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20 MARZO 2019
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La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 3  288 votos
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Sin duda, con este título abordamos un tema delicado, complejo, objeto de muchas controversias. Para obtener una reflexión mínimamente útil habría que tener presentes al menos dos factores: el primero es el escenario histórico y sus cambios, y el segundo todo lo que sugiere la fe en el momento histórico actual, a la luz del magisterio del Papa. Resumiendo, tener claro el contexto histórico que ha llevado a la situación presente y tener claro qué es lo que más urge en este momento desde el punto de vista de la fe.

No cabe duda. Los últimos setenta años, desde la posguerra hasta hoy, han visto variaciones sensibles en la presencia de los católicos en el espacio democrático, que ha sufrido profundas mutaciones. Desde 1945 hasta los primeros años 90, el catolicismo político encontró su expresión en la Democracia Cristiana, baluarte de la democracia italiana. La DC era, frente a un partido comunista orgánicamente ligado a la Unión Soviética, la democracia italiana, y esto lo reconocerán, después de 1989, ilustres exponentes del Partido Comunista. La ecuación entre DC y democracia italiana fue posible por una serie de motivos. Primero, el partido de los católicos era un partido popular de masas, el único capaz de oponerse al PC. Los partidos laicos, por el contrario, no tenían ningún consenso popular. Era el partido de la mediación entre las clases sociales y, en este sentido, era un partido "popular". El segundo motivo dependía de la legitimación de las potencias vencedoras, empezando por Estados Unidos. No se podía gobernar sin el consenso americano. Italia era un país vencido, esto lo solemos olvidar, era un país bajo tutela. Y lo sigue siendo, setenta años después. Tercer motivo, la DC no fue un partido clerical sino el heredero del partido popular de Sturzo, es decir, un partido laico de inspiración católica. La DC siempre tuvo esta naturaleza de partido laico de los católicos, y eso era bueno. Esa naturaleza laical y no clerical de la DC permitió el apoyo de las masas. De hecho, en este partido la presencia pública de los católicos se expresaba con figuras de altísimo nivel, como De Gasperi, Fanfani, Moro y el siciliano La Pira.

El ocaso de la DC llega en el plano ideal como partido en 1978, con la muerte de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas. Ya no se repondrá de aquella muerte. En el plano formal, su ocaso se remonta al 89, de tal modo que tenemos la paradoja de una victoria -la del comunismo histórico- que se convierte en una derrota. Los partidos vencedores en la gran lucha con el comunismo serán barridos de la escena pública después de 1989. ¿Por qué? Porque América, Occidente, ya no los necesita. Decae la excepción de un partido de los católicos, tolerado como único partido de masas capaz de oponerse al partido comunista. El fin de la DC plantea un problema a los católicos italianos: ¿cómo posicionarse ahora en el espacio público democrático? En el fondo, la DC había garantizado, laica y democráticamente, la equivalencia entre la unidad eclesial y la unidad política, entre la pertenencia eclesial y la pertenencia política parecía haber una perfecta continuidad. El católico votaba en Italia a la DC, un partido compuesto por muchas almas. Cuando la DC se deshizo, convirtiéndose primero en el Partido Popular y después confluyendo una parte en Forza Italia y otra en el Partido Demócrata, se abre paso el pluralismo político de los católicos. Un proceso que tiene su reflejo en la unidad eclesial.

¿Cuál es el camino de la Iglesia italiana tras el fin de la DC? El indicado por la Conferencia Episcopal, concretamente por su presidente, el cardenal Ruini, promotor del llamado "proyecto cultural". La idea de fondo es que se puede mantener un legítimo pluralismo de los católicos en las fuerzas políticas, previa unidad ética sobre los valores fundamentales, es decir, sobre los principios o valores no negociables. La Iglesia, con realismo, se da cuenta de que la unidad política de los católicos se ha acabado, ya no existe una amenaza como la que representaba el viejo PC. Lo relevante ahora es la unidad moral de los católicos en torno a ciertos valores. Aunque presentes en diversas fuerzas políticas, los católicos en el Parlamento podían encontrarse unidos cuando se discutiera sobre ciertos valores fundamentales, los principios no negociables. Esta es la estrategia que la Iglesia italiana inaugura a partir de mediados de los 90. Una posición con méritos innegables: realista, capaz de tomar conciencia de la situación, decidida a no tirar la toalla ante el proceso de secularización. Pero los límites eran evidentes.

