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27 MAYO 2018
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De la voz a la presencia. Un documental ucraniano

Pëtr Zacharov | 0 comentarios valoración: 3  489 votos
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Cuando una situación está confusa… hay que intentar comprender. Puede sonar a Perogrullo pero sin embargo, en esta época de crisis, es importante captar el sentido que se esconde tras las cosas evidentes. Pero comprender no es lo mismo que conocer. Cuando una persona se queja de que nadie la comprende, desea que la escuchen, no que la analicen. Comprender quiere decir saber captar la voz humana más allá de la confluencia de factores sociales, históricos, biográficos. A esto se dedica el cine documental. No la producción científico-divulgativa de la BBC sino la mirada del hombre hacia una situación humana concreta tomando la forma de una narración fílmica.

A este trabajo se dedica el cineasta Vitaly Mansky, fundador del festival de cine documental de Moscú Artdocfest. Durante sus 21 años de carrera profesional, Mansky ha narrado el espíritu de sacrificio de la campiña rusa, la escandalosa gira del dúo ruso de música pop t.A.T.u, la vida cotidiana en Corea del Norte, pero en todo ello siempre resuenan las palabras del gran Aleksei German: “No puedo hacer una película si no está mi padre dentro”. Todo lo que hace el artista habla de él como el punto personal donde el hombre y el mundo se encuentran. Y en los documentales de Mansky esto mismo lo testimonia la voz en off del cineasta.

Su último film se titula Rodnye (2016) y es una respuesta a la crisis política y a la guerra en Ucrania, acontecimientos que los padres de Mansky contemplan desde Odessa, Leópolis, Sebastopol, Doneck. Cuatro ángulos geográfica y políticamente muy distantes: el sur pragmático, el oeste patriótico, Crimea y el Donbass. Esta generación, formada bajo el régimen soviético, tras la “revolución de la dignidad” de 2014 se ve obligada por primera vez a caer en la cuenta de su propia situación geográfica. Bajo el influjo del televisor, que aparece a menudo como fondo de las escenas, esta conciencia se convierte en “posicionamiento político”. El cineasta termina siendo el único personaje del film que se siente incómodo en este contexto, hasta el punto de que su voz en off pasa a la lengua ucraniana, sin sonrojarse por sus muchos errores.

La película se ha rodado siguiendo el riguroso equilibrio típico de Mansky, unido a una voz extremadamente personal. Mirar y no juzgar es la primera regla del que quiere ver. No esconderse detrás de los hechos es la primera regla del narrador honesto. Un estilo que permite al espectador comprender la posición del autor y al mismo tiempo formular un juicio autónomo sobre lo que ha visto. El breve episodio de la mesa en la que cantan las cancioncillas de los dibujos animados soviéticos para algunos puede resultar un signo de desolación y para otros puede suponer un tierno recuerdo.

Hay, por tanto, varias posibilidades de visionado. Según una de ellas, el drama se concentra en el hecho de que los personajes están totalmente inmersos en el mundo que les rodea. La ciudad donde vives dicta el canal que sintonizas en tu televisor, y el canal dicta a quién hay que alabar y a quién injuriar. No se hace una revisión crítica de la experiencia soviética ni de la independencia ucraniana. Solo hay una inversión ideológica, un cambio de pertenencia. En este sentido, los padres de Mansky pueden representar tranquilamente a la mayoría de la población de la antigua URSS. No pretende ser el lugar donde se predique el pensamiento crítico, por ello el director propone la “vieja verdad” de la parentela en paralelo a la realidad política.

En una de las escenas más conmovedoras, la tía del director, que está en Sebastopol (Crimea) llama por Skype a su hermana que está en Leópolis. De Rusia a Ucrania. Se queja de que la otra lleva meses sin responderla. “Solo quiero saber cómo estás, me interesa el tiempo que hace en Leópolis”. Se ponen de acuerdo en no hablar de política, pero un segundo después ya han empezado a discutir sobre ello. En Leópolis, junto a la hermana que habla, está sentada otra familiar, que durante todo el tiempo que dura la llamada no dice una palabra. Parece que en ningún momento esta conversación por Skype ha conseguido romper ese silencio que las separa. En los cinco minutos de charla no se han contado ni cómo están ni qué tiempo hace. Pero a pesar de todo eso, estaban juntas. Basta estar ahí, incluso cuando no eres capaz de escuchar al otro. Eso suele pasar con la familia.

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