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16 AGOSTO 2017
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Un sorprendente ecumenismo

Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa | 0 comentarios valoración: 2  68 votos
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In God We Trust. Esta frase aparece impresa en los billetes de Estados Unidos de América y es también el lema nacional. Apareció por primera vez en una moneda en 1864, pero no se hizo oficial hasta la aprobación de una resolución conjunta del Congreso en 1956. Significa: «En Dios confiamos». Un lema importante para una nación que cuenta en sus raíces fundacionales con motivaciones de carácter religioso. Para muchos se trata de una simple declaración de fe, para otros es la síntesis de una problemática fusión entre religión y Estado, fe y política, valores religiosos y economía.

Religión, maniqueísmo político y culto al apocalipsis

Especialmente en ciertos gobiernos de los USA en las últimas décadas, se ha notado el papel cada vez más incisivo de la religión en los procesos electorales y en las decisiones del gobierno. Un papel también en el orden moral a la hora de identificar lo que está bien y lo que está mal.

A veces esta compenetración entre política, moral y religión ha adoptado un lenguaje maniqueo que subdivide la realidad entre el Bien absoluto y el Mal absoluto. De hecho, después de que Bush hablara en su momento de un “eje del mal” al que hacer frente y reclamara la responsabilidad de “liberar al mundo del mal” tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ahora el presidente Trump orienta su lucha contra una entidad colectiva genéricamente amplia, la de los “malos” o incluso “muy malos”. En ocasiones el tono utilizado en ciertas campañas por parte de sus defensores asume connotaciones que podrían llamarse “épicas”.

Estas actitudes se basan en principios fundamentalistas cristiano-evangélicos de principios del siglo pasado que se han ido radicalizando poco a poco. De hecho, se ha pasado de un rechazo a todo lo que es “mundano”, tal como se consideraba la política, a la persecución de una influencia fuerte y determinante por parte de esa moral religiosa en los procesos democráticos y sus resultados.

El término “fundamentalismo evangélico” que hoy se puede asociar a la “derecha evangélica” o “teo-conservadurismo” tiene sus orígenes en los años 1910-15. En aquella época, un millonario del sur de California, Lyman Stewart, publicó doce volúmenes titulados Fundamentals. El autor trataba de responder a la “amenaza” de las ideas modernistas de la época, mostrando el pensamiento de los autores en los que valoraba un apoyo doctrinal. De este modo ejemplificaba la fe evangélica en sus aspectos morales, sociales, colectivos e individuales. Contó entre sus admiradores con varios líderes políticos e incluso dos presidentes recientes, como Ronald Reagan y George W. Bush.

El pensamiento de los colectivos sociales religiosos inspirados en autores como Stewart considera a Estados Unidos como una nación bendecida por Dios, y no duda en basar el crecimiento económico del país en una adhesión literal a la Biblia. Con el paso de los años también se ha alimentado de la estigmatización de sus enemigos, que han sido progresivamente digamos “demonizados”.

En el universo que amenaza su manera de entender su “american way of life”  se han ido alternando con el paso del tiempo los espíritus modernistas, los derechos de los esclavos negros, el movimiento hippy, el comunismo, los movimientos feministas, etcétera, hasta llegar hoy a los migrantes y musulmanes. Para mantener el nivel del conflicto, sus exégesis bíblicas se apoyan cada vez más en lecturas descontextualizadas de los textos del Antiguo Testamento sobre la conquista y la defensa de la “tierra prometida”, en vez de dejarse guiar por la mirada incisiva y amorosa del Jesús de los Evangelios.

Dentro de esta narrativa, lo que mantiene vivo el conflicto no se prohíbe. No se tiene en cuenta el vínculo existente entre capital y beneficios con la venta de armas. Al contrario, en ocasiones la propia guerra se asemeja a las heroicas hazañas de conquista del “Dios de los ejércitos” de Gedeón y de David. En esta perspectiva maniquea, las armas pueden asumir por tanto una justificación de carácter teológico, y tampoco faltan hoy pastores que buscan para esto un fundamento bíblico, utilizando pasajes de las Sagradas Escrituras como pretextos fuera de contexto.

