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10 DICIEMBRE 2016
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El debate serio sobre el SIDA que no se hace

John Waters (Dublín)

En 1980, Uganda era el epicentro de la catástrofe del SIDA de África, pero fue capaz de cambiar la tendencia de propagación de la enfermedad, centrándose en el cambio cultural: abstinencia, fidelidad y educación sobre el uso de preservativos. Pero en Europa y en América, todavía, cada vez que se menciona el SIDA y África, se parte de la premisa de que los preservativos son la única solución.

El Papa todavía no había salido del avión en Camerún y los medios occidentales ya habían empezado a lanzar su propaganda partidista, diciendo que el Papa había dicho que el problema del SIDA no se puede resolver con los preservativos, "que en realidad agravan la cuestión".

Como de costumbre, se afirma que la lucha contra el SIDA en África es sólo una cuestión de los preservativos y que la Iglesia católica trata este problema con un peligroso oscurantismo. Todos los representantes de los gobiernos europeos han defendido que el uso de preservativos es el elemento vital en la lucha contra el SIDA y que "incluso" algunos sacerdotes y monjas comprometidos contra el SIDA pensaban que el Papa estaba equivocado.

Por cada una de estas voces hay cientos de sacerdotes, monjas y otras personas comprometidas contra el SIDA para los que la obsesión occidental por los condones está fuera de lugar. Lo que funciona es cambiar el comportamiento sexual y la Iglesia católica desde hace mucho tiempo está  a la vanguardia en la promoción de estas iniciativas.

La propagación del SIDA en África se produjo principalmente por los conductores de camiones que frecuentaban  prostitutas a lo largo de las carreteras que cruzan el continente. El Papa, además de a los condones, también se opone a la prostitución y al sexo fuera del matrimonio. Se argumenta que quienes propagan el SIDA con su comportamiento promiscuo usarían un condón si se lo dijera el Papa. Benedicto XVI no es ni un legislador ni un político. Sólo tiene la facultad de proclamar la verdad tal como la ha recibido: dejando a cada uno la libertad de decidir por sí mismo.

Le guste o no al libertario Occidente, hay muchas pruebas que muestran que en África el énfasis en la continencia sexual y la monogamia pueden vencer el SIDA. Uganda hace muchos años decidió que el problema era cultural y el Gobierno puso en marcha la estrategia ABC (abstinencia, fidelidad y uso de preservativos), en la que los condones no son una parte decisiva. Sobre todo porque el presidente Yoweri Museveni pensaba que representan una falsa esperanza, si no hay un cambio de hábitos sexuales. Siguiendo las recomendaciones occidentales, el Ministerio de Salud empezó a distribuir unos 80 millones de condones gratuitos al año. La cantidad ahora se ha reducido mucho,  en gran medida porque se han descubierto suministros defectuosos.

Durante los últimos 25 años la participación en programas educativos ha contribuido a un espectacular descenso en el número de personas que contraen el VIH y el SIDA. La fidelidad a la pareja fue el principal mensaje de las primeras campañas de prevención. La primera dama, Janet Museveni, ha sido un firme defensora de la abstinencia.

En los últimos años se ha producido un ligero descenso en este combate que se libra contra el SIDA en Uganda. Los críticos inmediatamente han acusado a las políticas que fomentan la abstinencia, pero las cosas no son tan sencillas. A pesar de que la propaganda occidental intente negarlo, hay pruebas de que la disponibilidad de preservativos puede haber diluido el mensaje original, provocando un retorno a los viejos hábitos.

En teoría, los programas de continencia sexual y las estrategias de sexo seguro pueden ser complementarias  entre sí. En la práctica, los dos enfoques son incompatibles. Una vez que se promueve el uso de preservativos, se acepta que la abstinencia no es una opción convincente. Y si se afirma, como hace la Iglesia católica, que la promiscuidad sexual favorece el SIDA, es absurdo recomendar medidas que implícitamente relativizan esta posición.

Ésta es una cuestión compleja, que no puede reducirse a una simple cuestión de preservativos. Lo que necesita el mundo es un profundo y sincero debate, y no una fanática  propaganda libertaria disfrazada de reportaje.

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