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23 JUNIO 2018
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¿Qué es esta belleza que puede brillar en la fealdad?

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El padre Mauro Giuseppe Lepori, filósofo, teólogo y abad general de la Orden Cisterciense desde 2010, ha sido el encargado de explicar el lema de la XIV edición de EncuentroMadrid 2017, “Heridos por la belleza”, y lo ha hecho intercalando preguntas a lo largo de su ponencia, que ha comenzado afirmando que la Belleza coincide con el rostro de Cristo. “Juan Pablo II nos dijo que la evangelización está fracasando no porque no sea verdadera, sino porque se ejerce sin despertar el atractivo de Cristo en el corazón de los hombres”.

¿Cómo es la belleza de Cristo?, se interroga Lepori. Y en su respuesta entendemos la primera arista de esta herida que abre la belleza: “Es un misterio que nunca podremos poseer. La fascinación de Su rostro se encierra precisamente en el hecho de que transmite algo que, mientras vivamos, no terminaremos de descubrir”. Por ello, continuaba el abad, ante ella “sólo podemos estar como el último de los mendigos, como el hombre común que hace horas de cola para contemplar, durante unos instantes, la belleza de un cuadro de Rembrandt”.

“La belleza hiere porque nos humilla, nos arranca la seguridad a la que nos aferramos, y nos convierte en mendigos de algo que no podemos poseer”, ha afirmado Lepori, que ha utilizado el relato del Génesis para explicar el significado de la belleza. “Cada día, cuando Dios creaba, ‘veía’ que todo era bueno. En hebreo, las palabras ‘bondad’ y ‘belleza’ coinciden. Y dice el Génesis que ‘vio’: no pensó teóricamente en la belleza de lo creado, sino que se puso delante de ello, delante del hombre, y vio el reflejo de Su belleza en él”.

Así describe el abad la belleza del hombre: como asombro frente a la belleza de Dios. “En el impacto con la belleza, el hombre está llamado a hacer experiencia del asombro, de ser creado como reflejo de la Belleza”. Esta belleza no es, según el suizo, un hobby o una cuestión de gusto estético o refinamiento cultural, sino que “tiene que ver con todo lo que el hombre es: el ser humano se sintió definido por Dios frente a todo lo creado como la criatura en la que toda la bondad y toda la belleza encuentran su reflejo, su cumplimiento”, y por ello la experiencia del asombro es ontológica en el hombre; “asombro ante una belleza donada”.

El hombre, según Lepori, está hecho para acoger la belleza como don, como gratuidad. No podría existir la belleza sin un hombre que se asombrara ante ella. Pero, ¿en qué se convierte el asombro cuando es traicionado? “La realidad, que antes era sólo buena y bella, que hacía que contuvieras la respiración y se te acelerara el corazón, ahora te quita el aliento y te agita el corazón que antes se ensanchaba con alegría. Ahora la realidad da miedo, es enemiga”, ha contestado el monje, cifrando una realidad en la que estamos inmersos.

“No hay nada más bello que la experiencia de la belleza en la amistad: vivir siendo conscientes de que el otro es un bien para mí y yo lo soy para el otro”, continúa Lepori, aclarando que, sin embargo, tenemos miedo de esto. “Y si tenemos miedo de la realidad de las realidades, si dudamos de que Dios es el Amigo del hombre, entonces perdemos la relación con la realidad”. Pero, según el religioso, el pecado no arruina la belleza, sino nuestra relación con ella.

Y entonces, ¿cómo se recupera el hombre de esta alienación de su naturaleza como reflejo asombrado por la belleza de la realidad? De acuerdo con el abad, el hombre permanece en este miedo porque piensa que “su pecado define la realidad”, y esto es obra del Diablo, “que desnaturaliza el rostro de la belleza para conducirnos al miedo a Aquel que nos la dona”. ¿Cuál es la respuesta de Dios, cuál es su método? La realidad como acontecimiento, como fuente inagotable de belleza, “y la propia conversión de Dios en peregrino en busca del asombro del hombre caído”. Este Dios que sale a nuestro encuentro es, según Lepori, el rostro de la belleza absoluta, que brilla en medio de la fealdad, el logos, el origen y el cumplimiento de toda bondad y belleza.

¿Qué es esta belleza que puede brillar en la fealdad? “Esta belleza es el amor, la caridad de Cristo, un amor que traspasa hasta el final el horror de la muerte en cruz. Porque cuando nosotros pensamos en el amor pensamos en un sentimiento, en una energía que sale de nosotros, pero Dios no: Él es el Amor, coincide con su persona, es su naturaleza. Dios nos ama hasta el final porque Cristo va hasta el final, hasta la muerte, y con él va todo lo que es: Su belleza, Su divinidad”, ha expuesto Lepori.

¿Por qué la belleza hiere, incluso cuando todo va bien? Lepori ha aludido a su experiencia personal, a la herida enorme que sufrió cuando sintió, a los 17 años, la llamada de su vocación. “He aprendido que la belleza hiere porque no se puede abrazar sin morir a uno mismo. Pero en Cristo el rostro del Misterio se ha ofrecido completamente a nuestra mirada. Ya podemos mirarlo a la cara, hoy, ahora: no tenemos que morir. Sólo morir a nosotros mismos para vivir en Dios, para ver su rostro: esta es la herida mortal de la belleza. Una muerte de amor, maravillada. Esta es la belleza que salvará al mundo”.

Lepori ha finalizado su ponencia con un bello relato que pretendía poner voz a la Belleza, que es Dios mismo: “Tú no quieres reconocerme, has renegado de mí, pero estoy aquí. No estoy en otra parte. Te quiero a ti, te deseo a ti. Y mi mirada es la fuente de toda belleza, una belleza que tú desprecias pero que Yo estoy creando ahora. Me vuelvo siempre a mirarte, desde lo profundo de la realidad que desprecias. Mi mirada es la belleza que hiere, pero con una herida que permite que la belleza brote de nuevo, siempre, inagotable. Sólo esta belleza herida en ti por mi mirada puede salvar el mundo. ¿Dirigirás tú la belleza de mi mirada hacia el mundo que ves?”.

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