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16 AGOSTO 2018
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Un sorprendente ecumenismo

Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa | 0 comentarios valoración: 3  239 votos
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In God We Trust. Esta frase aparece impresa en los billetes de Estados Unidos de América y es también el lema nacional. Apareció por primera vez en una moneda en 1864, pero no se hizo oficial hasta la aprobación de una resolución conjunta del Congreso en 1956. Significa: «En Dios confiamos». Un lema importante para una nación que cuenta en sus raíces fundacionales con motivaciones de carácter religioso. Para muchos se trata de una simple declaración de fe, para otros es la síntesis de una problemática fusión entre religión y Estado, fe y política, valores religiosos y economía.

Religión, maniqueísmo político y culto al apocalipsis

Especialmente en ciertos gobiernos de los USA en las últimas décadas, se ha notado el papel cada vez más incisivo de la religión en los procesos electorales y en las decisiones del gobierno. Un papel también en el orden moral a la hora de identificar lo que está bien y lo que está mal.

A veces esta compenetración entre política, moral y religión ha adoptado un lenguaje maniqueo que subdivide la realidad entre el Bien absoluto y el Mal absoluto. De hecho, después de que Bush hablara en su momento de un “eje del mal” al que hacer frente y reclamara la responsabilidad de “liberar al mundo del mal” tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ahora el presidente Trump orienta su lucha contra una entidad colectiva genéricamente amplia, la de los “malos” o incluso “muy malos”. En ocasiones el tono utilizado en ciertas campañas por parte de sus defensores asume connotaciones que podrían llamarse “épicas”.

Estas actitudes se basan en principios fundamentalistas cristiano-evangélicos de principios del siglo pasado que se han ido radicalizando poco a poco. De hecho, se ha pasado de un rechazo a todo lo que es “mundano”, tal como se consideraba la política, a la persecución de una influencia fuerte y determinante por parte de esa moral religiosa en los procesos democráticos y sus resultados.

El término “fundamentalismo evangélico” que hoy se puede asociar a la “derecha evangélica” o “teo-conservadurismo” tiene sus orígenes en los años 1910-15. En aquella época, un millonario del sur de California, Lyman Stewart, publicó doce volúmenes titulados Fundamentals. El autor trataba de responder a la “amenaza” de las ideas modernistas de la época, mostrando el pensamiento de los autores en los que valoraba un apoyo doctrinal. De este modo ejemplificaba la fe evangélica en sus aspectos morales, sociales, colectivos e individuales. Contó entre sus admiradores con varios líderes políticos e incluso dos presidentes recientes, como Ronald Reagan y George W. Bush.

El pensamiento de los colectivos sociales religiosos inspirados en autores como Stewart considera a Estados Unidos como una nación bendecida por Dios, y no duda en basar el crecimiento económico del país en una adhesión literal a la Biblia. Con el paso de los años también se ha alimentado de la estigmatización de sus enemigos, que han sido progresivamente digamos “demonizados”.

En el universo que amenaza su manera de entender su “american way of life”  se han ido alternando con el paso del tiempo los espíritus modernistas, los derechos de los esclavos negros, el movimiento hippy, el comunismo, los movimientos feministas, etcétera, hasta llegar hoy a los migrantes y musulmanes. Para mantener el nivel del conflicto, sus exégesis bíblicas se apoyan cada vez más en lecturas descontextualizadas de los textos del Antiguo Testamento sobre la conquista y la defensa de la “tierra prometida”, en vez de dejarse guiar por la mirada incisiva y amorosa del Jesús de los Evangelios.

Dentro de esta narrativa, lo que mantiene vivo el conflicto no se prohíbe. No se tiene en cuenta el vínculo existente entre capital y beneficios con la venta de armas. Al contrario, en ocasiones la propia guerra se asemeja a las heroicas hazañas de conquista del “Dios de los ejércitos” de Gedeón y de David. En esta perspectiva maniquea, las armas pueden asumir por tanto una justificación de carácter teológico, y tampoco faltan hoy pastores que buscan para esto un fundamento bíblico, utilizando pasajes de las Sagradas Escrituras como pretextos fuera de contexto.

