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22 AGOSTO 2018
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Época de transición

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  236 votos
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“De todas las crisis que hoy nos envisten, una nos golpea por encima de todas. Me refiero a la ilusión". Así empieza Joana Bonet su última columna en La Vanguardia. "La ilusión es el condimento imprescindible para que levantarse de la cama e ir al trabajo no sea un patético dibujo animado. Es la voluntad de asombro que tan bien le sienta a nuestro rostro (...) El desencanto se ha apoltronado en miles de vidas cotidianas, rebajando los niveles de dicha”. Más adelante, la catalana pone un ejemplo representativo de esta idea: “En la España de hoy se ha desterrado la ilusión. Chocante ha sido el contraste con la celebración del 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas, donde muchos han evocado la febril ilusión de 1977 en un país que lo tenía todo por hacer, ante un clarísimo horizonte triangular: pluralismo-modernidad-Europa. De ella no queda casi ni la nostalgia”. De este aniversario hablaba también Manuel Hidalgo en El Mundo. “Sabíamos que íbamos a ser protagonistas de la vida de nuestro país y protagonistas de nuestra propia vida, y sabíamos que ambas iban a estar muy relacionadas. Todo estaba por hacer, y lo íbamos a hacer nosotros (...) Cuando hoy celebramos las elecciones de aquel 15-J, han pasado, precisamente, 40 años –como habían pasado para mi padre en el 77–, y ya hay muchas voces que desaprueban lo que se hizo y se pudo hacer entonces y en los años siguientes. ¿Ha empezado la transición a otra época?”.

Esta pregunta también la hace, de otra manera, Leila Guerriero en El País: “Ayer recordé cómo era el mundo cuando el mundo era otro”, al contar una visita, hace muchos años, a una aldea de Tailandia. “Llegábamos en la tarde, poco antes del rezo, para escuchar el llamado del muecín lleno de melancolía, devoción y dulzura. Yo, atea iluminada, hubiera querido morirme porque no se podía aguantar tanta belleza (...) Por entonces usabas una cruz cristiana de madera colgada del cuello que, creo, alguien te había regalado en Brasil. No se nos ocurrió que eso pudiera ser agresivo o peligroso. Y no lo era. Los habitantes de la aldea veían tu cruz y sonreían y decían ‘¡christian, christian!’, y eso era todo. Como quien dice ‘todos creemos en algo’. Volvíamos de noche en moto a nuestra cabaña, lejos de ahí, sintiendo que dejábamos atrás algo entrañable y misterioso, pero algo a lo que siempre podríamos regresar. Quiero pensar que todavía podríamos, podemos”.

Manuel Arias Maldonado, también en El País, intenta responder a la pregunta en una tribuna que acaba así: “A largo plazo, sería aconsejable que las sociedades democráticas hiciesen un esfuerzo de maduración, a fin de comprenderse mejor a sí mismas. O sea: como suma de ciudadanos responsables que forman parte de una comunidad política pluralista y asumen su irremediable orfandad tras la muerte del viejo padre soberano. Porque estamos solos. Y en esa soledad democrática debemos encontrarnos”.

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