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29 JULIO 2017
>HISTORIA

Nazismo en el cine o la sobreexplotación del discurso

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Es un hecho que, desde hace 10 años, el cine viene sufriendo una crisis, ya no sólo a nivel económico –que habría mucho que decir sobre el tema-, también a nivel artístico. Es evidente que se está produciendo un cierto cansancio o agotamiento creativo. No hablo tanto del cine palomitero cuanto del discurso que subyace en muchos dramas históricos ambientados en determinados momentos de nuestra Historia Contemporánea del siglo XX, del que el período conocido como Segunda Guerra Mundial –comprendida entre 1939 y 1945- constituye uno de los más explorados a nivel cinematográfico.

Esta vez la excusa para entrar a la palestra ha sido la película El hombre del corazón de hierro, dirigida por Cédric Jiménez, ambientada en la Centroeuropa del período bélico antes referido: una Checoslovaquia bajo la administración alemana y su sistema de control férreo y represión brutal, establecidos por Reinhard Heydrich (interpretado por Jason Clarke), director del Sicherheidienst (Servicio de Seguridad) alemán, apodado el carnicero de Praga y artífice de la llamada Solución Final ideada en la Conferencia de Wannsee en 1941; asesinado, finalmente, por un comando checo en el marco de la Operación Anthropoid dirigida por el S.O.E. británico.

Pues bien, sobre han estrenado dos películas sobre el mismo personaje en lo que lleva de año: Operación Anthropoid y esta última.  Dejando aparte la calidad de ambos trabajos y su contenido, habrá que ver si, después de su visionado, uno sale con una propuesta interesante, cosa que me atrevo a poner en duda a la vista de la cantidad ingente de films que se ha hecho con el contexto de fondo de la Segunda Guerra Mundial.

La realidad es que muchos críticos de cine, así como historiadores y apasionados de la Historia –entre los que me encuentro-, empiezan a constatar una especie de sobreexplotación del fenómeno del nazismo: se han hecho varias películas sobre el Führer (la alemana El Hundimiento, la británica Los últimos días de Hitler, o El Bunker); otras se han centrado en el Holocausto (la serie Holocausto, la brillante La Lista de Schindler, o la interesante El Pianista); otras en la vida cotidiana (La ladrona de libros)...así como documentales o series que han ido escarbando en un amplio espectro de temas dentro del contexto de la Alemania nazi. Pero pocas de ellas, a mi juicio, nos han hecho aprender el verdadero contenido de los procesos históricos: el papel de las personas como sujetos capaces de incidir desde su propio ámbito.

En este sentido, creo que el cine alemán es una referencia al que mirar. Algunas películas (El Noveno Día, la Rosa Blanca, El Hundimiento…) son las que más se han acercado a esta visión del papel de las personas como protagonistas de la historia. Y quizá sea, en el cine americano, La Lista de Schindler la que más se ha acercado también, no sólo por la visión transcendente que Spielberg transmite en sus trabajos y la reconciliación entre judaísmo y cristianismo que muchos estudiosos de su obra han percibido, sino por el retrato humano y carnal que hace de Oskar Schindler y el cambio que experimenta cuando, a la vista del exterminio programado de los judíos del ghetto de Cracovia, se arriesga a salvar la vida de 1.100 judíos que trabajaban en su fábrica de esmaltados.

Pero no dejan de ser excepciones a una norma general. Y es que sucede como los recursos naturales: que, al ser sobreexplotados, acaban agotándose, porque son limitados. Lo mismo sucede con el discurso cinematográfico sobre el nazismo: la errónea pretensión de querer abarcar, de forma muy hegeliana, todo el nazismo está originando un agotamiento creativo; la gran mayoría de las películas que han tratado el tema, si se observa en conjunto, suelen repetir un mismo aspecto sin arrojar demasiada luz que nos permita aprender errores.

Varios pueden ser, a mi juicio, los factores:

1.- En primer lugar, un guión y montaje concebidos, en muchos casos, para buscar el impacto emocional más que para conmover realmente al espectador. En este contexto, se entiende el academicismo en el que muchas películas del género han incurrido.

