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26 SEPTIEMBRE 2020
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Nosotros y ellos

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  264 votos
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Esta semana Reino Unido ha activado el artículo 50 del Tratado de la UE, dando así comienzo al proceso que le llevará a salir de la Unión, un proceso que se prevé duro y doloroso para ambas partes. Aquí en España, el Tribunal Supremo ha inhabilitado a Francesc Homs, quien al marcharse se declaró feliz por haber defendido la voluntad de los catalanes. Mientras tanto, siguen llegando oleadas de refugiados a nuestras costas. El martes, El Periódico publicaba un artículo de Ernest Alós sobre Pietro Bartolo, el único médico de la isla italiana de Lampedusa. "En su opinión -la del médico- la indiferencia con la que responden los ciudadanos y las instituciones europeas al drama de los refugiados es ‘peor que la inacción ante el Holocausto, porque en este caso sí que no podemos decir que no sabemos nada, porque está sucediendo todo delante de nuestros ojos, lo sabemos todo y tenemos una responsabilidad enorme, que será una mancha en nuestra conciencia por toda la eternidad’. Bartolo es consciente de que su papel es el de primeros auxilios, curar, y aún antes que eso dar calor humano, ‘que vean que llegan a un país donde no les harán daño’".

En estos ejemplos hay un nosotros y un ellos, cada vez más distanciados entre sí. En una columna sobre el odio en nuestras sociedades, publicada por El País, Adela Cortina dice: "el derecho al reconocimiento de la propia dignidad es un bien innegociable en cualquier sociedad que sea lo bastante inteligente como para percatarse de que el núcleo de la vida social no lo forman individuos aislados, sino personas en relación, en vínculo de reconocimiento mutuo. Personas que cobran su autoestima desde el respeto que los demás les demuestran. Y, desde esta perspectiva, los discursos intolerantes que proliferan en países de Europa y en Estados Unidos están causando un daño irreparable. Por sus consecuencias, porque incitan al maltrato de los colectivos despreciados, y por sí mismos, porque abren un abismo entre el ‘nosotros’ de los que están convencidos equivocadamente de su estúpida superioridad, y el ‘ellos’ de aquellos a los que, con la misma estupidez, consideran inferiores".

Sin embargo, afortunadamente todavía vivimos momentos en los que se da esa relación y "ellos" pasan a formar parte de nosotros, porque descubrimos un punto común. Leila Guerriero lo explica en un ejemplo muy cotidiano; durante una visita al médico escucha una conversación entre el doctor y el paciente que está a su lado: "el doctor L. le pregunto qué problema tenía. El hombre respondió: ‘Cansancio’. La voz me dejó helada. Porque eso no era cansancio. Era alguien que está de pie en el balcón con la pistola cargada apuntándose a la sien. Una vez el doctor L. me preguntó cómo estaba y yo le dije: ‘Tengo pesadillas’. Él dijo: ‘El sueño no sabe’. Ahora le susurró al hombre: ‘Tranquilo’. Eso fue todo. Y el hombre, al otro lado del biombo, suspiró. Fue un suspiro horrible, como quien sabe que no tiene remedio. Yo abrí los ojos y miré la lámpara de caireles que pende del techo de la antiquísima casa donde atiende el doctor L. y recordé esa frase que es la única que me arregla cuando no tengo arreglo. Una frase de uno de los personajes de ese libro que es un continente, llamado Palmeras Salvajes, de William Faulkner: ‘Entre la pena y la nada elijo la pena’. El cansancio proviene, claro, de no saber cuándo termina". Este punto en común lo describe también Maite Nieto en el mismo periódico. Hablando del último prototipo del MIT, afirma que es fantástico, pero que "no me llena, sigo teniendo hambre: de espíritu, de aliento, de fuerza, de sustancia, de sensibilidad, de sentido común, de alma. Llámenlo como quieran, pero ¡hambre!".

De forma casi anecdótica Pedro G. Cuartango describe en El Mundo la experiencia de sentirse acogido en un lugar que una vez le fue extraño y al que ahora pertenece sin ninguna duda, la ciudad de Madrid. "En general, las viandas de la capital son recias y de sabores fuertes, como corresponde a la tradición de este gran poblachón manchego, en el que casi todos venimos de fuera pero nos consideramos madrileños porque aquí nadie se siente forastero. Madrid tiene los callos y las porras, pero también un cielo esplendoroso en primavera con unos atardeceres rojos que iluminan el espíritu. Y un agua de la sierra de Guadarrama que es única, rincones misteriosos y solitarios en el barrio de los Austrias y algunos bulevares para sentarse y ver pasar a la gente. Eso y muchas cosas más. A pesar del impacto de la modernidad, Madrid sigue siendo una villa valleinclanesca, esperpéntica y romántica, una mezcla heterogénea de elementos que seducen al que llega desde otros lejanos pagos. No hay mejor lugar para comer, pero, sobre todo, para soñar. Desde aquí, dicen que se puede tocar el cielo".

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