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19 NOVIEMBRE 2017
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>Entrevista a Lluís Bou, presidente del PuntBCN

'Nos interesa el otro: no necesitamos discursos sino testigos'

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Del 12 al 14 de mayo se celebra la segunda edición del PuntBCN bajo el lema "El diálogo es la relación con el otro, sea quien sea, sea como sea". Se trata de un evento cultural que pretende fomentar el diálogo y la comunicación entre personas con ideas, creencias, culturas y tradiciones diferentes. Hablamos con su presidente.

En su presentación PuntBCN dice que es un acontecimiento cultural que pone en el corazón de Barcelona un espacio de diálogo y de comunicación de experiencias, creencias y culturas diferentes. ¿Estamos ante un encuentro multicultural? ¿Cuál es su especificidad?

PuntBCN es un lugar de encuentro en el que deseamos abordar abiertamente los retos que desafían a la convivencia. Estamos asistiendo al auge de los populismos, está en duda el proyecto europeo común, no sabemos qué hacer con la crisis de los refugiados, el debate político parece imposible, la radicalización ideológica cristaliza en formas de terrorismo y, entre otras, sufrimos una crisis educativa de fondo. Si atendemos a la situación que estamos viviendo en Europa, y no en menor medida en España, parece que la mayor contribución que se puede hacer al bien común es favorecer y propiciar espacios donde los hombres estén dispuestos a construir con el otro. Un evento como PuntBCN puede ofrecer un testimonio valioso y pertinente, puede dar alguna sugerencia de método para afrontar el momento actual, poniendo de relieve qué sucede cuando se acoge al otro en su diversidad. Si cada vez es más frágil el marco de referencias común, el diálogo se presenta como algo decisivo. Es necesario para descubrir lo que Francisco no se cansa de testimoniar, y que ha vuelto a repetir en su visita histórica a Egipto: “la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro”.

¿Falta diálogo en Cataluña? ¿Qué tipo de diálogo puede ser algo más que un eslogan?

La desconfianza y la inseguridad nos hacen percibir a quien piensa diferente como una amenaza. Es en ese sentido que afirmamos que el auténtico diálogo es una relación. La mera exposición de ideas o la dialéctica arrogante no se traducen en factor decisivo de acogida. El otro continúa siendo un extraño. Si no estamos disponibles a dejarnos afectar por la presencia del otro, quedamos enjaulados en una pobre percepción egoísta de la nuestra. El encuentro con el otro es arriesgado, es un reto. Y no hay que ser ingenuos, conlleva dificultad e inconvenientes. De ahí que la única condición para que se desarrolle un diálogo auténtico es partir de la certeza de que el otro, sea quien sea, es un bien para la propia vida. Lo entendí hace algunos años, cenando con un amigo, cuando empezamos a discutir sobre algunos de los temas más delicados, aquellos en los que reluce lo que más amas. Empezamos a gritarnos y parecía que ya no quedaba nada por compartir. Sin embargo, antes de que la ruptura fuese irreparable, nos ayudamos a mirar lo más importante: la relación que ya se había dado y la estima que cada uno tenía por la vida del otro. Aún hoy es un gran amigo. Cuando nos encontramos nos explicamos cómo nos va todo desde una excepcional sinceridad. ¡Y continuamos abordando los temas más delicados! Cuando estoy con él, se me hace más evidente el valor que tiene el otro para mi vida. Cuando las ideas cristalizan en ideología y llegan a definir nuestra relación con la realidad, cuando llegan a ser más poderosas que la experiencia, es uno mismo quien sale perdiendo.

En su manifiesto hablan de que la identidad son los otros. ¿Por qué la identidad no es el nosotros?

