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16 AGOSTO 2017
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La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 3  106 votos
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Sin duda, con este título abordamos un tema delicado, complejo, objeto de muchas controversias. Para obtener una reflexión mínimamente útil habría que tener presentes al menos dos factores: el primero es el escenario histórico y sus cambios, y el segundo todo lo que sugiere la fe en el momento histórico actual, a la luz del magisterio del Papa. Resumiendo, tener claro el contexto histórico que ha llevado a la situación presente y tener claro qué es lo que más urge en este momento desde el punto de vista de la fe.

No cabe duda. Los últimos setenta años, desde la posguerra hasta hoy, han visto variaciones sensibles en la presencia de los católicos en el espacio democrático, que ha sufrido profundas mutaciones. Desde 1945 hasta los primeros años 90, el catolicismo político encontró su expresión en la Democracia Cristiana, baluarte de la democracia italiana. La DC era, frente a un partido comunista orgánicamente ligado a la Unión Soviética, la democracia italiana, y esto lo reconocerán, después de 1989, ilustres exponentes del Partido Comunista. La ecuación entre DC y democracia italiana fue posible por una serie de motivos. Primero, el partido de los católicos era un partido popular de masas, el único capaz de oponerse al PC. Los partidos laicos, por el contrario, no tenían ningún consenso popular. Era el partido de la mediación entre las clases sociales y, en este sentido, era un partido "popular". El segundo motivo dependía de la legitimación de las potencias vencedoras, empezando por Estados Unidos. No se podía gobernar sin el consenso americano. Italia era un país vencido, esto lo solemos olvidar, era un país bajo tutela. Y lo sigue siendo, setenta años después. Tercer motivo, la DC no fue un partido clerical sino el heredero del partido popular de Sturzo, es decir, un partido laico de inspiración católica. La DC siempre tuvo esta naturaleza de partido laico de los católicos, y eso era bueno. Esa naturaleza laical y no clerical de la DC permitió el apoyo de las masas. De hecho, en este partido la presencia pública de los católicos se expresaba con figuras de altísimo nivel, como De Gasperi, Fanfani, Moro y el siciliano La Pira.

El ocaso de la DC llega en el plano ideal como partido en 1978, con la muerte de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas. Ya no se repondrá de aquella muerte. En el plano formal, su ocaso se remonta al 89, de tal modo que tenemos la paradoja de una victoria -la del comunismo histórico- que se convierte en una derrota. Los partidos vencedores en la gran lucha con el comunismo serán barridos de la escena pública después de 1989. ¿Por qué? Porque América, Occidente, ya no los necesita. Decae la excepción de un partido de los católicos, tolerado como único partido de masas capaz de oponerse al partido comunista. El fin de la DC plantea un problema a los católicos italianos: ¿cómo posicionarse ahora en el espacio público democrático? En el fondo, la DC había garantizado, laica y democráticamente, la equivalencia entre la unidad eclesial y la unidad política, entre la pertenencia eclesial y la pertenencia política parecía haber una perfecta continuidad. El católico votaba en Italia a la DC, un partido compuesto por muchas almas. Cuando la DC se deshizo, convirtiéndose primero en el Partido Popular y después confluyendo una parte en Forza Italia y otra en el Partido Demócrata, se abre paso el pluralismo político de los católicos. Un proceso que tiene su reflejo en la unidad eclesial.

¿Cuál es el camino de la Iglesia italiana tras el fin de la DC? El indicado por la Conferencia Episcopal, concretamente por su presidente, el cardenal Ruini, promotor del llamado "proyecto cultural". La idea de fondo es que se puede mantener un legítimo pluralismo de los católicos en las fuerzas políticas, previa unidad ética sobre los valores fundamentales, es decir, sobre los principios o valores no negociables. La Iglesia, con realismo, se da cuenta de que la unidad política de los católicos se ha acabado, ya no existe una amenaza como la que representaba el viejo PC. Lo relevante ahora es la unidad moral de los católicos en torno a ciertos valores. Aunque presentes en diversas fuerzas políticas, los católicos en el Parlamento podían encontrarse unidos cuando se discutiera sobre ciertos valores fundamentales, los principios no negociables. Esta es la estrategia que la Iglesia italiana inaugura a partir de mediados de los 90. Una posición con méritos innegables: realista, capaz de tomar conciencia de la situación, decidida a no tirar la toalla ante el proceso de secularización. Pero los límites eran evidentes.

