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30 OCTUBRE 2020
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Diario de Siria 4

Fernando de Haro, Malula | 0 comentarios valoración: 3  349 votos
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Bajo una morera con las moras todavía verdes y bajo dos nogales, Elías y Osama se bañan en la acequia que recorre la parte baja de Malula. No hace calor, corre una brisa deliciosa, los dos niños se bañan vestidos por el gusto de jugar con el caño del agua. Los juegos han vuelto a esta aldea que arranca de una hendidura en la piedra donde se fundó en el siglo IV, si no antes, un convento dedicado a Santa Tecla, una de las discípulas de San Pablo. El villorrio está abrazado por dos montañas de una caliza roja. Y abundan las cuevas. Muchas de las casas en realidad no son más que prolongaciones de grandes agujeros que parecen haber sido excavados por el viento. Cuando se abre el valle, los huertos completan la belleza de un paisaje moldeado por la mano humana durante siglos. El asentamiento se hunde en el pozo del tiempo.

Las rosas están en flor en este, uno de los pocos pueblos del mundo donde se habla el mismo dialecto del siriaco que hablaba Jesús, el arameo. Es una lengua solo hablada, sin escritura. Entre sus calles, muchas de ellas estrechas, reina un silencio sólo desmentido por las huellas de los tiroteos en muchos muros. En septiembre de 2013 los yihadistas se apostaron cerca del convento de Santa Tecla y comenzaron a gritar en el nombre de Alá, el eco multiplicaba sus voces. Parecían miles. Marah, 27 años, recuerda muy bien el momento porque pasaron delante de su puerta. Estaba embarazada. A su marido, Sarkis, lo secuestraron mientras iba a trabajar al campo. Pidieron un alto rescate, estuvo 50 días en manos de los yihadistas. Antoinette, soltera, cerca de los 40, también recuerda aquella mañana, los asaltantes pidieron a sus hermanos que salieran de su habitación prometiéndoles que no les harían nada. Uno de ellos fue asesinado a sangre fría delante de sus ojos. Antoniette ha vuelto a su casa. Hablamos en la terraza en la que mataron a su hermano. La casa de Antoniette, como la de Marah, cuelga de la roca. Antoniette cuida de su padre casi durante las 24 horas del día, el anciano tiene dificultad para moverse. Marah amasa pasteles caseros sin perder un ojo del hijo por el que tanto temió.

Antoniette y Marah no dudaron en volver a Malula a los pocos días de que fuera liberado. Antoniette está convencida de que fue una intervención divina la que le salvó de la muerte y la que le ha permitido recuperar la movilidad en un brazo, afectado por los disparos. Marah le da las gracias a Dios por haber recuperado a su marido. Sarkis, cuando estaba secuestrado, una de las pocas veces que le permitieron hablar por teléfono, le pidió que rogara a la Virgen y a Jesús por su liberación. Las dos mujeres se emocionan cuando recuerdan aquellos días terribles pero se muestran orgullosas de haber vuelto. La mitad de los cristianos ha retornado a sus casas, las monjas lo harán cuando acaben las labores de reconstrucción de Santa Tecla. Todo en Malula está en obras, para borrar las huellas del terror, para rehacer la vida. El dinero llega de fuera.

Ya se ha reconstruido el altar de la antigua iglesia del segundo monasterio del pueblo. San Jorge domina desde lo alto la vida de los vecinos de Malula. La tradición asegura que la iglesia del monasterio fue primero un templo pagano y que la piedra sobre la que se celebra ahora la misa era el ara de una antigua religión. Lo que los cristianos habían utilizado para construir un mundo nuevo, los terroristas yihadistas lo quisieron destruir. En los siglos inmediatamente posteriores a Santa Tecla, los cristianos rehicieron Malula. Reutilizaron incluso los viejos altares. Los yihadistas no reutilizaron nada, todo les estorbaba. Por eso algunas cruces están todavía mutiladas. Habrá que ver si en esta nueva circunstancia vuelve a suceder el milagro que se produjo en el siglo IV. Por lo pronto Antoniette y Marah han vuelto. Han vuelto porque el Gobierno de Asad les garantizaba seguridad y porque aman la tierra caliza, las rosas en flor, la acequia que corre bajo la morera y los jóvenes nogales, porque aman esa extraña vocación, hecha de tierra y de una lengua muy antigua, que Jesús les ha dado. Lo explican ellas a quien se lo pregunta. Lo explican con palabras sencillas, con sonrisas, con pudor y, a veces, con un llanto contenido.

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