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20 SEPTIEMBRE 2018
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La cultura en tiempos difíciles

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  154 votos
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Félix de Azúa rescataba en su columna de El País las palabras de Malraux, un presidente soviético, con las que clausuraba el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura de 1935. "Una obra de arte es un objeto, pero también un encuentro con el tiempo", cita Azúa, "creamos las obras de arte cuando ellas nos crean a nosotros", y continúa él su relato: "se dirigió entonces a los soviéticos para decirles que estaban allí para crear una nueva conciencia ‘con el milenario dolor de los humanos’. Para lo cual era imprescindible que las obras de arte resucitaran y nos miraran a los ojos y nos permitieran ver, porque eso era la cultura, volver a ver".

Sobre este mismo concepto reflexionaba Imma Monsó en La Vanguardia con motivo de la presentación del libro L'amic de la Finca Roja, de Mercé Ibarz. Dice: "su lectura me dejó preguntándome, una vez más, cómo se proporciona cohesión a una multiplicidad de intereses culturales (y cotidianos) tan diversos. Con la pregunta venía la respuesta: lo que proporciona cohesión es la capacidad de maravillarse de la autora". Más adelante explica por qué: "cose bien los puntos de luz que iluminaron su formación. A veces son muy distantes y a menudo brillan donde no se los espera. Lo difícil es darles una forma. Yo los he visto en este libro en forma de constelación. Un puñado de estrellas (no inalcanzables sino vividas, conocidas, visitadas, leídas, miradas, admiradas por la autora)".

Podríamos decir que un ejemplo de hacer cultura, así entendida, es lo que escribe Pilar Rahola sobre su hija de diecisiete años: "La contemplo en su belleza insolente, en su despreocupada felicidad, y la mezcla de orgullo y miedo se enquista en la mitad de la garganta, allí donde mueren los gritos que no queremos gritar. Y, sin embargo, gritaríamos, ¡no, para!, ni se te ocurra dejar atrás esa niñita deliciosa que paraba el mundo cuando lo miraba con sus bellos ojos rasgados. Pero no hay nada más implacable que la biología, y aunque queramos retener a la niña que fue, hay una adolescente que pide paso, como una intrusa, está aquí, con su bandera en medio de la plaza, reclamando su tiempo, convertida en la escriba del libro de su vida. Quizás es eso, esa capacidad de los diecisiete para tocar la campanita, nong, nong, se nos va, ya no seremos sus sabios de los deberes, sus infalibles ante las dudas, sus héroes de los cuentos. Otros llegaron que picaron a la puerta y entraron sin permiso, sus amigos, sus novios, sus universos ajenos. Y aunque metamos la nariz por la ranura, así despacito, perdón, permiso, somos extranjeros en ese mundo desconocido. ¿Cómo pasó? Y pasó, y ahí está escuchando consejos de otros, ¿quiénes son? (...) Pero entonces me mira, ¡está tan bella!, y de golpe todo miedo se desvanece".

Otro ejemplo es el comienzo de la columna de Borja Hermoso en El País, dice así: "No siempre querer es poder. Hay ratos en los que solo estás tú. Y corre ahí afuera el mundo, no digo que no, pero es un dibujo animado, un paisaje en alta velocidad visto desde un tren que avanza pesado, y dentro del tren vas tú, y ves la vida pasar y a veces, solo algunas veces, pero algunas, tan crueles, tan ahí, piensas que los árboles, los ríos, las montañas, las personas, las vacas y las estaciones no van contigo, que el acontecer acontece contigo fuera, que es una película en cámara rápida que se te escapa, que eres una fruta pelándote a ti misma, de fuera para adentro, que quieres pero no puedes, incluso a veces ni quieres, aunque podrías".

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