convulso. El dinero saudí es utilizado para que la propaganda wahabita (la interpretación menos flexible y más radicalizable del sunismo) llegue hasta la última mezquita de Asia, África y Europa. El yihadismo es arma para las necesidades geoestratégicas de los países del Golfo en su guerra con el chiismo. El doble juego es constante. Así como el chiismo ha permanecido más virgen frente a las instrumentalizaciones políticas, revolucionarias y violentas, el sunismo ha sido mucho más vulnerable a ellas. La leyenda rosa tampoco se mantiene en pie.

El cuadro es complejo. Pero hay que reconocer que, en el mundo suní instrumentalizado por el Golfo, también se registran movimientos novedosos. Egipto es en estos momentos un hervidero de los llamados “musulmanes liberales”. Los llamamientos del Al Sisi no son necesariamente un ejercicio de cinismo. Todo indica que la invitación del sucesor de Mubarak en pro de “una revolución religiosa” va en serio.

Al Sisi ha instado en varias ocasiones a Al Azhar, la mezquita-universidad que sirve de referencia en el sunismo, a realizar cambios profundos. Y un mínimo rigor no permite descartar lo mucho que Al Azhar ha dicho en los últimos años. En 2012 se pronunció en favor de la libertad de credo, es verdad que con restricciones. En 2014 condenó los ataques a los cristianos. Ese mismo año el rey Abdalá de Jordania, en Naciones Unidas, defendió a los bautizados. Después, en enero de 2015, se firmó la Declaración de Marrakech en la que se apostó por el concepto de ciudadanía. También en Marruecos se ha registrado, entre los ulemas, hace solo unas semanas una cierta apertura a la libertad religiosa. Y la Conferencia del Cairo de hace unos días, entre líderes de Al Azhar y una delegación del Vaticano, le ha dado una nueva vuelta de tuerca a la inexplorada idea de ciudadanía en los países de mayoría musulmana.

Al Azhar no ha asumido la separación Iglesia-Estado propia del cristianismo, no puede hacerlo. No ha proclamado la libertad de clero. El dinero saudí sigue contaminando el sunismo en todo el mundo. Oriente Próximo vive un siglo después su I Guerra Mundial que nos salpica a todos. Pero nuestra ignorancia sobre el islam y sobre lo que se mueve en el islam no tiene justificación.

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