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28 JUNIO 2017
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Los refugiados como factor actual de la vocación cristiana

Jorge Martínez Lucena | 0 comentarios valoración: 3  72 votos
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El número de personas que mueren en el Mediterráneo sigue incrementándose drásticamente. Las noticias se suceden. El 17 de enero de 2017 Europa Press decía: “Las muertes en el Mediterráneo se duplican en 2017, con 219 inmigrantes fallecidos”, solo en 17 días. A mediados del año pasado, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, afirmaba que desde 2014 habían muerto ya 10000 personas en este mare nostrum convertido en cementerio. El Papa ha estado en Lampedusa y en Lesbos, rezando por los difuntos y pidiendo ayuda para los que han conseguido llegar y malviven en condiciones denigrantes, sometidos a las inclemencias meteorológicas y a una espera sin sentido ni final previsible. Incluso las portadas han apelado a nuestra conciencia a través de fotografías de niños muertos en las playas, como la de Aylan Kurdi, que no conseguiremos olvidar, en 2015.

El problema no es el silencio mediático. Las noticias no dejan de llegar, aunque pierden notoriedad rápidamente, porque la gente no las elige, no las lee, ni las retuitea o comparte en Facebook. Porque de lo que se trata, no lo olvidemos, es de ser feliz en la medida de nuestras pequeñas posibilidades, y ver la desgracia de nuestros hermanos los inmigrantes y refugiados no ayuda demasiado al buen rollito.

Mientras tanto, nos llenamos la boca de lo importante que es la educación de nuestros hijos, de que el proyecto ilustrado ha fracasado (aunque por suerte a algunos nos queda el cristianismo), de que sólo es posible transmitir los propios valores a través del testimonio de vida, etc. Tenemos clarísimo lo fundamental de transmitir la tradición cristiana a nuestros hijos.

Sin embargo, a uno se le hace un poco cuesta arriba la contradicción entre los alarmantes datos de los refugiados, sus condiciones de vida paupérrimas y en confinamiento, y la irreverente falta de hospitalidad de Europa, que nos convierte en una sociedad post-cristiana de pleno derecho. Algo especialmente sorprendente en países de tradición católica incuestionable como España, donde hace pocos años teníamos marchas por la vida y la familia con casi un millón de manifestantes en las calles de Madrid.

Es verdad que en Barcelona se reunieron 200.000 personas bajo el lema “Nuestra casa, vuestra casa” este febrero y que este mayo hemos visto a 100.000 personas en Milán marchando y coreando el “Juntos sin muros”, encabezados por 200 refugiados portando una lancha neumática. Pero son marchas menos numerosas que la antes mencionada y mucho más plurales y transversales ideológicamente. Lo cual, en dos sentidos, es muy positivo: primero, porque estas manifestaciones se convierten en ocasiones de cohesión social en el contexto de una causa común justa; y segundo, porque una de las razones de la falta de concurrencia católica en dichas manifestaciones es que los obispos no han llamado a filas, lo cual está muy bien, porque así no se substituye la conciencia y la libertad de los feligreses, y podemos tomarle el pulso a nuestro grado de somnolencia real.

El lado negativo o por pulir es la falta de implicación de los católicos en estas manifestaciones públicas. Las razones pueden ser diversas: quizás está pendiente de ampliación el contenido semántico de la palabra vida en nuestras cabezas, quizás la participación de antaño era engañosa, porque era más bien mecánica o ideológica que pasada por el tamiz de la experiencia personal, etc.

El Padre Peio, rector de la Parroquia de Santa Anna en Barcelona (España), contaba el pasado 13 de mayo en el PuntBCN algo que le había ocurrido un día, estando a punto de celebrar misa. Mn. Peio estaba ya revestido en el altar cuando se oyeron gritos de auxilio desde la puerta de la parroquia. Un anciano se había caído y se había abierto la cabeza. La petición se repitió sin que ni uno solo de los fieles que se habían congregado para asistir a la misa dominical se moviese de sus bancos. Finalmente tuvo que ser el mismo sacerdote quien saliese a asistir al padre descalabrado en la misma puerta de la parroquia, manchando su alba de sangre.

