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29 JULIO 2017
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Si no se alcanzan los objetivos, ¿repetir curso así es la solución?

Jesús Pueyo | 0 comentarios valoración: 3  44 votos
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Como muchos de los alumnos de nuestro sistema educativo que no han logrado alcanzar los objetivos propuestos en este curso, la “Subcomisión del Congreso de los Diputados para el Pacto Educativo” tampoco ha logrado el suyo y tendrá que prorrogar sus trabajos otros seis meses. Lejos de suponer un fracaso como puede ser entendido en el caso de la mayoría de los alumnos a los que les toca repetir, el solo hecho de que se haya constituido este grupo de trabajo y estén compareciendo distintas personalidades expertas en el mundo educativo, representantes de instituciones vinculadas a la educación, miembros de la comunidad educativa o perfiles políticos ya supone un gran paso para acercarse a la consecución de un consenso que permita alcanzar unas conclusiones finales que dé como fruto un Pacto de Estado Social y Político por la Educación, resultado de las aportaciones y los distintos puntos de vista de todos los que han participado en el debate.

Muchos están siendo los temas abordados y, entre ellos, uno que especialmente debe preocuparnos, si el objetivo es mejorar el sistema y por ende la formación de nuestras generaciones futuras, es la repetición de curso de aquellos que no han alcanzado las metas propuestas al inicio. En la subcomisión se ha planteado desde su supresión hasta su modificación o su consolidación.

Desde la Federación de Sindicatos Independientes de Enseñanza (FSIE), una de las voces que ya se han oído en esta subcomisión, se ha trasladado a sus señorías que la repetición de curso se debe debatir, analizar y modificar. No son nuevos los estudios que cuestionan la eficacia de nuestro sistema de repeticiones y señalan el elevado coste de las mismas. Urge por lo tanto analizar en profundidad este asunto y proponer otras medidas alternativas que puedan servir para lograr el mismo objetivo siendo más eficaces.

¿Se han preguntado alguna vez de qué cifras estamos hablando? En España el porcentaje de alumnos que no terminan la ESO en el año que les corresponde es de los más elevados de Europa. Según la OCDE, “los alumnos escolarizados en 4º de la ESO que han repetido al menos un año representan el 35%, muy lejos de la media de la OCDE que está en el 13%”. Este mismo estudio afirma que “el coste de la repetición supone unos 20.000 euros por cada alumno, lo que supone un 8% del gasto en Educación Primaria y Secundaria”. El informe, entre sus conclusiones, también afirma que “si España redujese las tasas de repetición y la brecha de rendimiento entre los alumnos repetidores y no repetidores, el sistema educativo español se posicionaría en el mismo nivel o superior al de la OCDE”.

Estos datos reflejan la gravedad del problema y ponen el acento en lo que muchos docentes ya vienen expresando desde las aulas hace años, confirmando que es necesaria la reflexión sobre lo que estamos haciendo, ya que son muchos los que repiten pero muy pocos los que mejoran de verdad.

¿De qué sirve entonces repetir? Si la inmensa mayoría de alumnos que repite no logra el objetivo que se busca, no mejora sus resultados, ni su motivación hacia la escuela y nos encontramos con un alto porcentaje que incluso vuelve a suspender y acaba repitiendo nuevamente en años posteriores porque su nivel sigue sin ser el esperado, ¿no tenemos nada que pensar?

La realidad es esta. El alumno que repite tiene que volver a estudiar y trabajar las mismas materias suspensas, pero el sistema no le presta apoyo adicional ni individualizado, por lo que en esta situación resulta complicado subsanar las carencias o superar las dificultades que le han abocado a esta situación. Conclusión: el hecho de volver a “repetir” lo mismo que hizo el año pasado y en las mismas condiciones hace que lo más probable es que no se supere lo que antes no se logró superar, con la diferencia en negativo de que se acreciente la desmotivación del alumno y su sensación de fracaso personal, dos elementos añadidos que lejos de revertir la situación llevarán al siguiente paso de un camino poco alentador: el abandono prematuro de las aulas. Preguntémonos, ¿cuántos alumnos que repiten se convierten en el mejor alumno de la clase solo por el hecho de trabajar algo que ya conocen? Créanme, me atrevería a decir que ninguno. Por eso no es raro que los alumnos repetidores sean quienes más abandonen el sistema. ¡Qué raro! El objetivo de la repetición es precisamente el contrario, dar una segunda oportunidad para que continúen.