Mientras tanto, se renunciaba a la formación del laicado católico, pues la CEI se había convertido en el único sujeto político tras el fin de la DC. Toda la Iglesia italiana, a nivel político, se veía representada en el cardenal Ruini. La Iglesia no parece ya preocupada por formar un laicado católico adulto, capaz de expresar una posición pública, y el riesgo que corre es el clericalismo. La Iglesia es la que gestiona directamente con el gobierno y las instituciones los asuntos de interés común; y los movimientos eclesiales sufren el impacto. Tuvieron su momento de gloria durante el pontificado de Juan Pablo II, pero después del 89 dejan de ser relevantes, dejan de representar la vanguardia de la Iglesia en el mundo. De hecho, la CEI no les dedica especial atención. La caída del comunismo hace que los considere menos interesantes en el contexto de una estrategia política de la Iglesia italiana. Los movimientos dejan de ser centrales en la dinámica de la evangelización del mundo moderno, salen de escena.

Un segundo límite es la concentración de la atención y de las energías eclesiales sobre los valores no negociables. Esta directriz es parcial. Parece sugerir que otros valores, como los de carácter social, ya no son tan importantes y significativos, con la consecuencia de que la Doctrina Social de la Iglesia sea apartada a un lado y ya no se proponga como objeto de formación. Todavía recuerdo las clases de Doctrina Social que, entre finales de los 80 y principios de los 90, dábamos con algunos amigos viajando por toda Italia, con gran éxito de público. Pues bien, entre finales de los 90 y principios de los años 2000, ¿quién habla ya de la Doctrina Social de la Iglesia? Solo quedan los valores no negociables, que por supuesto son determinantes, pero no agotan el cuadro del compromiso público de los católicos en la sociedad democrática.

Un tercer límite viene dado por la posición de la Iglesia, afectada de clericalismo, en una determinada zona política. Si una postura cristiana adopta la Doctrina Social en su integridad se plantea, inevitablemente, de manera transversal en el escenario político, no puede ser bandeada ni a la derecha ni a la izquierda. De hecho, la Doctrina Social abraza varios motivos, ofrece un variado escaparate de posiciones. Ninguna fuerza política puede personificar hoy por entero, en el Parlamento, la Doctrina Social de la Iglesia. Pero en la medida en que la Doctrina Social se limita a dos o tres valores, la Iglesia deja de ser transversal y se sitúa inevitablemente en una cierta zona, la de centro-derecha, que por un lado es contraria al aborto y por otro es liberal en el ámbito socioeconómico. Desde el momento en que el terreno social deja de interesar, ya no hay problema en compartir una línea liberal. Así, por un lado se está en contra del relativismo y por otro se es totalmente favorable al libre mercado. Pierde cada vez más interés el tema del bienestar y del estado social. Quien no comprende el nexo entre relativismo y globalización no comprende el mundo contemporáneo. La globalización significa "cultura del descarte", por usar el lenguaje del Papa Francisco, una consideración técnica y económica de la vida que, inevitablemente, produce descartes, pues las franjas más débiles de la sociedad son eliminadas. Esta cultura técnica, base del relativismo contemporáneo, niega cualquier valor absoluto. Todos los valores son "valores" económicos, técnicos, parámetros de rentabilidad y eficiencia. Es la mentalidad económica la que se eleva a valor absoluto, hasta el punto de relativizar todos los demás valores. Librar una batalla contra el relativismo y no criticar, al mismo tiempo, el nuevo sistema económico significa no entender, no ir a la raíz del problema. No se puede estar en contra del relativismo y aceptar acríticamente la globalización. Sin embargo, puntos de referencia de la Iglesia, entre finales de los 90 y principios de los 2000, se convierten en autores liberales: Ernesto Galli della Loggia, Giuliano Ferrara, Marcello Pera, Angelo Panebianco, por citar solo algunos. Son todos intelectuales laicos y de una cierta zona. No hay un solo intelectual católico relevante que sea punto de referencia de la Iglesia italiana en esos años. Se trata, indudablemente, de un hecho singular. La subordinación cultural a los liberal-conservadores, que en gran medida después del 11 de septiembre abrazan la perspectiva "teocon", constituye la herencia de la década 1995- 2005. La presencia de los católicos en la sociedad pluralista ya solo se concibe como dique de contención ante el relativismo, es decir como presencia reactiva. Es la "Iglesia extraparlamentaria", como la llama Sandro Magister, que recaba su apoyo al poder para conservar un pequeño número de valores. Esta función de dique de contención -san Pablo hablaría de katechon- es sin duda legítima, y Ruini tiene grandes méritos. En una situación de objetiva dificultad logró grandes éxitos, ¿pero qué queda de los grandes congresos culturales organizados por la CEI en aquellos años?