Esta historia describe bastante bien lo que podría estar pasando actualmente en la Iglesia. Los refugiados llaman a nuestras puertas y pocos son los que se mueven. Seguimos defendiendo el statu quo, las formas y las normas, incluso al precio de considerar invisibles a todas esas personas y familias, niños incluidos, repito, muchos niños incluidos, que llaman a nuestras puertas. Pese a que el Papa se significa una u otra vez al respecto y mancha sus ropajes sin temer a una Iglesia accidentada, son muchos los católicos que juegan todavía a tener más sentido común que el santo Padre, y se dedican a alargar, como Sheherezade, consideraciones acerca de los peligros sociales que implicaría una mayor acogida de estos expatriados pobres, a los que no queremos básicamente porque amenazan nuestro bienestar, hoy en día el bien más preciado en nuestras latitudes, incluso intramuros de la Iglesia.

Dicho todo esto, volvamos a la educación. Quizás no nos demos cuenta, pero nuestros hijos no nos quitan ojo. Y ellos perciben la inconsistencia de nuestras posturas, a las que con demasiado desparpajo llamamos fe. Nos preocupamos de los no-nacidos y nos desentendemos de los nacidos. Quizás, pensarán, es porque al bebé lo va a mantener su madre y no nos va a afectar demasiado en nuestra economía doméstica. Hacemos bellos discursos sobre cómo en la Iglesia se descubre que la verdadera libertad está en la obediencia, pero cuando calculamos que lo que la autoridad sugiere es demasiado arriesgado y no es obligatorio preferimos recogernos en soluciones más conservadoras, que suelen ser menos accidentadas.

Cuando nuestros hijos se encierran en su mundo virtual, donde la realidad se muestra más acolchada y manejable, le echamos la culpa a la tecnología y a la sociedad relativista y desnortada en la que vivimos. Sin embargo, quizás están imitando a Papá y a Mamá, o a esos señores tan serios, inteligentes y poderosos que nos protegen del dilema moral que encarnan los extranjeros pobres y diferentes, gestionándolos adecuadamente, subcontratando a países periféricos para que los administren en los correspondientes purgatorios ad hoc.

No nos damos cuenta de algo que dice Fabrice Hadjadj en su libro “Puesto que todo está en vías destrucción”. En él nos habla del mundo virtual de los padres cristianos frente a la aficiones virtuales de sus hijos: “(…) el padre se queja de que su hijo esté siempre con los videojuegos; pero él, el padre, siempre está con los libros de historia, en su nostalgia quejosa y, así, aun a su pesar, anima a su hijo a vivir en lo virtual, puesto que él mismo le sugiere que el mundo actual es una desgracia y no es apto para vivir: ‘¡Ah! Si estuviéramos en una sociedad cristiana, en un mundo con Jesús, entonces veríais como daría yo testimonio de Cristo. Pero en ésta, comprendedlo, los cristianos somos incomprendidos, los cristianos somos perseguidos, etc’. Según el padre, que es cristiano, este mundo ya no es el de la aventura cristiana; entonces es normal que el mundo vaya a buscar la aventura en otra parte. Si su padre le hubiera dicho: ‘Ven, hijo mío, vayámonos a China a predicar o morir por Cristo’, o incluso ‘Ven, hijo mío, invitemos a todas las prostitutas del barrio a nuestra mesa’, sin duda, el hijo, sin acabar su partida, habría abandonado la pantalla” (p. 75).

Así pues, el problema ya no es solo la progresiva invisibilidad de los refugiados y de los inmigrantes y el consiguiente y nocivo impacto que este ninguneo al que les sometemos tenga en sus respectivas vidas. El problema es que la fe es un afecto por uno mismo que parte de nuestra experiencia personal de la misericordia: la misma que tuvieron Zaqueo, la Magdalena, Mateo, la samaritana, etc. Y una vivencia de este tipo no te deja igual, sino que te pone en movimiento, en búsqueda de esa mirada que un día te hizo más humano. El método no ha cambiado. Juan y Andrés, nada más conocer a Cristo, le preguntaron dónde vivía. Y al día siguiente estaban allí, como un clavo.