Otro aspecto interesante es la relación que este colectivo religioso, compuesto principalmente por blancos de extracción popular del sur norteamericano profundo, tiene con lo “creado”. Hay como una especie de “anestesia” ante los desastres ecológicos y los problemas generados por el cambio climático. El “dominionismo” que profesan –que considera a los ecologistas personas contrarias a la fe cristiana– hunde sus raíces en una comprensión literal de los relatos de la creación en el libro del Génesis, situando al hombre en una situación de “dominio” sobre la creación, mientras esta última queda sometida a su arbitrio por “sugerencia” bíblica.

Desde esta visión teológica, los desastres naturales, los dramáticos cambios climáticos y la crisis ecológica global no solo no se perciben como alarmas que deberían llevarles a revisar sus dogmas sino al contrario, son signos que confirman su concepción no alegórica de las figuras finales del libro del Apocalipsis y su esperanza en “cielos nuevos y tierra nueva”.

Se trata de una fórmula profética: combatir las amenazas a los valores cristianos americanos y esperar la inminente justicia de un Armageddon, un ajuste de cuentas final entre el Bien y el Mal, entre Dios y Satanás. En este sentido, todo “proceso” (de paz, de diálogo, etc) se desliza ante la urgencia del fin, de la batalla final contra el enemigo; y la comunidad de los creyentes, de la fe (faith), se convierte en la comunidad de los combatientes, de la batalla (fight). Una lectura unidireccional parecida de los textos bíblicos puede llevar a anestesiar las conciencias o apoyar activamente las situaciones más atroces y dramáticas que el mundo vive fuera de las fronteras de la propia “tierra prometida”.

El pastor Rousas John Rushdoony (1916-2001) es el padre del llamado “reconstruccionismo cristiano” (o “teología dominionista”), que tuvo gran impacto en la visión teopolítica del fundamentalismo cristiano. Es la doctrina que alimenta a organizaciones y redes políticas como el Council for National Policy y el pensamiento de sus líderes, como Steve Bannon, actualmente chief strategist de la Casa Blanca y defensor de una geopolítica apocalíptica.

“Lo primero que debemos hacer es dar voz a nuestras iglesias”, dicen algunos. El significado real de este tipo de expresiones es que se espera la posibilidad de influir en la esfera política, parlamentaria, jurídica y educativa, para someter las normas públicas a la moral religiosa.

De hecho, la doctrina de Rushdoony sostiene la necesidad teocrática de someter el Estado a la Biblia, con una lógica no muy diferente de la que inspira el fundamentalismo islámico. En el fondo, la narrativa del terror que alimenta el imaginario de los yihadistas y neocruzados bebe de fuentes no muy distantes de las suyas. No debemos olvidar que la propaganda teopolítica del Isis se fundamenta en el mismo culto de un apocalipsis que afrontar lo antes posible. Por tanto, no es casual que George W. Bush haya sido reconocido como un “gran cruzado” justamente por Osama bin Laden.

Teología de la prosperidad y retórica de la libertad religiosa

Otro fenómeno relevante, junto al maniqueísmo política, es el paso del original pietismo puritano, basado en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Weber, a la “teología de la prosperidad”, propugnada principalmente por pastores millonarios y mediáticos, y organizaciones misioneras de gran influencia religiosa, social y política. Anuncian un “evangelio de la prosperidad” en el que Dios desea que los creyentes sean físicamente saludables, materialmente ricos y personalmente felices.

Es fácil notar cómo ciertos mensajes de las campañas electorales y sus semióticas abundan en referencias al fundamentalismo evangélico. Sucede por ejemplo con imágenes donde líderes políticos aparecen triunfantes con una Biblia en la mano.

Una figura relevante, que ha inspirado a presidentes como Richard Nixon, Ronald Reagan y Donald Trump, es el pastor Norman Vincent Peale (1898-1993), quien ofició el primer matrimonio del presidente actual. Fue un predicador de éxito. Vendió millones de copias de su libro “El poder del pensamiento positivo” (1952), lleno de frases como: “Si crees en algo, lo conseguirás”, “Si repites ‘Dios está conmigo, ¿quién estará contra mí?’, nada te detendrá”, “Imprime en tu mente tu imagen del éxito y el éxito llegará”, y cosas así. Muchos telepredicadores de la prosperidad mezclan marketing, dirección estratégica y predicación, concentrándose más en el éxito personal que en la salvación o en la vida eterna.

