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21 OCTUBRE 2017
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El "otro", en política y en educación

Jesús Pueyo | 0 comentarios valoración: 3  288 votos
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Hace unos días, paginasDigital.es organizó en el Senado una conversación entre Juan Carlos Girauta, Pablo Casado y Ramón Jáuregui que moderó Fernando de Haro. El tema sobre el que versaron sus intervenciones fue el capítulo "El otro es un bien, también en política", del libro La Belleza Desarmada de Julián Carrón. Aprovecho estas letras para recomendarles el visionado de la tertulia.

Desde luego la cuestión es atractiva, y estos tres políticos de primera actualidad dedicaron a sus oyentes importantes aseveraciones sobre la importancia de considerar al “otro” un bien. Sin duda, un planteamiento que en este ámbito resulta cuanto menos audaz.

Como bien expuso Fernando de Haro en esta cita, estamos en unos tiempos en los que hay interés por la política, por las decisiones que se toman o no, por sus consecuencias... y las discusiones, las tertulias o los debates se producen en cualquier momento y en cualquier escenario. Pero paralelamente a este interés, no se puede negar que hay una evidente desazón, un principio de desafección, una enorme decepción y, ¿por qué no decirlo?, cierto rechazo hacia los políticos.

Parece claro que desdecirse de una posición y opinión personal porque la de otro es mejor es un signo de inteligencia, de altruismo y generosidad, sin embargo esta acción desgraciadamente escasea en nuestra clase política, que no consigue ser un ejemplo y modelo edificante a seguir.

La democracia no puede entenderse, ni ser, como un proceso solo para imponer ideas y decisiones, sin tener en cuenta sus consecuencias sobre todos los ciudadanos sin excepción. En estos años de ejercicio democrático en nuestro país hemos vivido la primacía del interés particular y partidista, la práctica de una posición de fuerza y dominancia sobre el otro, se ha propuesto y expandido un modelo en el que el rival político, el rival ideológico, es un enemigo a batir, un enemigo al que eliminar. Se ha trasladado a la sociedad un ejemplo que aumenta y alimenta una crisis de valores, de ética. La institución política es un modelo que la sociedad no ve bien, que está cuestionado, que debilita nuestra convivencia cuando no ayuda a resolver los problemas que tenemos.

Y llegados a esta realidad, ¿quién es responsable? Pues si hablamos de responsabilidad, mucha recae en el hecho incontestable de que no estamos contemplando al “otro” como un gran beneficio, como una enorme riqueza que debe complementar y no separar.

De hecho en las palabras se refleja este hecho. Partimos de que el “otro” es alguien diferente, contrario, distinto, y el solo hecho de denominarlo de esta forma trasluce ya distancia y precaución hacia esa persona y lo que ella pueda representar.

El lenguaje nos descubre el error, porque la democracia debe tener como uno de sus pilares básicos la inclusión de todos. La democracia es la que nos permite establecer nuestras reglas de juego, que deben emanar del ejercicio de la razón, del sentido común, la empatía, el diálogo, la palabra, la aceptación y el respeto del “otro”. Es necesario asimilar la complejidad de una sociedad avanzada, con pluralidad de ideas, con distintas formas de entender la vida. Es necesario entender que todos tenemos nuestro sitio y que todos debemos estar cómodos respetando las reglas de las que nos dotemos y que vamos a compartir. Y aunque podemos pensar que la democracia no es un sistema perfecto, no es discutible que es el mejor que existe y, como bien se dijo en esta conferencia, no podemos olvidar que, en nuestro caso, la hemos conseguido con mucho esfuerzo y no hace tanto tiempo.

Por eso, también hay que distinguir, que identificar lo negativo, lo que nos separa, no es lo mismo que potenciarlo y maximizarlo. La identificación nos llevará a una solución del problema, mientras que su potenciación no conduce sino al enfrentamiento y hace imposible crecer y mejorar como colectivo.

Asegurar que existe la necesidad de llegar a acuerdos, y reconocer que no somos capaces de hacerlo, es dejar claro que en este punto la política pasa a ser un problema en lugar de una solución. Cuando tratamos de sepultar un desacuerdo bajo la imposición, se genera un malestar que tarde o temprano aparece desequilibrando y enrareciendo las relaciones. Por eso, cuando somos generosos como para alcanzar un pacto, se crece.

Y si hoy por hoy la sociedad demanda un pacto político con traducción social no podemos dejar en el tintero un asunto tan esencial como la educación. La educación es un instrumento muy poderoso para dominar e imponer, si se quiere utilizar con esa intención, y por ello sobre ella planea una tremenda lucha ideológica. Por eso no habrá pacto si antes, valga la redundancia, no se pacta algo que parece básico valorando la premisa anterior: la educación debe quedar al margen de todo uso por parte de los partidos políticos.

La escuela no solo debe instruir y transmitir conocimiento. La formación, el crecimiento o el desarrollo de la persona son extraordinariamente importantes. La inteligencia emocional, el modelo y asentamiento de valores que conforman al individuo, o la formación integral que capacita a todo ser humano para relacionarse y desenvolverse en su entorno son cuestiones muy serias cuyos pilares se ponen en la escuela, cuna del futuro de toda sociedad. Por eso, si desde la escuela se contribuye de forma decisiva al reconocimiento y respeto de los demás, tendríamos mucho ganado.

Dicho esto, el pacto, el acuerdo que este país necesita para su sistema educativo debe, sin duda, respetar la libertad de enseñanza, la pluralidad de escuelas, de idearios, de proyectos educativos… porque somos diferentes. Pero esa diferencia no debe ser entendida como oposición o confrontación al “otro”, sino como complementariedad y riqueza. Educar sobre la convivencia, en y desde los centros educativos y las familias, es la clave para comprender la riqueza y el valor del “otro”. No hay mejor campo de experimentación y aprendizaje que la escuela y la familia, sin olvidar que lo ideal es que sigamos aprendiendo de forma continua a lo largo de toda nuestra vida.

¿Por qué cuando se habla de pacto en educación hay interés en imponer un único modelo de escuela? ¿Por qué se quiere evitar que los ciudadanos tengan igualdad de oportunidades para poder escoger la educación que consideren más adecuada para sus hijos? ¿Es posible un pacto excluyente? Si no reconocemos al “otro”, ni siquiera en el sistema educativo, y no educamos con ese objetivo, ¿cómo vamos a hacerlo en otros ámbitos de la sociedad?

En conclusión: la empatía es una capacidad que debería enseñarse, practicar y desarrollar de forma obligatoria desde la escuela para que fuera habitual en nuestra sociedad. Eso sí que nos ayudaría a darle al “otro” el valor y el reconocimiento que se merece y nos permitiría entenderlo como un bien para nosotros mismos y para todos. Unamos a los “otros” el nos“otros”.

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