Mientras tanto, se renunciaba a la formación del laicado católico, pues la CEI se había convertido en el único sujeto político tras el fin de la DC. Toda la Iglesia italiana, a nivel político, se veía representada en el cardenal Ruini. La Iglesia no parece ya preocupada por formar un laicado católico adulto, capaz de expresar una posición pública, y el riesgo que corre es el clericalismo. La Iglesia es la que gestiona directamente con el gobierno y las instituciones los asuntos de interés común; y los movimientos eclesiales sufren el impacto. Tuvieron su momento de gloria durante el pontificado de Juan Pablo II, pero después del 89 dejan de ser relevantes, dejan de representar la vanguardia de la Iglesia en el mundo. De hecho, la CEI no les dedica especial atención. La caída del comunismo hace que los considere menos interesantes en el contexto de una estrategia política de la Iglesia italiana. Los movimientos dejan de ser centrales en la dinámica de la evangelización del mundo moderno, salen de escena.

Un segundo límite es la concentración de la atención y de las energías eclesiales sobre los valores no negociables. Esta directriz es parcial. Parece sugerir que otros valores, como los de carácter social, ya no son tan importantes y significativos, con la consecuencia de que la Doctrina Social de la Iglesia sea apartada a un lado y ya no se proponga como objeto de formación. Todavía recuerdo las clases de Doctrina Social que, entre finales de los 80 y principios de los 90, dábamos con algunos amigos viajando por toda Italia, con gran éxito de público. Pues bien, entre finales de los 90 y principios de los años 2000, ¿quién habla ya de la Doctrina Social de la Iglesia? Solo quedan los valores no negociables, que por supuesto son determinantes, pero no agotan el cuadro del compromiso público de los católicos en la sociedad democrática.

Un tercer límite viene dado por la posición de la Iglesia, afectada de clericalismo, en una determinada zona política. Si una postura cristiana adopta la Doctrina Social en su integridad se plantea, inevitablemente, de manera transversal en el escenario político, no puede ser bandeada ni a la derecha ni a la izquierda. De hecho, la Doctrina Social abraza varios motivos, ofrece un variado escaparate de posiciones. Ninguna fuerza política puede personificar hoy por entero, en el Parlamento, la Doctrina Social de la Iglesia. Pero en la medida en que la Doctrina Social se limita a dos o tres valores, la Iglesia deja de ser transversal y se sitúa inevitablemente en una cierta zona, la de centro-derecha, que por un lado es contraria al aborto y por otro es liberal en el ámbito socioeconómico. Desde el momento en que el terreno social deja de interesar, ya no hay problema en compartir una línea liberal. Así, por un lado se está en contra del relativismo y por otro se es totalmente favorable al libre mercado. Pierde cada vez más interés el tema del bienestar y del estado social. Quien no comprende el nexo entre relativismo y globalización no comprende el mundo contemporáneo. La globalización significa "cultura del descarte", por usar el lenguaje del Papa Francisco, una consideración técnica y económica de la vida que, inevitablemente, produce descartes, pues las franjas más débiles de la sociedad son eliminadas. Esta cultura técnica, base del relativismo contemporáneo, niega cualquier valor absoluto. Todos los valores son "valores" económicos, técnicos, parámetros de rentabilidad y eficiencia. Es la mentalidad económica la que se eleva a valor absoluto, hasta el punto de relativizar todos los demás valores. Librar una batalla contra el relativismo y no criticar, al mismo tiempo, el nuevo sistema económico significa no entender, no ir a la raíz del problema. No se puede estar en contra del relativismo y aceptar acríticamente la globalización. Sin embargo, puntos de referencia de la Iglesia, entre finales de los 90 y principios de los 2000, se convierten en autores liberales: Ernesto Galli della Loggia, Giuliano Ferrara, Marcello Pera, Angelo Panebianco, por citar solo algunos. Son todos intelectuales laicos y de una cierta zona. No hay un solo intelectual católico relevante que sea punto de referencia de la Iglesia italiana en esos años. Se trata, indudablemente, de un hecho singular. La subordinación cultural a los liberal-conservadores, que en gran medida después del 11 de septiembre abrazan la perspectiva "teocon", constituye la herencia de la década 1995- 2005. La presencia de los católicos en la sociedad pluralista ya solo se concibe como dique de contención ante el relativismo, es decir como presencia reactiva. Es la "Iglesia extraparlamentaria", como la llama Sandro Magister, que recaba su apoyo al poder para conservar un pequeño número de valores. Esta función de dique de contención -san Pablo hablaría de katechon- es sin duda legítima, y Ruini tiene grandes méritos. En una situación de objetiva dificultad logró grandes éxitos, ¿pero qué queda de los grandes congresos culturales organizados por la CEI en aquellos años?

