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16 AGOSTO 2018
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Las promesas vacías de Trump en sus primeros cien días

Riro Maniscalco | 0 comentarios valoración: 3  451 votos
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¿Cómo le va a Donald Trump? Acabamos de cruzar la línea de los 100 días, que sin duda son pocos pero desde hace décadas se han tomado como referencia para hacerse una idea de cómo funciona un nuevo presidente. Parafraseando los clásicos discursos de los presidentes estadounidenses a la nación diciendo “The state of the Union is strong!”, podríamos decir en este caso “The state of Trump is confused and confusing”.

Cien días y la tasa de aprobación por parte de los americanos está en el 40%, la peor de para un presidente electo desde que se tiene en cuenta este dato, apenas supera al Clinton de los tiempos en que se descubrió lo que hacía con Monica Lewinsky bajo la mesa del Despacho Oval.

Parece increíble pero los mismos sondeos que le sitúan en zona de retroceso también nos dicen que más del 90% de los que lo han votado volvería a hacerlo. ¿Por qué? Porque si Trump parece confuso, los demócratas ni siquiera aparecen, no existen, como si todavía no hubieran llegado a creerse su derrota. Los votantes que soñaban con un cambio radical siguen esperando, pero mientras tanto llegan a los cien días con una discreta decepción. Vaya por delante que Trump no es el presidente de todos. Hay una franja de la nación que todavía se niega a reconocerlo y aceptarlo. Ya no tenemos las violentas protestas de los primeros días pero queda la dolorosa e incómoda anomalía de una hostilidad que históricamente solo encontramos con la elección de Abraham Lincoln, y ya sabemos el resultado de aquello.

Están las impresiones y están los hechos. La primera impresión es que el presidente Donald Trump, el único en los anales de historia que ha llegado a la Casa Blanca sin ninguna experiencia ni política ni militar, es eso, una persona terriblemente carente de experiencia. Es como si tuviera en sus manos un coche que no sabe conducir, como si no conociera sus mandos, sus prestaciones ni mucho menos su peligrosidad. En definitiva, no sabe cómo funciona y viaja con ella a trompicones.

Luego están los hechos. ¿Qué ha hecho Donald Trump en estos cien días? Ha elegido a un juez del Tribunal Supremo (Gorsuch) saltándose irrevocablemente el sistema de nominaciones (con la llamada "nuclear option"); ha abandonado el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPPA); ha intentado enseñar los dientes al Isis lanzando una superbomba en Afganistán; ha castigado a Assad por el uso de armas químicas con un violento bombardeo en ese coladero de dolor en el que se ha convertido Siria; ha derogado una serie de procedimientos suscritos por Obama (sobre todo los relativos al cuidado del medio ambiente); ha visto la renuncia de algunos de los miembros de la espina dorsal de la administración; se ha encontrado en medio de un nuevo desafío de Corea del Norte; ha asistido impasible a las primeras luchas intestinas entre Steve Bannon, su gurú y estratega, y Jared Kushner, treintañero elegido como senior advisor del presidente; ha firmado 25 órdenes ejecutivas y ha aprobado 28 propuestas de ley con una productividad legislativa incluso superior a la de Franklin Delano Roosevelt durante la Gran Depresión. De hecho, acaba de anunciar “el mayor recorte de impuestos y la mayor reforma fiscal de la historia de los Estados Unidos”. Ya veremos. Cada uno es libre de interpretar estos hechos como considere. Hay quienes disfrutan y quienes menean la cabeza desconsolados.

Pero lo que más quema bajo la piel de Donald y sus defensores son las “promesas vacías”, esas grandes promesas que no ha conseguido mantener. Respecto a Trump, estos días no hace más que repetir que “los cien días” son solo un número sin sentido y desprovisto de cualquier valor, pero sabe perfectamente que en campaña electoral prometió que en este tiempo habrían cambiado ya muchas cosas: salida del Nafta, construcción del muro en la frontera con México, medidas drásticas contra los inmigrantes, derogación del ObamaCare e introducción de un nuevo sistema sanitario, reducciones fiscales.

Nada de todo eso ha pasado, y en gran medida yo me alegro. Solo espero que el presidente aprenda pronto a conducir este coche y sobre todo que entienda hacia dónde debe dirigir el navegador: adonde hay vida, adonde hay libertad, adonde hay búsqueda de la felicidad. Eso es América, que Dios la bendiga.

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