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17 DICIEMBRE 2017
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Francisco no receta Westfalia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  547 votos
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Ni leyenda rosa ni leyenda negra sobre el islam. Ni maniqueísmo ni buenismo. Valoración de la experiencia religiosa, reconocimiento realista de los riesgos y de los retos que los seguidores de Mahoma tienen en este comienzo del siglo XXI. El discurso de Francisco en el acto organizado por la Mezquita de Al-Azhar, en su visita a El Cairo, supone ya una referencia muy clara para cristianos y no cristianos que ven con lógico temor la fuerza del yihadismo, que desean un avance de la libertad y de los derechos en los países de mayoría musulmana.

Primero el gesto. Francisco se abrazó con Al Tayeb, el principal imán de la mezquita. Abrazo con gran significado. Al Azhar inició en 2011 la publicación de una serie de documentos que han marcado, con todos sus límites, una apertura en el mundo islámico. Hace seis años se pronunció en contra de “indagar en la conciencia de los fieles” (lo que supone una posible formulación en favor de la libertad religiosa), hace cinco años habló de la libertad de pensamiento y el derecho de ciudadanía (muwatana), hace tres años condenó el uso del islam para atacar a cristianos, y hace poco más de un mes se ha manifestado, de nuevo, a favor de la igualdad de todos los ciudadanos (aunque no sean cristianos). Esto último supone ir más allá de lo establecido en la Constitución de Medina, atribuida a Mahoma, que incluye fórmulas de tolerancia muy restrictivas.

Hay voces, muy autorizadas, que consideran todos estos pronunciamientos como un ejercicio de propaganda cínico. A pesar de las buenas palabras, Al-Azhar estaría predicando en su Universidad la intolerancia. La gran mezquita seguiría bajo la influencia del wahabismo de Arabia Saudí y alentando el radicalismo. En el mejor de los casos, los imames de las mezquitas ordinarias estarían en otra honda. Sin duda la cuestión es compleja. Dentro de la Al- Azhar conviven diferentes corrientes, no digamos ya fuera. Pero Francisco ha querido ir a su encuentro. Y su intervención fue preparada en febrero con un congreso dedicado a los extremismos en el que participó el cardenal Tauran, el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Tauran es sin duda un hombre bueno pero no ingenuo.

Consciente de todos estos retos, Francisco comenzó y acabó subrayando el valor de una educación auténticamente religiosa: necesitamos “jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto”.

Francisco, como ha hecho en otras ocasiones, se distanció de cierto occidentalismo laicista que demoniza el islam. Este prejuicio ideológico, en su forma más extendida, afirma que el islam es necesariamente violento. La solución estaría en una Paz de Westfalia como la que hubo en Europa para los países de mayoría musulmana, que privatizara la religiosidad y redujera la dosis de islam. Con una expresión simple, Francisco subrayó que “la religión es parte de la solución y no del problema”. No menos religión, sino una religión más auténtica que “no confunda la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente”.

Habrá quien, ante esta invitación a un líder musulmán para no confundir la esfera religiosa y política, sienta rebrotar el escepticismo. No es fácil ciertamente, si se hacen ciertas interpretaciones literales del Corán. Pero ya en el primer califato Omeya (661-750) se distinguió de algún modo lo sacro y lo profano. El muy influyente escritor egipcio Farag Fouda, fallecido hace 20 años, siempre defendió que el islam es religión y no Estado. El país de los faraones está llenó de intelectuales musulmanes que defienden la elmaniyab (cierta forma de secularización del poder) y el proceso que vive Túnez no es anecdótico. El Papa no predica en el desierto.

La insistencia de Francisco, por otra parte, en desligar violencia de religión fue permanente y muestra que tiene muy presente la encrucijada en la que está el islam suní, la tentación que no permite construir leyendas dulces. “La violencia es la negación de toda auténtica religiosidad”, señaló. Para añadir: “juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar”. Y por si no hubiera quedado claro, insistió en que “los líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad”. Que es como decir que todavía no se ha hecho lo suficiente para desenmascarar el yihadismo.

El complejo mundo del islam lleva cuarenta años envuelto en una tormenta perfecta. La victoria de la revolución iraní, el giro dado por Sadat a mediados de los años 70 en Egipto y la creciente influencia de Arabia Saudí han provocado un gran avance del islamismo político. La invasión de Iraq y la guerra en Siria han acabado con el panarabismo laico. El yihadismo está diseñado con las categorías occidentales de la revolución y alimentado en la última década por el nihilismo y el malestar que genera la globalización. No hay blancos puros ni negros puros, todo está lleno de matices. Entrar en ese mundo con esquematismos ideológicos es una gran torpeza. Francisco lo ha dejado claro.

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