La preocupación por hacer de dique de contención no puede totalizar ni la presencia de los católicos en política ni la presencia eclesial en cuanto tal. No puede totalizar una presencia pública y política porque, como hemos dicho, los valores sociales también son importantes. Se muere por aborto y se muere por pobreza, por guerras, etc. La Doctrina Social indica un horizonte complejo que trasciende la oposición derecha-izquierda. Por poner un ejemplo, el primer Family Day italiano, que en 2007 se celebró en Roma, pudo aspirar a cierta utilidad efectiva porque tenía el apoyo de Berlusconi y de los partidos que le apoyaban en el Parlamento. Por el contrario, su edición de 2015 no tuvo ninguna utilidad. Las 80-100.000 personas que se dieron cita se movilizaron desde toda Italia con gran sacrificio, pero en aquella ocasión estuvieron presentes muy pocos diputados, no había representación política. No se puede movilizar a cien mil personas sin un resultado político. No se puede hacer por "testimonio", porque las Cortes no hacen caso del testimonio sino de la incidencia. La manifestación de 2015 no sirvió para nada. Tampoco la de 2007, que debía ir acompañada de una verdadera política social y familiar que nunca se aprobó. El problema de Italia no es en primer lugar el matrimonio homosexual. El problema es una política familiar desatendida por todos los gobiernos, de derechas y de izquierdas. Los que se casan y tienen hijos están considerablemente penalizados en comparación con los que no lo hacen. La laica Francia tiene una legislación familiar mucho más avanzada que Italia, hasta el punto de que en Francia nacen más niños porque los padres tienen apoyo del Estado. La Iglesia no puede limitarse simplemente a criticar el matrimonio homosexual, ante todo debe apoyar, a nivel institucional, el valor y la sostenibilidad social de la familia. La oposición al matrimonio homosexual ha dejado en segundo plano la promoción social de la familia, cuando las dos cosas iban unidas.

Hay otro punto en que la CEI, polarizada en proyectos culturales, ha mostrado sus limitaciones. La Iglesia, frente al proceso de secularización, relativismo y nihilismo, no podía dejar de tener la prioridad de una nueva evangelización. La Iglesia, concebida "solo" como dique de contención frente a la deriva nihilista, era una Iglesia reactiva, que no ponía de relieve la dinámica de una nueva evangelización. Al contrario, en aquellos años los informes de los encuentros mensuales de la CEI representaban un contrapunto a la política de los gobiernos, ofrecían una serie de hojas de reclamaciones sin que la palabra "Cristo" aflorara de verdad. La tarea de los obispos es ante todo garantizar que pueda volver a suceder el acontecimiento cristiano dentro de una sociedad secularizada. Este debe ser el primer objetivo, como sensibilidad, como dinámica, como atención. El proceso de politización de la CEI, que sustituyó a la DC tras su desaparición, no ha ayudado. La CEI, concebida como una suerte de agencia ético-civil en conflicto con un mundo extraño, se ha cerrado en los límites de una fortaleza asediada. Hasta tal punto se ha perdido el nexo entre evangelización y promoción humana que constituía el perno de los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II.

El cuadro que hemos dibujado era la premisa necesaria para llegar hasta hoy y comprender cómo se ha creado, en el seno del mundo católico, una dialéctica entre los católicos del testimonio y los del compromiso civil. Una dialéctica que se explica muy bien a la luz de la herencia descrita hasta aquí. Ante la reducción del compromiso público de los cristianos con la promoción de una esfera parcial de valores, olvidando la acción misionera de la fe, es normal que en ciertos movimientos cristianos se ponga ahora el acento sobre lo que viene antes. De hecho, el relativismo contemporáneo no puede resolverse simplemente a nivel doctrinal. En todo caso, puede abordarse en el ámbito político, pero solo si los números del Parlamento lo permiten. La cuestión es que el relativismo, en su raíz, depende de una opción moral, existencial. En este aspecto, solo un testimonio de vida cristiana auténtica puede hacer cambiar las perspectivas y estilos que abundan en la cultura dominante. En un mundo poscristiano, neopagano, un mundo de pecadores que ya no tienen conciencia de pecado, solo el testimonio puede despertar el deseo de una vida distinta. El primado concedido al testimonio surge pues de la conciencia directa de lo que la humanidad es a día de hoy, en este momento histórico. El testimonio adquiere aquí para la Iglesia una prioridad respecto a la dimensión katechontica, es decir de contención de la deriva ética. Esto significa que el anuncio del Evangelio viene antes que la moral, que lo esencial precede a las consecuencias.