Otro aspecto interesante es la relación que este colectivo religioso, compuesto principalmente por blancos de extracción popular del sur norteamericano profundo, tiene con lo “creado”. Hay como una especie de “anestesia” ante los desastres ecológicos y los problemas generados por el cambio climático. El “dominionismo” que profesan –que considera a los ecologistas personas contrarias a la fe cristiana– hunde sus raíces en una comprensión literal de los relatos de la creación en el libro del Génesis, situando al hombre en una situación de “dominio” sobre la creación, mientras esta última queda sometida a su arbitrio por “sugerencia” bíblica.

Desde esta visión teológica, los desastres naturales, los dramáticos cambios climáticos y la crisis ecológica global no solo no se perciben como alarmas que deberían llevarles a revisar sus dogmas sino al contrario, son signos que confirman su concepción no alegórica de las figuras finales del libro del Apocalipsis y su esperanza en “cielos nuevos y tierra nueva”.

Se trata de una fórmula profética: combatir las amenazas a los valores cristianos americanos y esperar la inminente justicia de un Armageddon, un ajuste de cuentas final entre el Bien y el Mal, entre Dios y Satanás. En este sentido, todo “proceso” (de paz, de diálogo, etc) se desliza ante la urgencia del fin, de la batalla final contra el enemigo; y la comunidad de los creyentes, de la fe (faith), se convierte en la comunidad de los combatientes, de la batalla (fight). Una lectura unidireccional parecida de los textos bíblicos puede llevar a anestesiar las conciencias o apoyar activamente las situaciones más atroces y dramáticas que el mundo vive fuera de las fronteras de la propia “tierra prometida”.

El pastor Rousas John Rushdoony (1916-2001) es el padre del llamado “reconstruccionismo cristiano” (o “teología dominionista”), que tuvo gran impacto en la visión teopolítica del fundamentalismo cristiano. Es la doctrina que alimenta a organizaciones y redes políticas como el Council for National Policy y el pensamiento de sus líderes, como Steve Bannon, actualmente chief strategist de la Casa Blanca y defensor de una geopolítica apocalíptica.

“Lo primero que debemos hacer es dar voz a nuestras iglesias”, dicen algunos. El significado real de este tipo de expresiones es que se espera la posibilidad de influir en la esfera política, parlamentaria, jurídica y educativa, para someter las normas públicas a la moral religiosa.

De hecho, la doctrina de Rushdoony sostiene la necesidad teocrática de someter el Estado a la Biblia, con una lógica no muy diferente de la que inspira el fundamentalismo islámico. En el fondo, la narrativa del terror que alimenta el imaginario de los yihadistas y neocruzados bebe de fuentes no muy distantes de las suyas. No debemos olvidar que la propaganda teopolítica del Isis se fundamenta en el mismo culto de un apocalipsis que afrontar lo antes posible. Por tanto, no es casual que George W. Bush haya sido reconocido como un “gran cruzado” justamente por Osama bin Laden.

Teología de la prosperidad y retórica de la libertad religiosa

Otro fenómeno relevante, junto al maniqueísmo política, es el paso del original pietismo puritano, basado en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Weber, a la “teología de la prosperidad”, propugnada principalmente por pastores millonarios y mediáticos, y organizaciones misioneras de gran influencia religiosa, social y política. Anuncian un “evangelio de la prosperidad” en el que Dios desea que los creyentes sean físicamente saludables, materialmente ricos y personalmente felices.

Es fácil notar cómo ciertos mensajes de las campañas electorales y sus semióticas abundan en referencias al fundamentalismo evangélico. Sucede por ejemplo con imágenes donde líderes políticos aparecen triunfantes con una Biblia en la mano.

Una figura relevante, que ha inspirado a presidentes como Richard Nixon, Ronald Reagan y Donald Trump, es el pastor Norman Vincent Peale (1898-1993), quien ofició el primer matrimonio del presidente actual. Fue un predicador de éxito. Vendió millones de copias de su libro “El poder del pensamiento positivo” (1952), lleno de frases como: “Si crees en algo, lo conseguirás”, “Si repites ‘Dios está conmigo, ¿quién estará contra mí?’, nada te detendrá”, “Imprime en tu mente tu imagen del éxito y el éxito llegará”, y cosas así. Muchos telepredicadores de la prosperidad mezclan marketing, dirección estratégica y predicación, concentrándose más en el éxito personal que en la salvación o en la vida eterna.

