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29 SEPTIEMBRE 2020
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Las periferias de un cardenal y de un historiador

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  429 votos
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Hace unos días asistí a la presentación del libro Periferias. Crisis y novedades para la Iglesia, del historiador Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’ Egidio. Tenía el acto un presentador excepcional, el cardenal Carlos Osoro, que se hace eco del deseo del papa Francisco de un cristianismo que salga a las periferias geográficas y existenciales. Riccardi también comparte esa pasión por la periferia, y la puso en práctica en 1968 con la fundación de su Comunidad en la parroquia romana de Santa María del Trastevere. No es casualidad que esta iglesia sea la “parroquia” en la Ciudad Eterna de don Carlos Osoro. Se trata de un templo que es mucho más que un museo de una esplendorosa geografía urbana. Podríamos definirla, sin miedo a exagerar, como la iglesia de la caridad en Roma, donde encuentran acogida refugiados llegados de la otra orilla del Mediterráneo, y toda clase de personas desfavorecidas, sin hogar ni compañía, necesitadas no solo de ayuda económica sino sobre todo de un calor humano tantas veces ausente en una sociedad tan global como individualista.

Había tenido ocasión de leer Periferie, la obra original, el año pasado. Me llamó la atención que fuera un libro de bolsillo, de no muchas páginas aunque bien trabajadas porque son el fruto de toda una vida de dedicación de su autor al encuentro con las periferias geográficas y existenciales. Publicado por una editorial milanesa, Jaca Book, se inserta en una colección de significativo título, Città possibile, una denominación que podría sonar a utopía. Con todo, si la “utopía” es cristiana, auténticamente cristiana, no tiene nada de utopía. Recordemos que Cristo dijo que su reino no es de este mundo (Jn 18,36), y no ha surgido para un escenario social concreto, lo que no significa, en absoluto, desentenderse de todo lo terreno. Antes bien, el cristianismo implica necesariamente renuncia, salida de uno mismo, porque las falsas seguridades, tentadoras para el cristiano en tiempos difíciles como el nuestro, reducen al creyente a vivir en un gueto o una cárcel, con el consuelo de un frágil espiritualismo que no aguantará los embates de la vida.

Periferias, publicado ahora en español (Ed. San Pablo), tiene ahora un tamaño más vistoso que el original italiano. Ha sido “magia” de los editores, como recordaba su autor en la presentación en Madrid, pero quizás sea un toque de atención a unos lectores que quieren que el mensaje les entre por los ojos, aunque también tiene que entrarles por la palabra, y ante todo por la Palabra. La Palabra es muy rica y continuamente sugerente. En concreto, este libro de Riccardi me ha recordado otros anteriores suyos como Dios no tiene miedo (Ed. San Pablo), en el que aparece una cita que lo explica todo porque es una llamada a participar de los mismos sentimientos de Cristo: “Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Aquí aparecen resumidos un diagnóstico y un programa de vida, pues es una interpelación que trasciende los límites de nuestros sentimientos y nos invita a actuar no con las propias fuerzas y buenas intenciones sino con el espíritu de Cristo.

No cabría reducir Periferias a una crónica o a un mero discurso narrativo. Andrea Riccardi es un historiador, ciertamente, aunque no se ajusta a formalismos académicos, pues cree, al igual que el historiador polaco Bronislaw Geremek, que la historia debe combinar ciencia y poesía. Su nuevo libro, como los anteriores, contiene un mensaje muy nítido pero, a la vez, puede ser motivo de meditación y de plegaria. Es una apuesta por hacer de la parábola del buen samaritano una realidad continua, pues en este relato conviven inseparables la compasión y la acción. Tampoco es casualidad que esta parábola apareciera en el discurso del beato Pablo VI en la clausura del Concilio Vaticano II.

En el acto de presentación de Periferias, a muchos asistentes se nos quedó grabada una pregunta del cardenal Osoro: “¿Para quién soy yo?”. Una pregunta que nos debe hacer pensar en la actitud de María, evocada por el prelado, que se pone en camino para visitar a su prima Isabel cum festinatione, según el texto latino del evangelio, y que me gusta traducir libremente “con una prisa alegre”. Desde la periferia de Galilea, María parte hacia la otra periferia de las montañas de Judea. Sin embargo, su marcha no tiene nada que ver con el apresuramiento estresante del mundo de nuestros días. Lleva consigo a Cristo y su alegría se funda en la buena noticia que se siente llamada a comunicar.

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