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10 DICIEMBRE 2016
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Iraq: Wojtyla tenía razón

Giorgio Vittadini

En esta perspectiva, no sólo es un error ajusticiar a un dictador. También es un error sacrificar la vida de cualquier inocente, que no vale menos que la de Saddam. ¿De qué sirve entonces un embargo prolongado durante años si provoca la muerte de decenas de miles de niños iraquíes? ¿Qué justicia hay si en la guerra civil provocada por la intervención militar son decenas las víctimas civiles cada día? Se comprende ahora cuán realista y razonable era la llamada de Juan Pablo II contra la guerra, del que se burlaron líderes de la administración Bush y del mundo teocon protestante americano.

Pero hay otros puntos fundamentales en el discurso del Papa. Benedicto XVI prosiguió su intervención diciendo que el criterio de la paz debe inspirarse "en el respeto de la gramática escrita en el corazón del hombre por su Creador" y que "las normas del derecho natural no deben considerarse directivas que se imponen desde fuera, casi coartando la libertad del hombre". Existe por tanto un criterio objetivo inscrito en el corazón del hombre que le permite juzgar las cuestiones personales y políticas.

¿Cómo contentarse entonces con el multiculturalismo relativista y nihilista típico de un pseudopacifismo que, de hecho, ha justificado y continúa justificando "concepciones antropológicas que constituyen en sí mismas el germen de la contraposición y de la violencia", típicas de fundamentalismos religiosos y políticos, y de Estados filoterroristas?

Es necesario compartir con el Papa sus palabras: "Una visión débil de la persona (...) sólo favorece aparentemente la paz. En realidad, impide el auténtico diálogo y abre el camino para la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar a la persona misma indefensa".

Pero esta "visión débil", ¿no nos caracteriza también a nosotros, indiferentes al hecho de que mueran decenas de personas cada día desde que, tras la retirada de las tropas italianas, Iraq no está en la agenda? Indignarse, justamente, por la ejecución de Saddam implica pues volverse a mover, en la propia experiencia cotidiana y en las relaciones entre pueblos y Estados, sobre la base de una verdad no relativista, capaz de corresponder a las exigencias del corazón de todo hombre. Sólo esto, a largo plazo, es factor de paz y justicia duraderas. Quien, en nombre de una cínica razón de Estado o de tentativas de diálogo basadas en una ambigua y falsa tolerancia de la violencia, piensa en alcanzar soluciones más "rápidas" seguirá sufriendo desmentidos dolorosos y trágicos para todos.

Giorgio Vittadini es presidente de la Fundación para la Subsidiariedad

 

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