Un tercer elemento, junto al maniqueísmo y al evangelio de la prosperidad, es una particular forma de proclamar la defensa de la “libertad religiosa”. La erosión de la libertad religiosa es claramente una grave amenaza en el seno de un secularismo rampante. Pero hay que evitar que su defensa avance al ritmo de los fundamentalistas de la “religión en libertad”, percibida como un supuesto desafío directo a la laicidad del Estado.

El ecumenismo fundamentalista

Apoyándose en los valores del fundamentalismo, se está desarrollando una extraña forma de ecumenismo sorprendente entre fundamentalistas evangélicos y católicos integristas, unidos por la misma voluntad de obtener una influencia religiosa directa en la dimensión política.

Algunos que se profesan católicos se expresan a veces con formas hasta hace poco desconocidas en su tradición y muy cercanas a tonos evangélicos. En términos de atracción de masa electoral, a estos votantes se les define como “value voters”. El universo de convergencia ecuménica entre sectores que paradójicamente son concurrentes en términos de pertenencia confesional está bien definido. Este encuentro por objetivos comunes tiene lugar en el terreno de temas como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la educación religiosa en las escuelas y otras cuestiones consideradas genéricamente morales o vinculadas a valores. Tanto los evangélicos como los católicos integristas condenan el ecumenismo tradicional, y sin embargo promueven un ecumenismo del conflicto, que les une en el nostálgico sueño de un estado de rasgos teocráticos.

La perspectiva más peligrosa de este extraño ecumenismo se puede adscribir a su visión xenófoba e islamófoba, que invoca muros y deportaciones purificadoras. La palabra “ecumenismo” se traduce así en una paradoja, en un “ecumenismo del odio”. La intolerancia es marca celestial del purismo, el reduccionismo es exégesis metodológica, y el ultraliteralismo es la clave hermenéutica.

Es evidente la gran diferencia que existe entre estos conceptos y el ecumenismo propuesto por el Papa Francisco con diversas referencias cristianas y de otras confesiones religiosas, que se mueve en la línea de la inclusión, de la paz, del encuentro y de los puentes. Este fenómeno de ecumenismos opuestos, con percepciones contrapuestas de la fe y visiones del mundo donde las religiones desempeñan papeles irreconciliables, tal vez sea el aspecto más desconocido y al mismo tiempo más dramático de la difusión del fundamentalismo integrista. A este nivel se comprende el significado histórico del empeño del pontífice contra los “muros” y contra toda forma de “guerra de religión”.

La tentación de la “guerra espiritual”

En cambio, el elemento religioso nunca debe confundirse con el político. Confundir poder espiritual y poder temporal significa someter uno al otro. Un rasgo neto de la geopolítica del Papa Francisco consiste en no dar costas teológicas al poder para imponerse o para encontrar un enemigo interno o externo que combatir. Hay que huir de la tentación transversal y “ecuménica” de proyectar la divinidad en el poder político que se reviste para alcanzar sus propios fines. Francisco vacía desde dentro la máquina narrativa de los mileniarismos sectarios y del “dominionismo”, que se prepara para el apocalipsos y el “choque final”. La insistencia en la misericordia como atributo fundamental de Dios expresa esta exigencia radicalmente cristiana.

Francisco quiere romper el vínculo orgánico entre cultura, política, instituciones e Iglesia. La espiritualidad no puede ligarse a gobiernos o partidos militares, pues está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden considerar a algunos como enemigos declarados ni a otros como amigos eternos. La religión no debe convertirse en garantía para las clases dominantes. Pero es justamente esta dinámica de espurio sabor teológico la que intenta imponer la propia ley y la propia lógica en el terreno político.

Llama la atención una cierta retórica utilizada por ejemplo por los columnistas de Church Militant, una plataforma digital estadounidense de éxito, abiertamente declarada a favor de un ultraconservadurismo político que usa símbolos cristianos para abrirse paso. Esta instrumentalización se define como “cristianismo auténtico”. Para expresar sus preferencias, ha creado una analogía concreta entre Donald Trump y Constantino por un lado, y entre Hillary Clinton y Diocleciano por otro. Las elecciones norteamericanas, desde esta óptica, se han visto como una “guerra espiritual”.

