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21 OCTUBRE 2017
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Sánchez ha comunicado mejor

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  228 votos
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¿Es lo mismo decir Pedro que decir militancia? Hasta hoy, sí. Ahora Pedro Sánchez tiene la tarea de, siendo aparato, no ser élite. Esa élite percibida, acaso real, contra la que se ha votado el pasado domingo. ¿Será posible?

¿Es suficiente su reelección como secretario general del partido centenario para ganar las próximas elecciones? ¿Qué será necesario para recomponer un PSOE dividido por la mitad? ¿Está más cerca una entente con Podemos, o Pablo y Pedro son dos gallos en un mismo corral? ¿Qué habrá querido decir Sánchez cuando en su discurso de “acción de gracias”, tras ganar, se refirió a Susana Díaz y Patxi López como que “tenían distintas posiciones políticas”?

El pasado sábado Pedro Sánchez dio un discurso a unos 1.000 militantes socialistas –de compañeros y compañeras– en el Parque de Berlín. Asistí. Escuché con atención. Observé. No vi un partido ganador. Apenas había 1.000 personas cuando se esperaban 5.000. Todos los asistentes eran “afiliados y afiliadas” convencidos. No se agolpaban los madrileños esperanzados y entusiasmados por acariciar la toga del mesías o por escuchar unas palabras de su boca. No vi en los que no eran militantes esa expectación ni esas sonrisas de cuando se busca y se encuentra a un salvador –siempre en términos políticos–. ¿Quién nos salvará de Rajoy y de sus políticas? Nadie lo preguntaba.

Me temo que la militancia va por un lado, el antiguo aparato, incluyendo a González, Bono, Rubalcaba, ZP y Cebrián, por otro, y los simpatizantes socialistas y resto de la ciudadanía, por otro distinto. En Francia, en cambio, parece que Macron es ejemplo de todo lo opuesto. También me temo que Sánchez ha comunicado mejor su condición de víctima propiciatoria del Ibex35, la derecha y, si me apuran, los poderosos de Europa y del mundo, que el saliente aparato.

Sin duda, el reto de Sánchez más acuciante es la unidad interna del partido –“susanista el que no bote”, se escuchaba en Ferraz–, pero no puede hacerse a costa de especular con la unidad de España, esa nación de naciones… culturales (sic).

Ciertamente, aunque la lucha ha sido fratricida y propia de un patio de corrala, durante casi dos años, mediando dos derrotas estrepitosas de Sánchez en elecciones generales –batiendo suelos electorales–, la reaparición de Sánchez en la primera línea de vanguardia debilita la estabilidad parlamentaria a la que aún aspira el PP –presupuestos generales aún sin votar–. Los equilibrios van a ser a costa de cesiones a PNV, PDCat, Coalición Canaria y el otro diputado canario de Nueva Canarias (sobre todo), ¿nos suena esto? Se complican las cosas para Rajoy, que no dejará tiempo a Sánchez para recomponerse, luego, si nuevos casos de corrupción no lo impiden, es más probable que ayer que el presidente disuelva las cámaras. Volvemos a la debilidad del sistema autonómico, que pone el acento en la noción de autonomía y no en la de comunidades.

“Apoderados y apoderadas”, “interventores e interventoras”, “compañeros y compañeras” (es muy cansado ser líder socialista y hablar en masculino y femenino, y además, ¿qué pasa con el género neutro o el no género, cuando se sexualiza el lenguaje más allá de toda regla gramatical?), “es el momento km0”, de un nuevo PSOE que saldrá del próximo Congreso federal con nuevas reglas, “rumbo a la Moncloa”, siguió diciendo.

Regenerar y cambiar España desde la internacional y puño en alto, y construir esa mayoría social, es cuando menos difícil. No obstante, tengo buenos amigos sanchistas que gracias a Dios son moderados. Aún hay esperanza para la socialdemocracia española, porque hay un camino social, español, estatalista, abierto a la nueva economía, que está por descubrir, y no tiene que ser ni populista ni antisistema ni, por supuesto, nacionalista. Y el PP, dando razones. Pero esa es otra historia.

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