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29 JULIO 2017
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El Profeta galileo ¿por qué no hace nada?

Javier Prades | 0 comentarios valoración: 3  76 votos
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Una novela que hace gustar de la escritura y vuelve humano el corazón. Lástima que el título no sugiera la riqueza estremecedora que encierran sus páginas. Basta empezar a leer. Luego está hecho. Desde la primera escena hasta el final ya no hay quien lo deje.

Es muy arriesgado escribir un relato sobre el relato de los relatos, la Biblia. Muy pocas veces dejo de pensar que el original supera infinitamente cualquier versión o adaptación narrativa. No me atrevo a opinar sobre las películas de argumento bíblico, aunque en general me sucede lo mismo. Quizá en la música sí quepa reconocer verdaderas obras maestras que –por decirlo de algún modo– están a la altura del guion bíblico. Victoria, Pergolesi, Bach, Mozart, Dvořák o Poulenc, entre otros, son dignos de la belleza única de la Sagrada Escritura... Pero no me quiero desviar de nuestro asunto.

El relato de la Pasión, proclamado en la liturgia de la Semana Santa, y releído en otros momentos del año litúrgico, soporta maravillosamente el paso del tiempo. No unos meses, no. Más de dos mil años. Cada vez que te acercas a él descubres un matiz de la redacción, un rasgo psicológico, una descripción del drama humano o una consecuencia para tu vida en la que no habías reparado, aunque lo lleves escuchando o leyendo desde hace 50 años. ¿Qué obra de la literatura universal se somete a una prueba semejante?

Los relatos sobre personajes bíblicos, como digo, raramente ayudan a entrar mejor en esta historia inaudita que han tejido los autores sagrados. En el siglo XX, los Misterios de Péguy, el Barrabás de Lagerkvist o el Bar Jona de Sartre, en España Jiménez Lozano... Sin duda hay excepciones de valor. Salisachs también acepta el desafío. Y no sale malparada. Elige un personaje evangélico, conocido popularmente por su nombre, Dimas “el buen ladrón”, pero cuyas andanzas hasta terminar colgado en la cruz no se narran en los evangelios.

La familia de Dimas va dibujándose resueltamente nada más empezar. Destaca la figura grandiosa de su madre, Eva, afligida por una maldición que cayó sobre el niño al nacer. Nos sumergimos en las costumbres y en la mentalidad de los judíos observantes que esperaban al Mesías. Exploramos los corazones de los personajes, sus pliegues más oscuros y sus horizontes más luminosos. Salisachs compone una trama en la que va aflorando poco a poco, aquí y allá, puras alusiones, la figura del Profeta.

Con ese bagaje a las espaldas desembocamos en los capítulos más sobrecogedores de la novela. Dimas se marchó hace años, para cumplir sus sueños y colmar su ambición. Eva queda viuda en casa. Sólo la sostiene el recuerdo de su hijo querido y la esperanza de volver a verlo. Lidia también espera su vuelta para casarse y empezar esa familia vislumbrada tantas veces a escondidas. La noticia cae sobre ellas como un martillazo: han prendido a Dimas por sus crímenes, y va a ser condenado junto con Gestas, tal es el nombre del otro ladrón que será crucificado en el Gólgota. No lo creen. No lo quieren creer. Dimas no.

Una madre desesperada busca ayuda donde sea. Es lo que han hecho siempre las madres. Sale en pos de ese enigmático Profeta del que se oye hablar. Sin resultado. Conoce a Judas, y a Juan, que le aseguran que el Profeta lo salvará; pero a Él no lo encuentra. Se arma de valor para ir a la cárcel a visitar a Dimas, detenido entre malhechores. Eva va a cumplir por fin su anhelo: ver al hijo querido. La prisión es hedionda, asfixiante. Te mareas sólo de leer. ¡Qué burla de la vida, qué desengaño frente a todas las imágenes idealizadas de aquel reencuentro! Le queda la esperanza –casi ni eso— de que el Profeta lo salve, como le habían asegurado sus discípulos que haría. Pero es que a Él lo han detenido también y lo van a juzgar. ¡Qué desilusión, qué amargura, qué soledad...! Si fuera un profeta verdadero no lo habrían podido apresar. Eva y Dimas, con Lidia, Silo, Simón de Cirene y algunos más componen un círculo de familia, de aldea. Su historia se va entretejiendo con la de otro grupo que irrumpe lentamente en el escenario. A Judas y Juan, que ya conocemos, se unen María, la madre del Profeta, otra mujer que la acompaña, Pedro, Nicodemo, José de Arimatea...