Porque también en el nosotros está contenida la alteridad. La fragilidad de los vínculos es cada vez mayor, hasta poner en duda cualquier pertenencia que pueda identificar un nosotros. En cualquier caso, a lo largo de todo el desarrollo vital, necesitamos del otro para vivir. La necesidad del otro es una dimensión constitutiva del yo. Es esta dependencia del otro la que tenemos que volver a descubrir una y otra vez. La vida se enriquece cuando acoge la diversidad. Sin lo que viene de fuera mi vida no crece. Esta posición de apertura sin límite solo es posible si desvela algún acento de mi identidad. A este respecto reconozco, a diferencia de lo que a menudo se piensa, que la experiencia cristiana me ha permitido ir adquiriendo una posición de apertura sorprendente incluso para mí mismo. Desde que me convertí, me ha sorprendido ver que mis miedos van desapareciendo. El cristianismo es un acontecimiento: el misterio de Dios se hace carne, se hace cercano al hombre. De ahí que la experiencia de la compañía incondicional de Cristo libera del propio error. Precisamente porque reconozco mi fragilidad no tengo necesidad de defenderme ni de convencer o imponer nada a nadie. Cristo me permite vivir el instante como el lugar privilegiado de su misericordia. Si construyo muros, me cierro a la posibilidad del misterio y me pierdo la experiencia increíble de su novedad.

En el programa de este año figura una presentación de La Belleza Desarmada, con su autor, Julián Carrón, un sacerdote, y Pilar Rahola, una exponente de la cultura laica catalana. ¿Por qué estos invitados?

En PuntBCN queremos derribar los muros, vivir expuestos, fuera del baluarte existencial, para disfrutar, siguiendo la fórmula lúcida y viva expresada por Julián Carrón, del encuentro “bello y desarmado” entre hombres. Creemos que Julián ha captado perfectamente los signos de nuestra época y que comunica un modo decisivo de estar ante los desafíos de nuestro tiempo. Por otro lado, en Pilar Rahola hemos encontrado una interlocutora espléndida para demostrar la validez del método del diálogo desarmado. Con un posicionamiento político transparente, Pilar no se cierra en absoluto al problema humano. En sus artículos traslucen los interrogantes de quien se toma en serio a sí mismo. Es en ese terreno donde creemos que puede fructificar el diálogo entre personas con ideas y creencias diferentes.

¿Por qué han querido invitar a una mesa redonda a judíos, cristianos y musulmanes?

El método es siempre el mismo: la envidia que transmite alguien que hace una experiencia deseable. La idea de organizar un desayuno de este tipo surgió a raíz de la amistad con Enric Vendrell, el director general de Asuntos Religiosos de la Generalitat de Catalunya, una entidad que solo existe en Catalunya. En una cena él nos explicaba su labor, que desarrolla pacientemente intentando generar diálogo entre las diversas comunidades religiosas. En un momento dado expresó que la responsabilidad que ha asumido a lo largo de estos años, por la que ha tenido que ir al encuentro del otro, le ha transformado. En su modo de decirlo se percibía con claridad que aludía a un cambio significativo, bello y positivo, en su percepción de la realidad. En ese momento nació en mí el deseo de vivir lo mismo. A partir de ahí, he tenido la posibilidad de conocer a Mohamed El Amrani, Moriah Ferrús y Anna Almuni. Me impresiona descubrir que la amistad con un musulmán o una judía depende exclusivamente de la seriedad con mi propio deseo. Me interesa conocer al otro. No pensamos igual, pero deseo compartir su vida, porque así crece la mía. La presencia del otro me ayuda a crecer. El diálogo depende ante todo de la estima por la propia vida. No necesitamos discursos, sino testigos. Quien no esté dispuesto a vivir la aventura del conocimiento, quizá se ahorra el esfuerzo, pero se pierde lo mejor. Quien renuncia al enamoramiento porque no lo puede controlar o porque se siente frágil o indefenso, se pierde la riqueza de la experiencia. Es necesario testimoniar el atractivo de una experiencia vencedora que pueda afrontar todos los aspectos de la cotidianidad. Como dice mi amigo Mohamed El Amrani: “es necesario generar referentes positivos”.

¿Es posible el diálogo sobre la situación que vive Catalunya?

En aquellos temas en los que está más implicado el afecto, lo más querido, los que coinciden con la afirmación de la propia identidad, el miedo a perder lo que se ama es mayor. Los términos en los que se desarrolla el diálogo son más delicados. El miedo a perder lo que me define, lo que concierne a mi identidad, a lo que no quiero renunciar porque está implicada mi felicidad, genera recelo y hace que se perciba al otro como una amenaza. La situación catalana exigirá que pongamos a prueba el método del diálogo desarmado.

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