Por eso mismo el Papa Francisco no deja de recordarnos que la crisis de los refugiados es otra de esas ocasiones que nos regala la providencia para reencontrar a Jesús. No es activismo de izquierdas, como dirían algunos, sino una simple oportunidad: la gracia que se cruza en nuestro camino a través de la circunstancia histórica que todos los europeos estamos viviendo, aunque estemos muy ocupados garantizando el bienestar de los nuestros. Porque, como decía el sacerdote, ya venerable, Luigi Giussani: “Las circunstancias por las que Dios nos hace pasar constituyen un factor esencial de nuestra vocación, de la misión a la que Él nos llama; no son un factor secundario”.

Quizás lo que nos parece una amenaza para Europa pueda resultar en un inesperado renacimiento. Sería cuestión de probarlo, cada uno en la medida de sus posibilidades, claro.

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El mal del bando

Fernando de Haro

No se había podido poner mejor ejemplo. El cambio de posición de los socialistas españoles respecto al CETA, el acuerdo de libre comercio de Europa con Canadá, es un caso paradigmático del llamado “mal del bando”. El PSOE, como todo el socialismo europeo, estaba a favor del acuerdo al que solo se oponen los verdes, la extrema derecha y la izquierda extrema de la eurocámara. Pero su nuevo líder quiere cambiar de bando, quiere acercarse a Podemos, y las razones que hasta hace unos días eran válidas han dejado de serlo para castigo de los muchos socialistas que siguen usando la cabeza.

El mal del bando se caracteriza por una pertenencia muy poco sana que clausura la apertura de la razón. En política se justifica por razones tácticas, primero afecta a los partidos y a sus líderes y después a sus votantes. La fórmula se extiende también a la vida social de diferentes modos. El mal del bando le impide al PP, que se autoconcibe como la derecha que ha salvado a España del desastre y que ha hecho posible la recuperación económica, reconocer lo evidente: la falta de control y la acumulación de poder fue un caldo de cultivo para numerosos casos de corrupción. Algunos de sus votantes que lo son porque están convencidos de que el PP puede evitar una descomposición del país, porque creen que es la solución menos mala para la libertad de enseñanza, se sienten moralmente obligados a no tener muy en cuenta sus debilidades: su inclinación a la tecnocracia; su incapacidad para afrontar con seriedad todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación; o simplemente su dificultad para dialogar con la sociedad. Como si el voto fuese una suerte de compromiso de fidelidad a unas siglas que exige no ser exhaustivo en la ponderación de los actores en juego. En la cuestión de la independencia de Cataluña o la unidad de España sucede lo mismo: hay formas de estar juntos, bajo ciertas siglas y ciertas identidades, que alimentan la pereza y que impiden escuchar al que no piensa igual.

El mal del bando tiene especiales consecuencias en la vida social. Si se pertenece, por ejemplo, al de los intelectuales que abanderaron en algún modo el 68 y han hecho un camino de vuelta, se hará gala de un occidentalismo sin fisuras. Nunca se estará dispuesto a reconocer algún valor al mundo musulmán, a la izquierda, y al deseo de cambio del movimiento en que militaron.

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Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  26 votos
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El cantero de Alepo

Fernando de Haro

El cantero de Alepo es un hombre minucioso. No han dado aún las 9 de la mañana. Hace las marcas en una gran piedra blanca y luego las corta con esmero. Son las piedras que servirán para reparar la catedral melquita que ha perdido toda la cubierta por las bombas. La catedral melquita, la catedral armenia y la catedral maronita están juntas, en la pequeña Plaza de Fharat, donde comienza o comenzaba el Viejo Alepo. En las fiestas, en la plaza no cabía un alfiler.