Un tercer elemento, junto al maniqueísmo y al evangelio de la prosperidad, es una particular forma de proclamar la defensa de la “libertad religiosa”. La erosión de la libertad religiosa es claramente una grave amenaza en el seno de un secularismo rampante. Pero hay que evitar que su defensa avance al ritmo de los fundamentalistas de la “religión en libertad”, percibida como un supuesto desafío directo a la laicidad del Estado.

El ecumenismo fundamentalista

Apoyándose en los valores del fundamentalismo, se está desarrollando una extraña forma de ecumenismo sorprendente entre fundamentalistas evangélicos y católicos integristas, unidos por la misma voluntad de obtener una influencia religiosa directa en la dimensión política.

Algunos que se profesan católicos se expresan a veces con formas hasta hace poco desconocidas en su tradición y muy cercanas a tonos evangélicos. En términos de atracción de masa electoral, a estos votantes se les define como “value voters”. El universo de convergencia ecuménica entre sectores que paradójicamente son concurrentes en términos de pertenencia confesional está bien definido. Este encuentro por objetivos comunes tiene lugar en el terreno de temas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la educación religiosa en las escuelas y otras cuestiones consideradas genéricamente morales o vinculadas a valores. Tanto los evangélicos como los católicos integristas condenan el ecumenismo tradicional, y sin embargo promueven un ecumenismo del conflicto, que les une en el nostálgico sueño de un estado de rasgos teocráticos.

La perspectiva más peligrosa de este extraño ecumenismo se puede adscribir a su visión xenófoba e islamófoba, que invoca muros y deportaciones purificadoras. La palabra “ecumenismo” se traduce así en una paradoja, en un “ecumenismo del odio”. La intolerancia es marca celestial del purismo, el reduccionismo es exégesis metodológica, y el ultraliteralismo es la clave hermenéutica.

Es evidente la gran diferencia que existe entre estos conceptos y el ecumenismo propuesto por el Papa Francisco con diversas referencias cristianas y de otras confesiones religiosas, que se mueve en la línea de la inclusión, de la paz, del encuentro y de los puentes. Este fenómeno de ecumenismos opuestos, con percepciones contrapuestas de la fe y visiones del mundo donde las religiones desempeñan papeles irreconciliables, tal vez sea el aspecto más desconocido y al mismo tiempo más dramático de la difusión del fundamentalismo integrista. A este nivel se comprende el significado histórico del empeño del pontífice contra los “muros” y contra toda forma de “guerra de religión”.

La tentación de la “guerra espiritual”

En cambio, el elemento religioso nunca debe confundirse con el político. Confundir poder espiritual y poder temporal significa someter uno al otro. Un rasgo neto de la geopolítica del Papa Francisco consiste en no dar costas teológicas al poder para imponerse o para encontrar un enemigo interno o externo que combatir. Hay que huir de la tentación transversal y “ecuménica” de proyectar la divinidad en el poder político que se reviste para alcanzar sus propios fines. Francisco vacía desde dentro la máquina narrativa de los mileniarismos sectarios y del “dominionismo”, que se prepara para el apocalipsos y el “choque final”. La insistencia en la misericordia como atributo fundamental de Dios expresa esta exigencia radicalmente cristiana.

Francisco quiere romper el vínculo orgánico entre cultura, política, instituciones e Iglesia. La espiritualidad no puede ligarse a gobiernos o partidos militares, pues está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden considerar a algunos como enemigos declarados ni a otros como amigos eternos. La religión no debe convertirse en garantía para las clases dominantes. Pero es justamente esta dinámica de espurio sabor teológico la que intenta imponer la propia ley y la propia lógica en el terreno político.

Llama la atención una cierta retórica utilizada por ejemplo por los columnistas de Church Militant, una plataforma digital estadounidense de éxito, abiertamente declarada a favor de un ultraconservadurismo político que usa símbolos cristianos para abrirse paso. Esta instrumentalización se define como “cristianismo auténtico”. Para expresar sus preferencias, ha creado una analogía concreta entre Donald Trump y Constantino por un lado, y entre Hillary Clinton y Diocleciano por otro. Las elecciones norteamericanas, desde esta óptica, se han visto como una “guerra espiritual”.