Si uno no entiende este punto, no entiende el pontificado de Francisco. De hecho, muchos le acusan de ser relativista. Pero pensemos en lo que el Papa Francisco ha afirmado sobre todo en la Evangelii Gaudium. Algunos pasajes de esta exhortación apostólica, especialmente los párrafos 34 a 39, son importantísimos para entender el sentido de este pontificado. El Papa habla aquí de una "pastoral en clave misionera". Y toda la perspectiva del Papa es, por lo demás, en clave misionera partiendo de una Iglesia en salida. Una de las frases que el Papa cita con más frecuencia es una expresión que toma de la Deus Caritas Est de Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Esta es la dinámica con que el cristianismo puede volver a suceder hoy, en el mundo relativista. Este es el punto focal, el kairos, como dirían los teólogos. Si uno piensa que el problema humano se resuelve hoy por la vía moral, es que no ha penetrado en la condición existencial actual. Nadie se convierte por la vía de una doctrina moral. También lo escribe el Papa: «Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario» (EG, 35). Me llama la atención el término "atractivo", que el Papa ha usado también en otras partes. Muchos recordarán el alcance que tenía esta categoría para el educador católico más importante del siglo XX italiano, don Luigi Giussani. El adopta la misma perspectiva. El cristianismo sucede hoy por atractivo. «La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado.

En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que "hay un orden o jerarquía en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana". Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral» (EG, 35-36). Y añade: «Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas» (EG, 39).

Entrevistado por el padre Spadaro, el Papa afirma: «No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. (...) Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús».

Se trata entonces de una perspectiva que no está condicionada previamente por ningún tipo de pertenencia política o ideológica. Si el encuentro se convierte en la dinámica de una Iglesia misionera, no hay condiciones previas de carácter ideológico y político que puedan servirle de freno. El encuentro es para todos y no se deja condicionar por nada. Esta prioridad no es aferrada por aquellos para quienes estar en el mundo de hoy coincide con el compromiso político directo. Para los herederos de la etapa de los valores no negociables, la prioridad concedida al testimonio significa la huida por el desierto, la deserción y la "opción religiosa". De este modo, el debate se polariza dialécticamente entre los católicos del testimonio y los del compromiso. Los primeros quedarían indiferentes frente a la deriva nihilista actual, remitiendo el cambio al resultado de una conversión desde abajo: el "largo camino". Los segundos confían en el poder y se lanzan al cuerpo a cuerpo: la "vía breve". Ahora bien, si los términos se plantean de esta manera, resulta imposible salir. Esta dialéctica que atraviesa el mundo católico es una de las cosas más tristes que ha dejado en herencia la etapa anterior. El catolicismo es síntesis, y esta síntesis encuentra hoy expresión en el magisterio de Francisco, donde vive con plenitud la unidad que ya reivindicaba Pablo VI, es decir, aquella entre evangelización y promoción humana. La prioridad que Francisco pide al encuentro, el anuncio, el testimonio, la misericordia, por tanto lo que "primerea" -la gracia de Dios- no se plantea como alternativa dialéctica respecto al compromiso político en el mundo. Esta prioridad no excluye, al contrario implica la opción preferencial por los pobres, por los "descartes" del modelo tecnocrático dominante. Una categoría, esta, que incluye a los niños aún no nacidos, a los "mal nacidos", a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes sin trabajo, a los migrantes, a los "invisibles", a los débiles de la tierra. La Iglesia que anuncia es también la Iglesia que lucha contra la pobreza, las nuevas formas de esclavitud, la violencia, las guerras, la prostitución.