Pero este domingo no hay nadie. Cuando el cantero apaga la sierra mecánica vuelve el silencio y se oye a las tórtolas de Alepo. Las tórtolas se posan sobre las piedras caídas, sobre los muros derribados. Se oyen las tórtolas volar y de vez en cuando las bombas que lanza todavía el ejército de Al Asad contra las posiciones de los yihadistas al oeste de la ciudad. (“No es nada -te explican los amigos cuando pones cara de preocupación- es solo para recordarles a los rebeldes que el ejército tiene controlada la ciudad”).

“Ver cómo ha quedado el Viejo Alepo hace mal al corazón”, me ha dicho una de las personas con las que he hablado estos días. Y lleva razón. No podías imaginar que las palabras mentirosas, la ideología, que parece un juego, sea capaz de sembrar tanta destrucción. Hasta que la ves. Y aquí son las piedras -piedras nobles, calles estrechas, tesoro de siglos que a pesar de haber sido prácticamente reducido a cascotes conserva su belleza-, pero el daño en las madres, en las esposas, en los hijos, ese daño que no se ve es como un océano de dolor inmenso y silencioso. Un océano que se vierte en lágrimas cuando entras en las casas de los vecinos de Alepo y empiezas a escuchar. No hay iglesia en la que no se celebre un funeral.

La bella Alepo, la ciudad cortejada por los cruzados, la que criaba a las más guapas princesas, es ahora una población diezmada. Todos los millennials deberían pasear por la zona este de Alepo, por sus calles reducidas a escombros, por los edificios semidesnudos, por el recuerdo vivísimo del infierno que se ha sufrido aquí en los dos últimos años. Todos deberían pasearse por estas calles de Alepo este para quedar dominados al menos un segundo por el silencio asombrado que te embarga al ver las consecuencias de las ideologías. Para derribar por un instante esa banalidad obstinada en la que vivimos. Detrás de cada piedra que está fuera de su sitio hay una historia, un drama.

Alepo este es una ciudad inhabitable. Alepo oeste es una ciudad sin luz regular, donde truenan los generadores, sin ascensores, con restaurantes de grandes comedores en los que solo se sirve café. A veces da la sensación de que solo las zapaterías y las heladerías tienen género. En algunos barrios solo hay agua corriente dos veces por semana. Y la mayoría de las familias no pueden pagar lo que cuesta un generador para poner una lavadora.

El cantero de Alepo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  64 votos
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Cataluña, a través de la libertad

Fernando de Haro

Dentro de unos meses, quizás semanas, se va a convocar el segundo referéndum de secesión en el seno de la Unión Europea. El primero fue el de Escocia en 2014, el segundo el de Cataluña. Nada impedía que los miembros del Reino de Escocia, unido al de Inglaterra en 1707, votasen tres siglos después sobre una eventual separación. En el caso de España la prohibición de la consulta está contenida en la Constitución de 1978. La libertad de unos cuantos no puede ejercerse sin contar con el soberano, el pueblo. Pero cuando las aguas se tranquilicen, habrá que dar alguna salida al “deseo de decidir” (la libertad) de muchos: las constituciones no son eternas.

En los últimos días hemos conocido el borrador de la llamada “ley de desconexión”. Un texto secretísimo que el Gobierno de la Generalitat de Cataluña tiene preparado para declarar de forma unilateral la independencia. Madrid no va permitir, a diferencia de lo que sucedió en 2014, que el Gobierno independentista instale las urnas para un referéndum que ha sido prohibido por el Tribunal Constitucional. Sobre el papel, según la ley de desconexión, tras la prohibición, se crearía de forma unilateral la República de Cataluña que pasaría a ser titular de los bienes del Estado español en la zona, asumiría a los funcionarios y nombraría a los jueces. El español dejaría de ser lengua oficial.

Con toda probabilidad, nada de esto va a suceder. De hecho, los partidos que defienden la independencia se preparan para unas elecciones autonómicas tras la anulación de la consulta por parte del Tribunal Constitucional. ERC, la formación que, según todos los pronósticos, va a vencer aplazará durante un tiempo la agenda independentista.

