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23 FEBRERO 2018
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Diario de Siria 3

Fernando de Haro, Damasco | 0 comentarios valoración: 3  356 votos
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“¡Mujer no llores!”. Balbuceo algunas palabras de consuelo. Y luego me callo por respeto a esta dolorosa que acabo de conocer. “Aquí fue donde me lo encontré”. Lina Hazim se deshace en lágrimas y se me abraza en el patio del colegio de los armenio-católicos, junto a Bab Touma, la puerta de Santo Tomás, una de las siente puertas del antiguo Damasco. Lina vive a unos metros de Bab Touma, convertida ahora en una zona fuertemente militarizada. Vive en una casa pequeña a la que se sube por una empinada escalera. Fue por estos escalones por los que se lanzó hace cuatro años cuando oyó que había caído un mortero. Tenía el presentimiento de que algo le podía suceder a sus gemelos de 10 años. Y se encontró en el suelo a uno de ellos, a Sinar. Lina lo perdió cuando tenía diez años, su llanto es silencioso y desgarrado. Solo después de unos largos minutos se repone. Caminamos por las calles aledañas a Bab Touma, el barrio cristiano de Damasco, a cien metros la casa de Ananías donde San Pablo se convierte en apóstol. Ha sido el barrio más castigado durante la guerra.

Lina anda sobre unos tacones altos, en vaqueros, con una belleza madura que no esconde. No pasa inadvertida. Parece una figura delicada entre tantos fusiles y tantos uniformes. Pero se muestra muy firme cuando uno de los soldados nos franquea el paso. ¿Por qué el yihadismo atacó especialmente el barrio de Bab Touma? “Por dos razones -me contesta Lina- porque sabían que era un barrio cristiano y porque estaba junto al frente”. Sus vecinos conocen perfectamente el sonido de “los amigos”, así llaman a los misiles del ejército del Gobierno. Primero suena como una cadena rozando sobre metal. Es el momento en el que la han lanzado. Luego hay que esperar algo más de un minuto y entonces se puede oír una explosión ronca. Es el momento en el que ha estallado. Todo es lejano, irreal. El ejército de Al Asad bombardea el vecino barrio de Yoba, el último bastión yihadista. Todo ocurre mientras nos tomamos un café, mis interlocutores no se alteran lo más mínimo.

Bab Touma ha visto correr demasiada sangre en los últimos años. ¿Por qué no te marchas, Lina? “Porque soy de Siria, esta es mi tierra”. ¿Y la fe, tu fe cristiana, cómo te ayuda? “Me ayuda mucho, al principio estaba enfadada con Dios por la muerte de Sinar, ahora no. Ahora sé que está en un lugar seguro”, me contesta.

“La guerra ha sido y es una gran prueba. Y como todas las pruebas, saca lo que hay dentro del corazón, es un fuego que acrisola”, me comenta el Padre Bahjat, un franciscano muy sobrio, muy alto y muy listo, que es uno de los que se encarga de la custodia de la casa de Ananías. “Esta prueba ha alejado a algunos fieles de la fe y a otros les ha incrementado la fe”. De la pertenecia cultural a la pertenencia religiosa. El Padre Bahjat no quiere responderme, dice no saber si hay un plan para acabar con los cristianos de Siria. Pero se remite a los hechos, su número ha disminuido. “Lo que está claro es que el islamismo fundamentalista quiere construir una Siria de un solo color, eliminando todas las minorías”, comenta. Según el Padre Bahjat quedarse en Siria y ser cristiano es una vocación.

Moverse en Damasco lleva tiempo, sobre todo a última hora de la tarde, cuando se rompe el ayuno del Ramadán. Además hay que contar con los numerosos check point. Tiempo para pensar. Y para recordar la última petición de Lina. “No expliques, por favor, a la gente en Occidente que esta es una cuestión de cristianos y de musulmanes. No lo es. Esta es una tierra de los dos”. Siria está llenas de dolorosas, algunas como Lina saben que sus hijos están ahora en un lugar más seguro.

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