Este compromiso implica directamente al laicado. La Iglesia forma conciencias pero es el laico quien libremente se pone en juego en las instituciones públicas de la sociedad democrática. De tal modo, el cuadro se aclara. Se trata de iluminar la relación entre unidad y distinción. En la Iglesia, todos están llamados a ser testigos de Cristo frente al mundo. Muchos son llamados a trabajar por la promoción humana. Cristo es salvador y médico a la vez, cura el alma y los cuerpos. Igualmente los cristianos, pero no todos de la misma forma. No entender esto es caer en el temporalismo o en el clericalismo. El compromiso político directo es una vocación. No podemos pedir a todos lo que es una vocación. Vocación por otro lado elevadísima, pues la política es la forma más alta de la caridad, como decía Pablo VI. La Iglesia no es un sujeto político, no lo es en sentido directo. Si llega a serlo, entonces, en el mundo pluralista, se convierte en una parte, un partido, un lobby que no puede hablar a todos, deja de ser libre, paga su poder con la pérdida de libertad. Los cristianos comprometidos en lo temporal son en cambio una parte, están presentes en uno o más partidos, desarrollan una tarea esencial que es la lucha por el bien común, ayudan a la libertad de la Iglesia y al bien común, pero no representan directamente a la Iglesia, representan su propia conciencia de creyentes, y no pueden implicar a la Iglesia en la arena política. Asumen sus propias responsabilidades corriendo el riesgo de equivocarse. En la Iglesia, nada excluye nada. El testimonio no excluye esa peculiar forma de testimonio que es el compromiso civil, y este último no excluye un libre testimonio eclesial que trasciende la forma política. Es una sana polaridad entre los que se comprometen directamente en la esfera política y los que en cambio se ponen en juego con un libre testimonio eclesial. La política también represente, obviamente, para el cristiano una forma de testimonio, pero su dinámica no coincide enteramente con una presencia eclesial. Esta polaridad debe ser reconocida y respetada, sin la pretensión de que todos hagan todo, o hagan las mimas cosas. La tensión entre evangelización y promoción humana es rica y fecunda, y excluye tanto la identidad como la contradicción.

La falsa dialéctica que anima a algunos que están dispuestos a decir que el testimonio no necesita del compromiso civil o, al contrario, que el compromiso civil agota el testimonio, es realmente estéril y dañina, síntoma de realidades eclesiales que corren el riesgo de encerrarse en sí mismas, con el rostro girado nostálgicamente hacia el propio pasado. La cuestión no es lo que ha sido sino el momento actual del mundo y de la Iglesia. En un mundo radicalmente secularizado, los valores cristianos, como decía Romano Guardini en “El fin de la modernidad”, obra profética escrita en 1950, están condenados a agotarse, a evaporarse. Cuanto más avanza la secularización, más decaen los valores, y con ellos la herencia cristiana. Cuando el mundo laico se apropió de esos valores, los secó al cortarles la raíz. Para Guardini, siempre habrá una diferencia entre el cristiano y el nihilista, siempre quedará la caridad, y será más significativa cuanto más la necesite el mundo al verse privado de ella. Es exactamente la misma perspectiva de Francisco, que lo apuesta todo por la misericordia, el testimonio y la forma del testimonio como misericordia. La caridad de la que habla Guardini es el factor que marca la diferencia en los tiempos del nihilismo. ¿Qué quiere decir nihilismo? Un mundo sin gratuidad, donde todo está reducido a valores intercambiables, comercializables, manipulables, todo es objeto de mi propio placer e interés. De este modo, la misericordia se revela como un amor imposible al hombre, una gratuidad que se abre paso en las tinieblas del nihilismo.

El testimonio tiene prioridad. Y no excluye el compromiso con los valores, el compromiso público, que es importante llevar adelante en las sedes oportunas. Si una deriva antropológica se puede limitar en el ámbito legislativo, hay que hacerlo, y será un bien para todos. Pero no se sale del nihilismo por llegar a frenar una ley injusta. La coincidencia absoluta entre la perspectiva de Guardini y la de Francisco debe hacernos comprender el núcleo de la cuestión: el nihilismo solo puede ser vencido por un gran afecto, lo cual no significa que las consecuencias inhumanas del nihilismo no deban ser laicamente contrastadas en sede política.

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La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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>Entrevista a Daniel Gascón

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Entrevista a Tulio Álvarez

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El otro es un bien, también en política

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