Leído lo leído, pudiera parecer que mi opinión es que la repetición debiera desaparecer, tal y como se ha podido escuchar en la subcomisión en las propuestas de algunos ponentes de prestigio. Pero nada más lejos. La solución a una repetición ineficaz, con deficiente organización y aplicación no es acabar con ella, ya que esto nos llevaría a otro problema como pudiera ser el establecimiento de una suerte de promoción automática del alumno sin que este haya adquirido un nivel suficiente de conocimiento o capacidad que, casi con toda seguridad, le ocasionará mayores dificultades para seguir el nuevo curso.

La cuestión de fondo es que la repetición de curso debe ser una medida excepcional y, desde luego, un 35% del alumnado no puede ser objeto de la misma. Es evidente que algo falla de forma estrepitosa y no son ni los alumnos ni los profesores. Hay que ir más a las causas, y la realidad es que aquellos estudiantes que no alcanzan los niveles mínimos para superar el curso necesitan de recursos humanos que desde la escuela logren dar la vuelta no solo a la adquisición de conocimiento y desarrollo de sus competencias, sino a la falta de motivación, a la necesidad de incentivación, al empujón que necesitan para crecer y lograr unos objetivos que se les han resistido pero que en el fondo, con estas herramientas a su alcance, son capaces de alcanzar. Y para eso, de nada sirve repetir y repetir lo que ya no sirvió, para eso hay que ofrecer una atención personalizada que permita que estos alumnos encuentren su camino, y sin los profesores suficientes eso es harto imposible.

Cuantificando y en frío, un alumno que repite necesita una inversión de 20.000 euros que hoy por hoy no están sirviendo para el propósito, así que ¿no sería mejor invertir ese dinero en programas eficaces y en profesores de apoyo? Es hora de aplicar medidas alternativas que pasan por la atención individualizada, las clases extras en los centros, la adaptación de los ritmos de aprendizaje o la detección temprana de las dificultades que pueda tener un alumno.

Y para terminar, y siempre como dueño de mis palabras, me atrevo a lanzar al aire unas preguntas que parten de una opinión personal y que quizás puedan estar presentes en el debate sobre las repeticiones: ¿tiene sentido hacer repetir a un alumno todas las asignaturas de un curso por haber suspendido por ejemplo tres?, ¿qué mejora o qué beneficio obtiene el alumno repitiendo materias que ya ha superado? Está claro que tenemos que hablar. Si este fuera el mejor sistema para ayudar y formar mejor a un alumno que presenta dificultades en materias concretas, ¿por qué en la universidad no se les hace repetir el curso entero a quienes no han superado todas las materias del mismo?

En conclusión, y partiendo de la premisa de que la repetición no debe desaparecer, sí hay que sentar las bases para que se entienda como una medida excepcional, y empezar a pensar en alternativas para ayudar a aquellos alumnos que presentan dificultades en materias concretas e incluso dotar de mayor flexibilidad al sistema educativo si esto ayuda a acabar con una rigidez administrativa que en casos como el que nos ocupa puede estar condicionando excesivamente el desarrollo de los alumnos.

Cuanto antes debemos abordar un debate productivo que nos lleve a modificar y revertir la situación actual. Hay que buscar las medidas efectivas que lleven a que el alumno, lo más importante de todo, supere los retos que cada curso le plantea, tanto con una repetición bien orientada y medida en caso de ser necesaria, bien sin ella, si así se decidiera, pero con otro sistema que le acerque al objetivo. El tema no es tan simple como decir sí o no a la repetición.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  57 votos

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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