2.- En segundo lugar, la idea de denuncia que subyace siempre; en especial, muchas películas que han tratado el tema del Holocausto, en las que prima ahondar en la tragedia, la masacre, el horror, de una forma tan obsesiva que suele provocar el efecto contrario al que se busca. Es decir, en lugar de conmover a través de la humanidad de los personajes, acaba separando al espectador de ellos.

3.- En tercer lugar, la influencia de una gran corriente ideológica, creadora de opinión –constituida por el sionismo político- que ha dirigido el discurso cinematográfico sobre la Shoah, y que ha acallado muchos de los blancos y grises que se produjeron entre 1939 y 1945. Uno de los ejemplos donde la falta de  búsqueda de la verdad es lo que prima lo constituye la película Amen, de Constantin Costa-Gavras, en la que, de forma deliberada, se omiten las verdaderas dimensiones del papel jugado por el Vaticano en la Roma ocupada por los nazis.

4.- Por último, el pensamiento maniqueo –muy fomentado por ciertos sectores de la izquierda- de que el nazismo fue el fenómeno más execrable de todos los tiempos, algo que no admite parangón.

Hay que partir del hecho del lenguaje cinematográfico como comunicador de un mensaje, de una propuesta, pero, de ningún modo, pueden –ni deben- sustituir al documento, a la arqueología, a la investigación histórica ni al pensamiento filosófico-histórico-político. Y es que, en una cultura del espectáculo como la nuestra del siglo XXI, el entretenimiento parece estar primando sobre la reflexión y la crítica de una forma tal que, a través del montaje y del guión, se nos cuela como verdad la mera doxa (opinión dominante) sobre lo que aconteció. O traducido en palabras de Nietzsche, “ya no priman los hechos, priman las interpretaciones”. Y el resultado es que cada vez más, nos alejamos de la verdad.

Ver una película no nos sustituye al deseo de buscar lo que realmente ocurrió. Si queremos conocer la verdad de los hechos, tenemos que fiarnos de los testigos que la vivieron –algunos están vivos, otros dejaron su testimonio-. Tenemos que leer.

En todo caso, esta última hornada de películas sobre el nazismo tiene visos de ser una señal de agotamiento del mensaje o, al menos, de repensar el discurso: ¿Qué se quiere contar sobre tal episodio?¿Hay alguien que lo haya narrado ya?¿Qué significado tiene ponerlo encima del tapete?...y, sobretodo, ¿ lo que quiero transmitir está más cerca de lo que realmente sucedió? Para eso, hay que tener coraje para no dejarse arrastrar por el amor al propio discurso.

Quizá sea hora ya de cambiar de rumbo. Y no nos faltan razones. Como han mostrado H. Arendt, Anne Appelbaum, A. Solzthenitzin, Vasili Grossman y otros, el nazismo sí tuvo parangón con otro fenómeno, no por ignorado menos vergonzoso en nuestra Historia Contemporánea: el marxismo-leninismo y su cristalización política en la segunda mitad del siglo XX. Ya no sólo por el número de muertos, sino por las secuelas psicológicas y físicas que dejó en las sociedades en las que triunfó.

En este sentido, es llamativo cómo el cine alemán –en películas como La vida de los otros, Good Bye, Lenin  y tantas otras- empieza a poner rostro a este trauma que duró 50 años. Poner nombre al miedo y empezar a mirar las heridas a la cara es el primer paso de un camino de reconciliación con el propio pasado que nos atenaza. Y creo que, con todas las pegas que puedan ponerse, el cine alemán ha empezado a hacer esta reflexión sobre toda su historia, no sólo sobre la época entre 1923 y 1945.

Me parece, a estas alturas, evidente que el cine necesita embarcarse en este proceso: no se puede estar obsesivamente hablando del nazismo. Es hora de que sanen también otras heridas.

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Francisco Medina

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