Este enfoque bélico y “militante” resulta claramente fascinante y evocador para cierto público, sobre todo por el hecho de que la victoria de Constantino –dada por imposible contra Majencio, que tenía detrás a todo el establishment romano– debía atribuirse a una intervención divina: in hoc signo vinces.

Church Militant se pregunta entonces si la victoria de Trump se puede atribuir a la oración de los americanos, y la respuesta sugerida es positiva. La consigna indirecta para el presidente Trump, nuevo Constantino, está clara: debe actuar en consecuencia. Un mensaje muy directo, por tanto, que quiere condicionar la presidencia, dándole connotaciones de elección “divina”. In hoc signo vinces.

Hoy más que nunca es necesario despojar al poder de sus pomposos ropajes confesionales, de sus corazas, de sus armaduras oxidadas. El esquema teopolítico fundamentalista quiere instaurar el reino de una divinidad aquí y ahora. Y la divinidad obviamente es la proyección ideal del poder constituido. Esta visión genera la ideología de la conquista.

El esquema teopolítico verdaderamente cristiano es en cambio escatológico, es decir, mira al futuro y quiere orientar la historia presente hacia el Reino de Dios, reino de justicia y de paz. Esta visión genera un proceso de integración que se despliega con una diplomacia que no corona a nadie como “hombre de la Providencia”.

También por eso la diplomacia de la Santa Sede quiere establecer relaciones directas, fluidas, con las superpotencias, pero sin entrar en redes de alianzas e influencias preconcebidas. En este escenario, el Papa no quiere dar ni bofetadas ni razones, porque sabe que en la raíz de los conflictos siempre hay una lucha de poder. Por tanto, no hay que imaginar una “alineación” por motivos morales o, peor aún, espirituales.

Francisco rechaza radicalmente la idea de actualizar el Reino de Dios en la tierra, que estaba en la base del Sacro Romano Imperio y de todas las formas políticas e institucionales semejantes, hasta la dimensión del “partido”. De hecho, así entendido el “pueblo electo” entraría en un complicado cruce de dimensiones religiosas y políticas que le haría perder la conciencia de estar al servicio del mundo y lo podría contraponer a los que están lejos, a los que no pertenecen, es decir, al “enemigo”.

Por tanto, nunca hay que entender las raíces cristianas de los pueblos de forma étnica. Las nociones de “raíces” e “identidad” no tienen el mismo contenido para el católico y para el neopagano identificado. El etnicismo triunfalista, arrogante y reivindicativo es más bien lo contrario del cristianismo. El pasado 9 de mayo, en una entrevista con el diario francés La Croix, el Papa dijo: “Sí, Europa tiene raíces cristianas. El cristianismo tiene el deber de regarlas, pero con espíritu de servicio, como en el lavatorio de los pies. El deber del cristianismo hacia Europa es el de servicio”. Y añadió: “la aportación del cristianismo a la cultura es la de Cristo con el lavatorio de los pies, es decir, el servicio y el don de la vida. Y no debe ser una aportación colonialista”.

Contra el miedo

¿En qué sentimiento se apoya la persuasiva tentación de una alianza espuria entre política y fundamentalismo religioso? En el miedo a la ruptura del orden constituido y en el temor al caos. De hecho, funciona gracias al caos que se percibe. La estrategia política del éxito consiste en elevar el tono del conflicto, exagerar el desorden, agitar los ánimos del pueblo, proyectando escenarios inquietantes más allá de todo realismo.

La religión en este punto se convertiría en garante del orden, y una parte política encarnaría sus exigencias. El llamamiento al apocalipsis justifica el poder querido por un dios o en connivencia con un dios. El fundamentalismo se revela así no como el productor de la experiencia religiosa, sino como una concepción pobre e instrumental de la misma.

Por eso Francisco está desarrollando una contra-narración sistemática respecto a la narrativa del miedo. Por tanto, hay que luchar contra la manipulación de esta época de ansiedad e inseguridad. Precisamente por eso, con valentía, Francisco no da legitimación teológico-política alguna a los terroristas, evitando así cualquier reducción del islam al terrorismo islamista. Ni siquiera a aquellos que postulan y quieren una “guerra santa” o que construyen barreras con alambre de espino. De hecho, el único alambra de espino para el cristiano es el de la corona de espinas en la cabeza de Cristo.

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