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29 JULIO 2017
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¿Es posible la reconciliación después del Terror?

Horacio Morel (Buenos Aires) | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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La violencia política de la década de los 70 en la Argentina es la historia de la politización creciente de la sociedad y la radicalización de algunos grupos iniciada hacia fines de los 60, una efervescencia que involucró a toda la sociedad bajo el influjo de la protesta obrero/estudiantil del 68 y la Revolución Cubana. Hubo varios grupos armados. Los principales fueron Montoneros, que hunde sus raíces en el nacionalismo católico que simpatizaba con el peronismo, y el ERP, de orientación troskista.

Desencadenó en una serie interminable de atentados, secuestros y represión, que no se interrumpió pese a la llegada al gobierno mediante el voto popular de Juan Domingo Perón –por tercera vez, y tras casi dos décadas de proscripción–. Con el golpe militar del 76, el Estado opta por la clandestinidad, provoca desapariciones, tortura, secuestra, detiene en centros clandestinos sin proceso legal de por medio, asesina y deposita los cuerpos en fosas comunes, o los tira al mar aún con vida en los llamados "vuelos de la muerte". El concepto jurídico de "genocidio", acuñado por el jurista polaco Raphael Lemkin tras el Holocausto, se ha visto necesariamente ampliado desde entonces como consecuencia del incremento de la crueldad en el mundo, y le cabe a la locura fratricida encarnada por la última Junta Militar que usurpó el poder en la Argentina. La cifra total de "desaparecidos" sigue siendo indeterminada con exactitud, y por ello, motivo de discusión aún hoy –pasados más de cuarenta años desde los hechos–, desde los 8.960 casos registrados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) en el "Nunca Más" hasta los míticos 30.000 agitados desde siempre por los organismos de derechos humanos. Prueba de ello es la ridícula ley de reciente sanción en la Provincia de Buenos Aires por la cual cada vez que la palabra "desaparecidos" sea incluida en un documento oficial, debe estar obligatoriamente acompañada por el número "30.000": esta iniciativa política convertida en norma exhibe un grosero desconocimiento jurídico, ya que la calificación de genocida del régimen militar del 76/83 no está en riesgo a causa del número de víctimas. Además, la herida argentina es tan profunda, tan evidente, tan vergonzante, que no hay espacio social ni cultural para el negacionismo.

La nueva democracia argentina optó, como modo de afrontar la cuestión de la violación de los derechos humanos, por la persecución penal en clave dualista: por un lado, el enjuiciamiento de los militares y paramilitares cuyos delitos merecieron la calificación de 'lesa humanidad', y por ende, imprescriptibles; por otro, la indagación de las conductas antijurídicas de los militantes terroristas como delitos comunes, es decir, a estas alturas alcanzados todos por las normas de prescripción. La diferencia entre ambos estriba en la utilización –en el caso de los primeros– de recursos humanos y materiales del Estado para perseguir, secuestrar, torturar, asesinar y "desaparecer" personas. Así, habiendo comenzado en tiempos de Alfonsín con el histórico juicio a las Juntas Militares que sentó en 1984 en el banquillo de los acusados a Videla y cía., pasando por el retroceso hacia la impunidad que significaron las leyes de "Punto Final" (1986) y de "Obediencia Debida" (1987) y los indultos presidenciales de Carlos Menem (1889/1990) que también beneficiaron a jefes guerrilleros, finalmente en 2003 el Congreso Nacional sancionó la nulidad de todas esas normas (orientación secundada por la Corte Suprema en varios fallos entre 2006 y 2010), dando lugar a la apertura de los "juicios de la verdad" que se sustancian hasta el día de hoy.

De este modo, la sociedad argentina ha honrado la verdad jurídica, es decir, la indagación de responsabilidades objetivas y subjetivas en la instauración de una política estatal sistemática de violación de los derechos humanos, suficiente legalmente para juzgar y condenar a sus responsables. Pero lo ha hecho en detrimento de la verdad histórica y de la verdad política, y ello constituye la prolongación del desencuentro entre los argentinos.

En efecto, los juicios aún en curso no son suficientes para conocer hasta el fondo los hechos aberrantes cometidos por los genocidas: el intransigente silencio de los imputados y la escasa información sobre el destino final de los desaparecidos (unas pocas fosas comunes halladas la mayor de las veces en forma fortuita y no como consecuencia de los procesos judiciales), lo demuestran.

Desde que las desapariciones no pudieron ser más ignoradas por el poder y por la sociedad, el reclamo de "aparición con vida" y "verdad y justicia" ha llenado afiches en las calles, banderas en las manifestaciones públicas y páginas en la prensa. Sin embargo, la experiencia sugiere que a la hora de los tribunales, frecuentemente "verdad" y "justicia" se excluyen un poco entre sí. A diferencia de Sudáfrica, donde los crímenes del apartheid fueron alcanzados por una amplia amnistía que exigía la confesión del delito cometido delante de los familiares de la víctima sin omitir detalle ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, en Argentina los militares sometidos a proceso hacen uso del derecho de no declarar contra sí mismos. Como dice Claudia Hilb en el mejor estudio sobre el tema (“Lesa humanidad. Argentina y Sudáfrica: reflexiones después del Mal”), en la Argentina se optó por la justicia, pagando un cierto precio en verdad, mientras que en Sudáfrica se optó por la verdad, pagando un cierto precio en justicia. O habría que hablar de justicia retributiva con foco en el victimario en el caso argentino, y de justicia reparadora con foco en la víctima en el caso sudafricano. Pero para una solución "a la sudafricana" hace falta alguien con la estatura moral de un Mandela, imposible de encontrar 7.000 kilómetros al oeste.