La preocupación por hacer de dique de contención no puede totalizar ni la presencia de los católicos en política ni la presencia eclesial en cuanto tal. No puede totalizar una presencia pública y política porque, como hemos dicho, los valores sociales también son importantes. Se muere por aborto y se muere por pobreza, por guerras, etc. La Doctrina Social indica un horizonte complejo que trasciende la oposición derecha-izquierda. Por poner un ejemplo, el primer Family Day italiano, que en 2007 se celebró en Roma, pudo aspirar a cierta utilidad efectiva porque tenía el apoyo de Berlusconi y de los partidos que le apoyaban en el Parlamento. Por el contrario, su edición de 2015 no tuvo ninguna utilidad. Las 80-100.000 personas que se dieron cita se movilizaron desde toda Italia con gran sacrificio, pero en aquella ocasión estuvieron presentes muy pocos diputados, no había representación política. No se puede movilizar a cien mil personas sin un resultado político. No se puede hacer por "testimonio", porque las Cortes no hacen caso del testimonio sino de la incidencia. La manifestación de 2015 no sirvió para nada. Tampoco la de 2007, que debía ir acompañada de una verdadera política social y familiar que nunca se aprobó. El problema de Italia no es en primer lugar el matrimonio homosexual. El problema es una política familiar desatendida por todos los gobiernos, de derechas y de izquierdas. Los que se casan y tienen hijos están considerablemente penalizados en comparación con los que no lo hacen. La laica Francia tiene una legislación familiar mucho más avanzada que Italia, hasta el punto de que en Francia nacen más niños porque los padres tienen apoyo del Estado. La Iglesia no puede limitarse simplemente a criticar el matrimonio homosexual, ante todo debe apoyar, a nivel institucional, el valor y la sostenibilidad social de la familia. La oposición al matrimonio homosexual ha dejado en segundo plano la promoción social de la familia, cuando las dos cosas iban unidas.

Hay otro punto en que la CEI, polarizada en proyectos culturales, ha mostrado sus limitaciones. La Iglesia, frente al proceso de secularización, relativismo y nihilismo, no podía dejar de tener la prioridad de una nueva evangelización. La Iglesia, concebida "solo" como dique de contención frente a la deriva nihilista, era una Iglesia reactiva, que no ponía de relieve la dinámica de una nueva evangelización. Al contrario, en aquellos años los informes de los encuentros mensuales de la CEI representaban un contrapunto a la política de los gobiernos, ofrecían una serie de hojas de reclamaciones sin que la palabra "Cristo" aflorara de verdad. La tarea de los obispos es ante todo garantizar que pueda volver a suceder el acontecimiento cristiano dentro de una sociedad secularizada. Este debe ser el primer objetivo, como sensibilidad, como dinámica, como atención. El proceso de politización de la CEI, que sustituyó a la DC tras su desaparición, no ha ayudado. La CEI, concebida como una suerte de agencia ético-civil en conflicto con un mundo extraño, se ha cerrado en los límites de una fortaleza asediada. Hasta tal punto se ha perdido el nexo entre evangelización y promoción humana que constituía el perno de los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II.

