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17 DICIEMBRE 2017
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Imaginación para ver más allá del dolor propio

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  179 votos
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En estos días en que se cumple el vigésimo aniversario de la liberación de Ortega Lara y del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, los medios se llenan de reportajes que recuerdan aquellos días, cuando toda la sociedad salió a la calle –también en el País Vasco– a pedir su liberación primero, y a condenar su asesinato después. Este aniversario ha coincidido además con una gran noticia: por primera vez un ayuntamiento gobernado por EH Bildu, el de Rentería (Guipúzcoa), ha homenajeado a tres víctimas de ETA. Durante el acto el alcalde Julen Mendoza citaba las siguientes palabras de Ion Arretxe: "En este país no hemos tenido imaginación suficiente para ponernos en el lugar del otro. Le veíamos como un enemigo, no una persona".

Para mí ETA es algo del pasado, un capítulo doloroso, sí, pero desde el que ha llovido mucho. Yo no recuerdo dónde estaba la tarde que mataron a Miguel Ángel Blanco, probablemente jugando (tenía tres años), pero estas palabras que retomaba el alcalde de EH Bildu son más actuales que nunca.

Más actual que nunca es también el último libro de Fernando Aramburu, Patria, uno de los más vendidos en el último año en España. Aramburu describe a los distintos miembros de dos familias marcadas, de manera radicalmente distinta, por el terrorismo. La esencia de la sociedad española está descrita a la perfección, pues los personajes, cada uno con su personalidad, podrían ser cualquiera: se van haciendo su hueco en el mundo, algunos estudian, otros no, viajan, se van a vivir a otra ciudad o incluso país por algún tiempo, tienen hijos, se separan, sufren enfermedades. La diferencia es que tienen una herida incurable que les acompaña desde que se levantan hasta que se acuestan, cada día, desde hace ya tantos años. La viuda y los hijos porque han sufrido la mayor injusticia del mundo, son familia de un asesinado, víctimas de por vida. El miembro de la banda porque se da cuenta de que sus argumentos son pobres, que aquello por lo que ha luchado toda su vida, por lo que ha perdido su juventud, no es sostenible y no le sostiene, y está solo. Los demás porque se han visto obligados a tomar partido en una guerra que ni siquiera entienden y que ha destrozado familias, pueblos y relaciones de amigos.

Es interesante el recorrido que hacen las víctimas. La hija del asesinado se esconde y llora a su padre en silencio, no quiere llevar la etiqueta de víctima del terrorismo; pero a medida que pasan los años y sin encontrar la paz decide acudir a los encuentros que se organizan entre presos y víctimas. El hijo sigue con su vida, pero esta ya nunca será igual. Es un hombre triste porque ya no tiene derecho a ser feliz, desde el día en que mataron a su padre ha renunciado a él: ya no puede enamorarse, ya no puede salir con sus amigos, ya no disfruta de nada. Cumple con sus responsabilidades profesionales y con su madre, y se entrega al vacío. Su madre necesita volver; volver al pueblo, volver a la casa que compartió con su marido, volver a hablar con aquellos que le retiraron el saludo injustamente, y saber cómo pasó, saber si fue aquel chiquillo, el hijo de sus antaño íntimos amigos el que disparó. Pero no es suficiente. Cuando, muy enferma, sabe que su final está cerca no tiene miedo a la muerte, pero sí a morir sin una palabra, que llega en una carta escueta y que enseña sonriendo a su marido en la tumba para que pueda descansar al fin en paz. Y llega también en forma de abrazo y un cruce de miradas silencioso.

El otro día en Rentería, Julen Mendoza explicó por qué había escogido esas palabras de Ion Arretxe. "Traigo esta frase porque creo que en el conjunto de la sociedad nos faltó a todos la imaginación suficiente para ponernos en el dolor del otro y creo sinceramente, y lo digo con absoluta honestidad, que también a mí me faltaba la imaginación suficiente para ver el dolor más allá del propio. (...) Que sirva este acto para ayudar (...) a que unos y otros entendamos el sufrimiento que hemos generado. (...) Y este acto lo que pretende es humanizar lo deshumanizado (...) y renunciar a la imagen del enemigo, (...) conscientes, no obstante, de que el daño producido es irreparable. (...) Si este ayuntamiento a lo largo de su historia o yo mismo no hemos estado a la altura de las circunstancias (...) o hemos dicho o hecho algo que pudiera haber añadido más dolor al que ya padecíais, pido perdón por ello en nombre del ayuntamiento y en el mío propio".

Veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, treinta y tres del de Vicente Gajate, también veinte del de José Luis Caso y diecinueve del de Manuel Zamarreño. Estos tres últimos han sido los homenajeados en Rentería. Años de memoria y justicia, ambas absolutamente imprescindibles, y sobre las que ahora sopla un aire nuevo.

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