Dos detenidos, Dimas y el Profeta; dos madres, Eva y María. Dos recorridos diferentes, como paralelas que nunca se encontrarían. Y sin embargo van a coincidir en el mismo lugar, a seguir la misma vía, sobre una sola línea...

La flagelación de Dimas. La flagelación del Profeta. El olor de la sangre que corre por la columna abajo, los huesos que crujen, las muñecas desolladas, la espalda desgarrada por las puntas metálicas del látigo. No sabes si seguir leyendo o apoyarte en la pared para recuperar el aliento. Y el suplicio no ha hecho más que empezar; falta todavía recorrer el camino angustiosamente largo hasta la casa de Caifás, y de allí al Pretorio, después a la casa de Herodes. Por fin, al Gólgota. Y, en la cima, las cruces.

Dimas ha conocido hace poco al Profeta. Eva no entiende el cambio que ese galileo ha provocado en su hijo. Tampoco entiende a la otra madre, la madre del Profeta. Ella no insulta, no blasfema, no odia, no se rebela. Es como su Hijo, que “no abría la boca, como cordero llevado al matadero”. Es irritante. El Profeta no actúa. Es más, ni siquiera habla. No dice nada. ¿Así va a salvar a Dimas? Y éste es el que iba a salvar a todos los hombres...

¿Por qué? ¡Cuántos porqués esparcidos en la novela, cuánto sufrimiento y cuánto dolor en busca de respuesta! Una decepción tras otra. ¿Cabe algo más que el rencor, el miedo y el deseo de venganza? Los diálogos de las escenas finales se releen con curiosidad, con compasión, por los protagonistas y por uno mismo. No hay más solución que mirarlos a ellos. No hay teorías, no hay “idearios” preconcebidos que puedan dar respuesta a ese tormento del corazón y del cuerpo, tan destrozados el uno como el otro. Hay hechos, presencias humanas y más que humanas. Hace falta mirar a Dimas. Lidia mira a Dimas. Hace falta mirar a María. Eva mira a María. En el desenlace, hay que mirar al Profeta, en su via crucis y en la Cruz. Y ver.

Salisachs no ha emborronado el texto. El texto sagrado. Su propio dolor de madre por la pérdida de un hijo de 21 años, su itinerario personal de rebelión y de asentimiento a Dios, explican una escritura en carne viva. Por eso, nos ayuda a comprender, a levantar la mirada y a abrir el corazón –aturdido por el peso del mal propio y ajeno– ante la desconcertante modalidad con la que el Misterio que hace todas las cosas rescata del abismo del mal el sufrimiento del justo.

El diálogo de Pedro, cuando ya ha traicionado a su Maestro, con la madre de Jesús no aparece en los Evangelios. Es un prodigio, en verdad nuevo, y, al mismo tiempo, familiar. Lo mismo que el continuo diálogo interior de Eva movido por la presencia incómoda y extrañamente correspondiente del Profeta.

El relato de Mercedes Salisachs permite entrar en el drama humano tal y como se refleja en “el relato” por antonomasia. La editorial Encuentro acierta al ofrecernos en su colección literaria esta quinta edición de un libro que –a su manera– también soporta muy bien sus 51 años de vida.

M. SALISACHS, El declive y la cuesta. Ediciones Encuentro 52017.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  57 votos

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  948 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  1212 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2308 votos

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