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26 FEBRERO 2018
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Diario de Siria 5

Fernando de Haro, Homs | 0 comentarios valoración: 3  345 votos
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La casa de Fadua, a las afueras de Homs, no es una casa bonita. Es un bajo en un bloque a medio terminar. Pero la parra que tiene a la entrada lo llena todo de dignidad. Las uvas están todavía verdes. La calle, una calle pobre, está llena de alegría por los almendros cargados, por los nísperos que ya están maduros y por las higueras que en este tiempo ya son toda una promesa. Un grupo de hombres, sentados a la puerta, toma el café que les ha servido Fadua, lo acompañan de almendras y de pipas de calabaza salada. En la casa de Fadua, para entrar hay que descalzarse. Fadua viste un modesto pantalón vaquero y una camiseta algo raída. El esmalte de las uñas desgastado, el pelo largo y negro, desarreglado.

Fadua vive en las afueras de Homs porque en agosto de 2015 el Daesh entró en su pueblo, Qaryatyn. En la pequeña aldea, a una hora de Homs, murieron más de 20 cristianos que intentaron escapar. A Fadua la tuvieron detenida en medio del monte durante días, en un campo de internamiento improvisado, y luego la metieron en prisión con cinco mujeres más. Mañana y tarde le decían que el cristianismo no era una religión y que debía convertirse al islam. “Mientras estábamos en el monte rezaba en silencio, en mi corazón. Cuando podíamos nos reuníamos dos o tres y, en voz muy baja, para que no nos escucharan los vigilantes del Daesh, decíamos el Padre Nuestro”, explica.

El caso de Fadua y el de la aldea de Qaryatyn ilustra lo que algunas llaman el sufrimiento dentro del sufrimiento. Cristianos y musulmanes son perseguidos en esta guerra por el Daesh. Pero hay sitios y circunstancias en las que la persecución es especialmente sangrienta con los bautizados. Lo que sucedió en Qaryatyn sucede en todas aquellas zonas donde los diferentes yihadismos que combaten en Siria tienen el control: la provincia de Idlib, en el noroeste, y la zona en torno a Raqqa, en el noreste. En estas dos bolsas los cristianos sufren más que los musulmanes.

En cualquier caso Fadua lo tiene claro. Mujer tranquila, solo se altera cuando le pregunto si en algún momento no ha pensado hacerse musulmana. El sol declina mientras Fadua le da de comer pan duro a sus cinco gallinas. Esta última luz del día dibuja con más precisión la destrucción de una de las ciudades más devastadas por la guerra. El 60 por ciento de las casas del centro de Homs están dañadas. El paisaje urbano es extraño. Los edificios están en pie pero desencarnados, con el hormigón destrozado por las bombas, las fachadas acribilladas a balazos. Y en el edificio que parece el retrato del infierno aparece a veces una niña, un anciano, señal de que la familia ha vuelto a pesar de no contar con agua corriente y electricidad. Y piensa uno que esta ciudad, que se la antoja tan irreal, la ha visto en otro sitio. Y es verdad que estaba en otra parte, estaba en los libros de historia, así eran las fotos de las ciudades de la postguerra europea. Pero esto no son imágenes, esto que veo tiene la solidez del cemento que ha saltado por los aires, la memoria insistente, obsesiva, de la metralla.

La ciudad vieja donde me alojo hoy es una ciudad casi desierta. Casi porque en una esquina un vecino ha abierto una tienda de ropa, cincuenta metros más allá hay quien se ha atrevido con un pequeño restaurante. Todo a base de generadores y de voluntad de vivir. Después de la última llamada a la oración, no hay ese desbordarse propio de las primeras sombras en el mes de Ramadán. Caminamos alumbrados con las linternas de los móviles.

Aquí en Homs comenzó esta guerra, comenzó como un deseo de libertad que en pocas semanas se convirtió en un baño de sangre, en la pretensión de imponer una nueva forma de totalitarismo. Ignacio, mi cámara, me comenta que le sigue sorprendiendo que haya una guerra así en pleno siglo XX. A mí también, y me sorprende y sobrecoge que Fadua y sus amigos rezaran el Padrenuestro que me enseñaron mis padres entre murmullos. Fadua y sus amigos arriesgaban la vida para decir unas frases que yo suelo decir distraído. Así es la necesidad. Al menos, una vez, después de escuchar a Fadua, las he vuelto a repetir con una emoción nueva.

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