Argentina no logra saldar –tampoco– la deuda con la verdad política. Es cierto que existen unos cuantos casos particulares en los que exmilitantes de organizaciones armadas y exrepresores manifiestan arrepentimiento por su actuación en los "años de plomo", y nacen espacios más o menos informales de encuentro y reflexión, de "reconocimiento de los avatares indeseables de hombres que no son injustos pero que cometen injusticias", de diálogo entre quienes antes estaban enfrentados al que precede "el diálogo del dos-en-uno de la conciencia" como decía Hannah Arendt. ¿Cómo ha sido posible? Alguien ha dado un primer paso, y hay nombres y apellidos, como el de Héctor Ricardo Leis (recientemente fallecido) por ejemplificar. Valientemente confesó su participación en los crímenes de la militancia en "Un testamento de los 70" y en "Memorias en fuga". Dice Hilb que "el advenimiento del Terror estatal fue la culminación de un tiempo largo de banalización y legitimación de la violencia política y el asesinato político en que las organizaciones revolucionarias armadas, peronistas y de izquierda tuvieron una responsabilidad que no podemos desconocer; el Terror estatal no fue su consecuencia necesaria (el Mal no es nunca una consecuencia necesaria), pero aquella banalización de la violencia preparó las condiciones que lo hizo posible". La versión oficial de las violaciones a los derechos humanos en la Argentina censura la discusión respecto de la responsabilidad de las organizaciones terroristas en el proceso de locura y muerte que dominó la escena política en el último cuarto del siglo XX, haciendo que los militantes de entonces –quienes en privado no eluden reconocer que la suya era una lucha violenta por el poder en la que el fin justificaba todos los medios y para la cual se estructuraban imaginariamente como un ejército regular de inspiración revolucionaria– sean considerados ahora "jóvenes soñadores e idealistas", maquillaje que admiten para su actuación pública. Ello "ha cristalizado en un relato que ha obturado la posibilidad del arrepentimiento y del perdón de unos y otros", al decir de Hilb. Y como remata Vera Carnovale en el mismo estudio, "este relato erigido en memoria oficial, celoso guardián de lo que puede ser dicho y lo que debe ser callado, es también un gran deudor de la historia. Lo es en lo que en él hay de olvidos, de desplazamientos semánticos, de silencios. Lo es en su pereza crítica (porque) ha preferido la iconografía emotiva".

Falta un sincero balance de las revoluciones del siglo XX. Humanismo y revolución son los protagonistas de un temprano divorcio desde la experiencia jacobina, cuando la segunda traicionó al primero y decidió dejar para otro momento el respeto de los derechos humanos consagrados –aunque no originariamente– por la Revolución Francesa.

Algunos opinan que los 70 es un tema superado, que sólo importa a una pequeña porción de la población, que la Historia es interesante pero no es un recurso para la producción del presente, que lo que sirve de la historia está presente en el deseo actual, y que si en la Argentina ya no nos matamos por política es por evolución natural, porque la violencia ya decantó en nuestro deseo. Hay consenso en general en la sociedad argentina para que nunca más regresen los militares al poder, en la conveniencia de la democracia, pero que no vuelva la violencia política no está dicho que sea así. El tiempo por sí solo no cura ni nos hace cambiar: maduramos o envejecemos. Y la Argentina es un país con dificultades para convertir lo que nos pasa en experiencia, en aprendizaje.

Faltan los cauces institucionales, invariablemente necesarios, para consumar un gran reencuentro nacional, un ámbito genuino de diálogo y de reflexión. No es extraño que pese a haber transcurrido 41 años del último golpe militar al "No olvidamos ni perdonamos" clásico se le haya agregado la novel consigna "ni nos reconciliamos".

La institución eclesiástica se considera a sí misma parte de la solución, pero en realidad es parte del problema. Estuvo presente en ambos bandos: algunos sacerdotes tercermundistas empujaban a los jóvenes a la lucha armada y había curas que presenciaban las sesiones de torturas y las ejecuciones, todos ellos convencidos de estar sirviendo al Evangelio con su lucha. Se advierte en ambos casos la existencia de una objeción común inconsciente: que la vida cristiana no es suficiente, que la fe no basta para cambiar al mundo, que es necesario hacer o construir 'algo más', como si el testimonio no tuviera en sí mismo la fuerza del cambio y a la fe hubiera que agregarle la militancia (de izquierda o de derecha). Por eso tampoco sorprende el repetido fracaso de la Conferencia Episcopal de instalar la cuestión de la reconciliación, la última vez hace pocas semanas con el inoportunismo como condimento, ya que coincidió con un fallo desafortunado de la Corte Suprema por el que beneficiaba con la ley del "2x1" a un condenado por delitos de lesa humanidad, teniendo que volver sobre sus pasos anulando la sentencia días después ante la presión de la opinión pública y del Congreso.

No es una lógica de consenso fundada en concesiones recíprocas la que sea capaz de reconciliar y de conquistar para siempre la paz y la concordia: hace falta partir siempre de la experiencia, comprender que las ideologías son verdades enloquecidas y que el mal está misteriosamente presente en todos, por lo que todos somos capaces de él. Hace falta realismo y no maniqueísmo.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  57 votos

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  948 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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