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20 SEPTIEMBRE 2018
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¿Todo se viene abajo?

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  205 votos
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Durante una estancia en Buenos Aires con motivo de la feria del libro, Almudena Grande escribía esto en El País: "Qué bien, pienso solamente, qué gusto, y de repente, me acuerdo de mi teléfono móvil porque hace muchas horas que no lo veo. Se habrá descargado, pronostico, pero no, cuando lo saco del bolso le queda mucha batería. Y entonces lo entiendo, comprendo mi bienestar, esta inesperada alegría. Porque desde que llegué no he sabido nada de la Operacion Lezo, de la familia Pujol, de la Púnica, de la Gürtel, del fiscal Anticorrupción, de la Audiencia Nacional, de la cárcel de Soto del Real. La pestilencia de España no es lo suficientemente poderosa como para cruzar el océano, desde aquí no escucho el crujido que anuncia que tantas cosas se están viniendo abajo". Esta la sensación; que todo se está viniendo abajo.

Primero Europa, pendiente de los resultados de las elecciones francesas. En este marco, escribe Pilar Rahola en La Vanguardia: "la cuestión es saber cómo hemos llegado a esta situación, (...) añado la convicción de que Europa sufre un naufragio de valores que la ha dejado sin sentido profundo. Si la Europa del siglo XX murió en Auschwitz, la del XXI agoniza a las puertas de Turquía, en las playas de los niños muertos, en las rutas fallidas de los refugiados. Es una Europa sin ala, vendida a los intereses cortoplacistas, que deja a la ciudadanía sin referentes éticos. Y, ante el vacío de Europa, los ciudadanos retornan al relato interno. Es la defensa ante el desconcierto, el miedo ante la incerteza, el búnquer ante la amenaza". El antropólogo David Le Breton, francés, en un artículo de Analía Iglesias en El País, utiliza esta idea para explicar las conductas peligrosas de los jóvenes europeos, que van desde beber sin medida hasta enrolarse en ejércitos islámicos. "En el mundo contemporáneo, cada uno está librado a sí mismo: hay que inventar el propio camino y decidir permanentemente nuestros valores".

Carment Rigalt siente el mismo desasosiego que Almudena Grandes, pero está en España: "las fiestas y los puentes sirven para cambiar de plan. Aviso: cambiar de plan es salirse de la rutina, y para ser feliz hay que salirse demasiado. Ayer los periódicos traían lo mismo que hoy (...). Los días transcurren con lentitud, como si la calefacción los entorpeciera. Son días tenues que recuerdan a los de Semana Santa. Entre tiempo muerto y tiempo muerto, película en el viejo home cinema". La conclusión de la periodista tras ver la película de Hannah Arendt es la siguiente: "para combatir el gregarismo, nada mejor que poner a todo el mundo a pensar". Por su parte Valeria Luiselli, en El País, también experimenta cómo todo se viene abajo: "hoy en día todo es esperpento, como si hubiésemos cruzado a través de los espejos de Valle-Inclán. No hace falta acercarse un monóculo convexo al ojo para ver la realidad en un ángulo distorsionado. Basta abrir los ojos. No hace falta reproducir el mundo como pesadilla abrumadora para cuestionarlo mejor. Basta despertar y tomar un primer respiro hondo para comprobar que la araña que llevamos dentro sigue ahí, empozada en lo hondo de nuestros pechos, trenzando incansable su tela de angustia. Vivimos del lado del esperpento. Y si no queremos que el hastío nos gane, que la desidia nos gane, que la infelicidad nos gane, tenemos que volver a inventar la mirada.

En este contexto, Mauro Lepori, abad general de la Orden Cisterciense, explicaba en una entrevista publicada por El Mundo que "es urgente recuperar esta fuente de belleza original de la que hablamos, esa que irradia el amor que es origen y consistencia de todas las cosas y, sobre todo, de la criatura humana. La guerra, el terror, el odio fratricida son precisamente zonas de sombra donde la libertad humana escapa de la luz amorosa de la belleza. Pero esta trágica situación del mundo nos alerta a no quedarnos en la belleza como mera estética. El mundo necesita la experiencia de la belleza como amor, como perdón, como misericordia". Esta belleza de la que habla Lepori es la que intuye el periodista Rafael Moyano al hablar de las canciones de Lluís Llach. "La intimidad de su piano, de su voz, de sus letras de amor y libertad, nos acercaron por la vía nunca muerta del arte a un idioma que se había tratado de acallar. Sus canciones (...) pusieron música hace ya muchos años al reencuentro con la democracia. (...) Por encima de su heroicidad que le convirtió a él en un mito, estuvo su música y su poesía. (...) La sensibilidad de Llach, la que enamora con los mismos compases que enardece, no puede ser borrada".

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