El cuadro que hemos dibujado era la premisa necesaria para llegar hasta hoy y comprender cómo se ha creado, en el seno del mundo católico, una dialéctica entre los católicos del testimonio y los del compromiso civil. Una dialéctica que se explica muy bien a la luz de la herencia descrita hasta aquí. Ante la reducción del compromiso público de los cristianos con la promoción de una esfera parcial de valores, olvidando la acción misionera de la fe, es normal que en ciertos movimientos cristianos se ponga ahora el acento sobre lo que viene antes. De hecho, el relativismo contemporáneo no puede resolverse simplemente a nivel doctrinal. En todo caso, puede abordarse en el ámbito político, pero solo si los números del Parlamento lo permiten. La cuestión es que el relativismo, en su raíz, depende de una opción moral, existencial. En este aspecto, solo un testimonio de vida cristiana auténtica puede hacer cambiar las perspectivas y estilos que abundan en la cultura dominante. En un mundo poscristiano, neopagano, un mundo de pecadores que ya no tienen conciencia de pecado, solo el testimonio puede despertar el deseo de una vida distinta. El primado concedido al testimonio surge pues de la conciencia directa de lo que la humanidad es a día de hoy, en este momento histórico. El testimonio adquiere aquí para la Iglesia una prioridad respecto a la dimensión katechontica, es decir de contención de la deriva ética. Esto significa que el anuncio del Evangelio viene antes que la moral, que lo esencial precede a las consecuencias.

Si uno no entiende este punto, no entiende el pontificado de Francisco. De hecho, muchos le acusan de ser relativista. Pero pensemos en lo que el Papa Francisco ha afirmado sobre todo en la Evangelii Gaudium. Algunos pasajes de esta exhortación apostólica, especialmente los párrafos 34 a 39, son importantísimos para entender el sentido de este pontificado. El Papa habla aquí de una "pastoral en clave misionera". Y toda la perspectiva del Papa es, por lo demás, en clave misionera partiendo de una Iglesia en salida. Una de las frases que el Papa cita con más frecuencia es una expresión que toma de la Deus Caritas Est de Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Esta es la dinámica con que el cristianismo puede volver a suceder hoy, en el mundo relativista. Este es el punto focal, el kairos, como dirían los teólogos. Si uno piensa que el problema humano se resuelve hoy por la vía moral, es que no ha penetrado en la condición existencial actual. Nadie se convierte por la vía de una doctrina moral. También lo escribe el Papa: «Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario» (EG, 35). Me llama la atención el término "atractivo", que el Papa ha usado también en otras partes. Muchos recordarán el alcance que tenía esta categoría para el educador católico más importante del siglo XX italiano, don Luigi Giussani. El adopta la misma perspectiva. El cristianismo sucede hoy por atractivo. «La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado.

En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que "hay un orden o jerarquía en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana". Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral» (EG, 35-36). Y añade: «Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas» (EG, 39).

Entrevistado por el padre Spadaro, el Papa afirma: «No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. (...) Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús».

Se trata entonces de una perspectiva que no está condicionada previamente por ningún tipo de pertenencia política o ideológica. Si el encuentro se convierte en la dinámica de una Iglesia misionera, no hay condiciones previas de carácter ideológico y político que puedan servirle de freno. El encuentro es para todos y no se deja condicionar por nada. Esta prioridad no es aferrada por aquellos para quienes estar en el mundo de hoy coincide con el compromiso político directo. Para los herederos de la etapa de los valores no negociables, la prioridad concedida al testimonio significa la huida por el desierto, la deserción y la "opción religiosa". De este modo, el debate se polariza dialécticamente entre los católicos del testimonio y los del compromiso. Los primeros quedarían indiferentes frente a la deriva nihilista actual, remitiendo el cambio al resultado de una conversión desde abajo: el "largo camino". Los segundos confían en el poder y se lanzan al cuerpo a cuerpo: la "vía breve". Ahora bien, si los términos se plantean de esta manera, resulta imposible salir. Esta dialéctica que atraviesa el mundo católico es una de las cosas más tristes que ha dejado en herencia la etapa anterior. El catolicismo es síntesis, y esta síntesis encuentra hoy expresión en el magisterio de Francisco, donde vive con plenitud la unidad que ya reivindicaba Pablo VI, es decir, aquella entre evangelización y promoción humana. La prioridad que Francisco pide al encuentro, el anuncio, el testimonio, la misericordia, por tanto lo que "primerea" -la gracia de Dios- no se plantea como alternativa dialéctica respecto al compromiso político en el mundo. Esta prioridad no excluye, al contrario implica la opción preferencial por los pobres, por los "descartes" del modelo tecnocrático dominante. Una categoría, esta, que incluye a los niños aún no nacidos, a los "mal nacidos", a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes sin trabajo, a los migrantes, a los "invisibles", a los débiles de la tierra. La Iglesia que anuncia es también la Iglesia que lucha contra la pobreza, las nuevas formas de esclavitud, la violencia, las guerras, la prostitución.