Este enfoque bélico y “militante” resulta claramente fascinante y evocador para cierto público, sobre todo por el hecho de que la victoria de Constantino –dada por imposible contra Majencio, que tenía detrás a todo el establishment romano– debía atribuirse a una intervención divina: in hoc signo vinces.

Church Militant se pregunta entonces si la victoria de Trump se puede atribuir a la oración de los americanos, y la respuesta sugerida es positiva. La consigna indirecta para el presidente Trump, nuevo Constantino, está clara: debe actuar en consecuencia. Un mensaje muy directo, por tanto, que quiere condicionar la presidencia, dándole connotaciones de elección “divina”. In hoc signo vinces.

Hoy más que nunca es necesario despojar al poder de sus pomposos ropajes confesionales, de sus corazas, de sus armaduras oxidadas. El esquema teopolítico fundamentalista quiere instaurar el reino de una divinidad aquí y ahora. Y la divinidad obviamente es la proyección ideal del poder constituido. Esta visión genera la ideología de la conquista.

El esquema teopolítico verdaderamente cristiano es en cambio escatológico, es decir, mira al futuro y quiere orientar la historia presente hacia el Reino de Dios, reino de justicia y de paz. Esta visión genera un proceso de integración que se despliega con una diplomacia que no corona a nadie como “hombre de la Providencia”.

También por eso la diplomacia de la Santa Sede quiere establecer relaciones directas, fluidas, con las superpotencias, pero sin entrar en redes de alianzas e influencias preconcebidas. En este escenario, el Papa no quiere dar ni bofetadas ni razones, porque sabe que en la raíz de los conflictos siempre hay una lucha de poder. Por tanto, no hay que imaginar una “alineación” por motivos morales o, peor aún, espirituales.

Francisco rechaza radicalmente la idea de actualizar el Reino de Dios en la tierra, que estaba en la base del Sacro Romano Imperio y de todas las formas políticas e institucionales semejantes, hasta la dimensión del “partido”. De hecho, así entendido el “pueblo electo” entraría en un complicado cruce de dimensiones religiosas y políticas que le haría perder la conciencia de estar al servicio del mundo y lo podría contraponer a los que están lejos, a los que no pertenecen, es decir, al “enemigo”.

Por tanto, nunca hay que entender las raíces cristianas de los pueblos de forma étnica. Las nociones de “raíces” e “identidad” no tienen el mismo contenido para el católico y para el neopagano identificado. El etnicismo triunfalista, arrogante y reivindicativo es más bien lo contrario del cristianismo. El pasado 9 de mayo, en una entrevista con el diario francés La Croix, el Papa dijo: “Sí, Europa tiene raíces cristianas. El cristianismo tiene el deber de regarlas, pero con espíritu de servicio, como en el lavatorio de los pies. El deber del cristianismo hacia Europa es el de servicio”. Y añadió: “la aportación del cristianismo a la cultura es la de Cristo con el lavatorio de los pies, es decir, el servicio y el don de la vida. Y no debe ser una aportación colonialista”.

Contra el miedo

¿En qué sentimiento se apoya la persuasiva tentación de una alianza espuria entre política y fundamentalismo religioso? En el miedo a la ruptura del orden constituido y en el temor al caos. De hecho, funciona gracias al caos que se percibe. La estrategia política del éxito consiste en elevar el tono del conflicto, exagerar el desorden, agitar los ánimos del pueblo, proyectando escenarios inquietantes más allá de todo realismo.

La religión en este punto se convertiría en garante del orden, y una parte política encarnaría sus exigencias. El llamamiento al apocalipsis justifica el poder querido por un dios o en connivencia con un dios. El fundamentalismo se revela así no como el productor de la experiencia religiosa, sino como una concepción pobre e instrumental de la misma.

Por eso Francisco está desarrollando una contra-narración sistemática respecto a la narrativa del miedo. Por tanto, hay que luchar contra la manipulación de esta época de ansiedad e inseguridad. Precisamente por eso, con valentía, Francisco no da legitimación teológico-política alguna a los terroristas, evitando así cualquier reducción del islam al terrorismo islamista. Ni siquiera a aquellos que postulan y quieren una “guerra santa” o que construyen barreras con alambre de espino. De hecho, el único alambra de espino para el cristiano es el de la corona de espinas en la cabeza de Cristo.

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El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  16 votos
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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

Venezuela: un cambio que puede tardar

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2368 votos

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