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13 NOVIEMBRE 2018
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Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  533 votos
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La victoria de Enmanuel Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas, sobre Marine Le Pen, aunque haya sido por un reducido margen, ha tranquilizado a los mercados y a Bruselas que ven alejarse de esta manera el fantasma de un Frexit. Se repetirá la historia de las elecciones de 2002: todos contra Le Pen, en este caso Marine, pues entonces era preferible para la izquierda francesa votar a un presidente bajo sospecha de corrupción a permitir una victoria de la extrema derecha. Relajación general en las primeras páginas de los medios informativos, hostiles por definición a Marine Le Pen. Se ha salvado la UE y de paso, el eje franco-alemán, dirían algunos. Sin embargo, la segunda vuelta conocerá una campaña electoral encarnizada, en la que los asesores de la candidata del Frente Nacional (FN) quizás quieran plantear la lucha como una versión francesa del enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton. En esta ocasión, es una mujer francesa la que pelea contra el establishment, contra el exbanquero Macron que en su día trabajó para los Rotschild, contra los mercaderes de Bruselas y contra todos aquellos que quieren robar el espíritu de Francia en nombre de la globalización, la máxima expresión del nuevo totalitarismo sin rostro.

Pese a sus intentos de adoptar una imagen más atractiva para sus votantes, renegando incluso del legado político de su padre, Marine Le Pen no se ha apartado demasiado de la mentalidad de Maurice Barrès, aquel escritor nacionalista que en 1899 rendía culto en una influyente conferencia a la tierra y a los muertos. Los muertos no son otra cosa que el pasado glorioso de Francia. En este sentido, los muertos están bien vivos, como la Juana de Arco de los mítines del FN, que poco tiene que ver con la santa católica, y en esas reuniones políticas a veces ha resucitado Carlos Martel, el vencedor de los musulmanes en Poitiers (732), al que algunos militantes llaman familiarmente Charlie Martel. Barrès profesaba una ideología con raíces en la tradición y en la tierra, que no es otra que la Francia campesina, y no es casual que uno de sus combativos libros se llame Los Desarraigados. El escritor arremetía contra los partidos de su época que estarían secuestrando el espíritu de la Francia eterna, el de la tierra y los muertos. Dicho nacionalismo solo podía desembocar en agudas críticas de la democracia parlamentaria, considerada no representativa del auténtico pueblo hasta el punto de que un golpe de fuerza no sería censurable para derribar a los políticos corruptos. De hecho, la Tercera República francesa (1870-1940) conoció una abultada crónica de escándalos. En sus primeros tiempos, entre 1886 y 1889, hubo también un político populista, el general Georges Boulanger, aclamado por las multitudes y refrendado por los votos en París, aunque no se atrevió a dar un golpe bonapartista contra la República.

En cualquier caso, el resultado del 7 de mayo, si es favorable, como parece, a Macron, no será por una diferencia entre un 18 y un 82%, como sucedió el día de la confrontación entre Jean Marie Le Pen y Jacques Chirac en 2002. Marine Le Pen encuentra votantes en las regiones de un norte que ha visto debilitado su tejido industrial o de una costa mediterránea, en la que predomina una inmigración norteafricana. No perderá fácilmente esos votantes aunque pierda las elecciones presidenciales y movilizará el aparato de su partido para la convocatoria a la Asamblea Nacional, prevista en junio próximo. El talón de Aquiles de Macron es no tener un partido consolidado detrás de él. Es el candidato de la Francia abierta al mundo y con un tejido industrial dinámico, el de las élites urbanas de París, Lyon, Burdeos y Toulouse. Sin embargo, su formación En Marche, es claramente personalista. Esto no sirve para construir una sólida mayoría presidencial y aboca a un parlamento fragmentado que podría dar lugar a una compleja cohabitación. No cabe duda de que el FN hará lo posible para no facilitar las cosas al flamante presidente, además de los otros partidos, en especial los socialistas y los republicanos, que no querrán ser marginados en la nueva situación política.

La batalla política francesa continuará en las elecciones de junio. No serán un trámite que reforzará al jefe del Estado, como en 2002, 2007 y 2012. Pero muy probablemente será el momento en que Emmanuel Macron adopte una cierta solemnidad gaullista, pues suele apelar al fundador de la Francia moderna como antecedente de su movimiento. No pensemos que la Sexta República, que no deja de ser un mito recurrente, vaya a sustituir a la Quinta de la noche a la mañana.

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