Este compromiso implica directamente al laicado. La Iglesia forma conciencias pero es el laico quien libremente se pone en juego en las instituciones públicas de la sociedad democrática. De tal modo, el cuadro se aclara. Se trata de iluminar la relación entre unidad y distinción. En la Iglesia, todos están llamados a ser testigos de Cristo frente al mundo. Muchos son llamados a trabajar por la promoción humana. Cristo es salvador y médico a la vez, cura el alma y los cuerpos. Igualmente los cristianos, pero no todos de la misma forma. No entender esto es caer en el temporalismo o en el clericalismo. El compromiso político directo es una vocación. No podemos pedir a todos lo que es una vocación. Vocación por otro lado elevadísima, pues la política es la forma más alta de la caridad, como decía Pablo VI. La Iglesia no es un sujeto político, no lo es en sentido directo. Si llega a serlo, entonces, en el mundo pluralista, se convierte en una parte, un partido, un lobby que no puede hablar a todos, deja de ser libre, paga su poder con la pérdida de libertad. Los cristianos comprometidos en lo temporal son en cambio una parte, están presentes en uno o más partidos, desarrollan una tarea esencial que es la lucha por el bien común, ayudan a la libertad de la Iglesia y al bien común, pero no representan directamente a la Iglesia, representan su propia conciencia de creyentes, y no pueden implicar a la Iglesia en la arena política. Asumen sus propias responsabilidades corriendo el riesgo de equivocarse. En la Iglesia, nada excluye nada. El testimonio no excluye esa peculiar forma de testimonio que es el compromiso civil, y este último no excluye un libre testimonio eclesial que trasciende la forma política. Es una sana polaridad entre los que se comprometen directamente en la esfera política y los que en cambio se ponen en juego con un libre testimonio eclesial. La política también represente, obviamente, para el cristiano una forma de testimonio, pero su dinámica no coincide enteramente con una presencia eclesial. Esta polaridad debe ser reconocida y respetada, sin la pretensión de que todos hagan todo, o hagan las mimas cosas. La tensión entre evangelización y promoción humana es rica y fecunda, y excluye tanto la identidad como la contradicción.

La falsa dialéctica que anima a algunos que están dispuestos a decir que el testimonio no necesita del compromiso civil o, al contrario, que el compromiso civil agota el testimonio, es realmente estéril y dañina, síntoma de realidades eclesiales que corren el riesgo de encerrarse en sí mismas, con el rostro girado nostálgicamente hacia el propio pasado. La cuestión no es lo que ha sido sino el momento actual del mundo y de la Iglesia. En un mundo radicalmente secularizado, los valores cristianos, como decía Romano Guardini en “El fin de la modernidad”, obra profética escrita en 1950, están condenados a agotarse, a evaporarse. Cuanto más avanza la secularización, más decaen los valores, y con ellos la herencia cristiana. Cuando el mundo laico se apropió de esos valores, los secó al cortarles la raíz. Para Guardini, siempre habrá una diferencia entre el cristiano y el nihilista, siempre quedará la caridad, y será más significativa cuanto más la necesite el mundo al verse privado de ella. Es exactamente la misma perspectiva de Francisco, que lo apuesta todo por la misericordia, el testimonio y la forma del testimonio como misericordia. La caridad de la que habla Guardini es el factor que marca la diferencia en los tiempos del nihilismo. ¿Qué quiere decir nihilismo? Un mundo sin gratuidad, donde todo está reducido a valores intercambiables, comercializables, manipulables, todo es objeto de mi propio placer e interés. De este modo, la misericordia se revela como un amor imposible al hombre, una gratuidad que se abre paso en las tinieblas del nihilismo.

El testimonio tiene prioridad. Y no excluye el compromiso con los valores, el compromiso público, que es importante llevar adelante en las sedes oportunas. Si una deriva antropológica se puede limitar en el ámbito legislativo, hay que hacerlo, y será un bien para todos. Pero no se sale del nihilismo por llegar a frenar una ley injusta. La coincidencia absoluta entre la perspectiva de Guardini y la de Francisco debe hacernos comprender el núcleo de la cuestión: el nihilismo solo puede ser vencido por un gran afecto, lo cual no significa que las consecuencias inhumanas del nihilismo no deban ser laicamente contrastadas en sede política.

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El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

El loco, las pastillas y la geoestrategia

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  1005 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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