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27 MAYO 2018
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Energía eléctrica y pertinencia de la Laudato Si'

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  215 votos
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Hace poco plasmé algunas consideraciones acerca del último laudo de la Corte de Arbitraje del Banco Mundial (CIADI), en el que se condenaba a España a indemnizar por los recortes a la retribución de la producción de energía eléctrica a consecuencia de la nueva reforma introducida por el Gobierno a partir de una serie de Reales Decretos-Leyes y de la nueva Ley del Sector Eléctrico. Reflexiones tales que trataban de iluminar la complejidad del campo del sector energético de las renovables, la pluralidad de actores y la coyuntura de la producción de energía eléctrica derivada de los sucesivos reales decretos del Gobierno Zapatero.

Era el déficit del sistema tarifario –causante de la necesidad de una reforma dirigida a su reducción– y su articulación en lo que me había centrado por cuanto resultaba, y resulta aún, desconocido por gran parte de la sociedad. La cuestión del origen de una reforma un tanto drástica pero necesaria necesitaba, pues, ser iluminada a la luz del citado laudo arbitral del CIADI. Salieron a la palestra la cuestión de las inversiones realizadas –muchas de ellas fallidas– en tecnología solar fotovoltaica y demás fuentes de energía renovables; como también el mecanismo de régimen económico mediante primas a la producción con el sistema de la inscripción en los Registros de preasignación de retribución estatal y los Registros de producción en régimen especial autonómico; sin olvidar la cuestión tan controvertida desde el punto de vista jurídico de la “rentabilidad razonable” –de la que el Tribunal Supremo ha mencionado en reiterada jurisprudencia–… ello para aclarar, finalmente, que la reforma del sector eléctrico en España había venido avalada tanto por nuestro Tribunal Constitucional como por la Comisión Europea. Siendo, pues, compleja pero interesantísima la realidad del sector energético, me encaminé al principal objetivo de tratar de dilucidar la responsabilidad que tenemos todos en este ámbito porque, sea directa o indirectamente, constituye un tema que nos afecta.

Habría mucho que decir sobre cuestiones como el mecanismo de la retribución de la producción de energía eléctrica en los territorios insulares y extrapeninsulares, del que no me detendré ahora, o del aprovechamiento de la energía solar a través de la tecnología fotovoltaica. De este último aspecto, cabe llamar la atención que ha sido una tecnología muy en boga en los últimos años, como se ve en muchos huertos solares de muchas regiones rurales de España (Castilla La Mancha, Extremadura, Navarra, entre muchas otras) o en instalaciones sobre cubierta de domicilios particulares o naves industriales; por no olvidar que, en ciudades como Madrid, el funcionamiento de los parquímetros se utiliza con esta tecnología.

Es cierto que este tipo de tecnología da muchas posibilidades, pero no deja de estar sujeta a variabilidad que provoca la nubosidad, siendo, además, un recurso muy condicionado a la existencia de horas de luz solar, sin olvidar las diferencias acusadas que se producen debido a la latitud geográfica. Ha de tenerse en cuenta, además, las pérdidas de energía provocadas por su transporte y distribución. Aun siendo posible el autoconsumo –es decir, la producción de energía eléctrica para uso particular– éste sigue sujeto a la necesidad de conexión de la instalación a la red de transporte y distribución, necesaria para asegurar el suministro de energía a las casas. Resulta un tanto simplista atribuir la existencia de pactos Gobierno-empresas productoras y comercializadoras de energía eléctrica que impedirían una organización comunitaria del servicio. Básicamente, porque este servicio se está prestando y el sistema, ciertamente, resulta mejorable, pero la reforma del sector eléctrico, en gran parte, va encaminada a corregir estas deficiencias, entre las cuales se encuentra la existencia del déficit tarifario, provocado por una irresponsable llamada a la prima que sedujo a tantos inversores y buscavidas, muchos de los cuales no tenían conocimiento del funcionamiento del mercado regulado y del mercado libre del sector energético. Que la reforma haya conseguido esto es una cuestión que sólo el tiempo lo dirá.

Por eso, sigo sosteniendo la necesidad de poner de relieve la existencia de una responsabilidad compartida, tanto de productores y comercializadores como de consumidores y autoridades regulatorias. Los ciudadanos también tenemos nuestra cuota de responsabilidad: no es cuestión de conocerse al dedillo la legislación, sino de acudir a los mecanismos que tenemos de relación con las Administraciones Públicas y a los instrumentos de participación; por ejemplo, en el procedimiento de elaboración de las normas, en los que se prevé el trámite de información pública, dentro del cual todos aquellos que se consideren afectados pueden ver el expediente y formular alegaciones.

También defiendo a ultranza la pertinencia del contenido de la Laudato Si’ del Papa Francisco –que, en el fondo, no va sino en la línea de la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI– acerca de una economía de rostro humano. Y ello es especialmente pertinente en un sector potente como el energético, por cuanto mueve la economía, y donde, en muchas ocasiones, los intereses de las empresas multinacionales priman sobre el bien común, quedando la intervención pública más maniatada de lo que habitualmente se piensa.

No es una cuestión de alegar intervencionismo de las administraciones públicas, sino de “leer los signos de los tiempos”, en un contexto de globalización que está dejando atrás a muchas personas sin recursos, es necesario volver a recuperar un concepto de gobernanza global, que no sustituya a las personas sino que garantice el acceso de todos a los recursos. Es evidente que el Estado no es un mecanismo exclusivo de asignación de recursos, como tampoco lo es el mercado. Y ello nos devuelve al papel que hemos de jugar los ciudadanos, que tenemos que descubrir, como prueba el hecho de la escasísima implicación de los ciudadanos en temas como el medio ambiente o la energía. ¿De veras no es pertinente la encíclica Laudato Si’?

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