Todas las encuestas reflejan que Cataluña está dividida por la mitad entre los partidarios y los contrarios a la independencia (con una ventaja de 4 puntos entre los contrarios que va en aumento). Casi un 70 por ciento de los catalanes rechaza una declaración unilateral de independencia. Pero los partidarios del referéndum, si es pactado, superan el 70 por ciento. Hay una gran mayoría que quiere decidir.

Con el tiempo hemos ido siendo cada vez más conscientes de que en democracia no se pueden mantener en pie valores, por muy esenciales que sean, que no son evidentes para el soberano, es decir para el pueblo. Eso no quiere decir que en democracia todo esté siempre a disposición de cualquier mayoría. La Constitución, como pacto fundacional, establece el cauce por el que el soberano, el pueblo, quiere que naveguen las mayorías. El principio de autolimitación de las libertades rige también para la definición de quién es el propio soberano: una minoría no puede ir contra la mayoría del pueblo de España constitucionalmente definido.

Cataluña, a través de la libertad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  181 votos
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La Venezuela que ya es libre

Fernando de Haro

Error de cálculo, nerviosismo por el miedo a perder el poder. En los próximos días se irá aclarando por qué el chavismo protagonizó la semana pasada un autogolpe de Estado y después intentó dar marcha atrás. Todo indica que estamos ante una guerra civil dentro del propio chavismo. Maduro no controla todos los hilos.

Los hilos de las decisiones del Tribunal Superior de Justicia, que actúa como Tribunal Constitucional, los controla el Ejecutivo. Y el Ejecutivo, en principio, lo controla Maduro. Pero hay indicios de que las sentencias 155 y 156, que vaciaron de competencias a la Asamblea Nacional, son obra del ala extremista del chavismo liderada por Diosdado Cabello. Una decisión a la que se habría opuesto el propio Maduro. Eso explicaría las críticas de la fiscal general del Estado, Luisa Ortega Díaz, mujer que ha prestado grandes servicios al régimen. Sorprendieron sus declaraciones críticas con el Supremo y la descalificación del autogolpe que hizo el Consejo de Defensa Nacional, un organismo a medida del presidente.

El golpe de la semana pasada, impulsado por el sector radical, llegaba en el momento más inoportuno. Cuando la Organización de Estados Americanos (OE), después de años de dudas, estaba estudiando la aplicación de la Carta Interamericana a Venezuela. Esa carta supone en la práctica extender un certificado de dictadura o semidictadura. Privar al parlamento de sus poderes ha dado al resto de los países de la región motivos para su decisión.

El golpe podía ser inoportuno para quien quería mantener todavía una cierta apariencia de democracia. Pero no para los más extremistas, para esa facción del ejército con negocios de blanqueo y narcotráfico, dispuestos a que no haya más elecciones.

En realidad, el golpe en Venezuela ha sido un golpe a cámara lenta. Primero fue el encarcelamiento de muchos opositores (113 presos políticos), entre los que está Leopoldo López. Luego llegó el bloqueo permanente de la Asamblea, la utilización del Tribunal Supremo para validar un decreto de emergencia alimentaria que había rechazado la oposición, las trabas al referéndum revocatorio y su posterior suspensión, así como la eliminación de las elecciones locales. Y lo último había sido el complejo mecanismo, de cumplimiento obligatorio e imposible, para que los partidos de la oposición se inscribieran, de nuevo, en el Consejo Electoral Nacional. Decisión que, en realidad, suponía que las elecciones presidenciales de 2018 fueran elecciones de partido único.

A lo peor Diosdado Cabello y el ala radical del chavismo no han errado el cálculo y simplemente han buscado subir un grado más la polarización, con violencia en las calles, para justificar la cubanización definitiva del régimen.

La Venezuela que ya es libre

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>CINE

La ciudad de las estrellas (La La Land)

Juan Orellana | 0 comentarios valoración: 2  877 votos
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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  839 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  1103 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2199 votos

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